Típica comedia burguesa firmada por Florian Zeller y protagonizada por el humorista Joaquín Reyes en el Teatro Infanta Isabel

Quizás haya que desistir con el humor francés y con sus comedietas burguesas, infantiles y, encima, aleccionadoras. El cinismo moralista de nuestros vecinos finolis me resulta insoportable. No me hace gracia y me parece tan tontorrón que no creo que esté destinado a la inteligencia. Este género tendrá sus millones de seguidores y degustadores; pero es tan reduccionista que no me vale ni para pasar el rato. Voy a pensar, por otra parte, que con otro elenco el asunto hubiera discurrido con algo más de sutileza; no obstante, la presencia de Joaquín Reyes trastoca cualquier afán de complejidad en las maneras. Culpa de Juan Carlos Fisher, director que ya había adaptado otra obra de Florian Zeller, como fue La madre, que ha dejado que el humorista propenda con sus chascarrillos, con sus gestos habituales en sus sketches televisivos y que derive el proyecto en algo personalista y populachero. Es decir, su Miguel es él mismo. Deambula por el escenario con parsimonia, sin suficiente implicación y apenas se dedica a dar réplicas con su soniquete payasesco. Me parece un admirable cómico; sin embargo, subirse a las tablas requiere crear personaje, matizarlo y hasta redondearlo, si es posible.
Dos citas se pueden apreciar en el texto publicado de este dramaturgo. Una de Voltaire y otra extraída de Traición, de Harold Pinter, que nos sirven para regocijarnos en esa hipocresía tan propia de esta época de usar y tirar, y para enmarcar un montaje que plantea la consabida estructura de giros y más giros, donde la mentira no llega a posarse en la más mínima verdad. Es, en definitiva, la paradoja del mentiroso. La cuestión es que los protagonistas no tienen empaque. Es a lo estamos habituados. Fijémonos en otras comedias francesas de este cariz en los últimos tiempos, como Mejor no decirlo, de Salomé Lelouch, o La ilusión conyugal, de Eric Assous. Uno casi no se inquieta si a este o a aquel le ponen los cuernos, si ya sabemos que ahí el listo se convertirá en el «idiota» (como en la célebre cena). Es un clásico de la literatura como bien saben estos acérrimos discípulos de Molière.
Inicialmente, contamos con el escarceo amoroso, en el hotel de siempre, con esa rutina lúbrica, a nuestro máximo protagonista y a su amante. Esta es acogida por Alicia Rubio con la displicencia verosímil que exige su papel, pues lo que uno imagina excitante en un principio ahora se ha vuelto aburrido. A través de ella descubrimos que ese hombre con el que se acuesta, no solo es el amigo íntimo de su marido, sino que se ajusta estrictamente a una mezcolanza de utilitarismo, hedonismo e inmoralidad. Todo lo demás es más que esperable. No faltarán las escenas del matrimonio, donde Natalie Pinot apenas puede manifestar su ingenio con algunos mohínes hacia el final; y el encuentro de los colegas, con un Raúl Jiménez sin bastante hondura, para que las falsedades se den la vuelta delante de nuestros ojos. Todos con todos, todos a lo mismo y todos en igual medida engañadores y engañados. Lo sabíamos desde antes de que empezara el espectáculo.
El mayor acierto, estoy hay que reconocerlo, está en cómo en distintas ocasiones es capaz el autor de romper la lógica semántica y sintáctica, como si fuera un tertuliano destruyendo un argumento con una premisa que invalida la máxima de la relevancia, o sea, la obligación que tenemos todos en una conversación de mantenernos en el tema. Resultan chocantes muchas respuestas y bien valen unas risas, a pesar de que el procedimiento sea el mismo durante toda la función. De haberse producido un tono más coherente, hubiéramos percibido la estela de Groucho Marx con más finura.
Apreciable es la sencilla escenografía de Ikerne Giménez, quien ha dispuesto unos paneles móviles que favorecen la creación de espacios y algo de fluidez en las transiciones. Poco más se puede sacar en conclusión de lo que ha de tomarse como divertimento. El público ríe, incluso a carcajadas. Si usted entra en el juego, puede hallar ingeniosidades que a mí me parecen evidencias hartamente empleadas en la alta comedia.
Texto: Florian Zeller de l’ Académie Française
Dirección: Juan Carlos Fisher
Elenco: Joaquín Reyes, Alicia Rubio, Raúl Jiménez y Natalie Pinot
Diseño de escenografía: Ikerne Giménez (AAPEE)
Diseño de iluminación: Felipe Ramos
Diseño de vestuario: Elda Noriega (AAPEE)
Ayudante de dirección: Rómulo Assereto
Dirección de producción y producción ejecutiva: Nuria Cruz Moreno y Fabián Ojeda Villafuerte
Jefa de producción y regiduría: Blanca Serrano
Ayudante de producción: Fernando de Mata
Gerente en gira y regiduría: Paco Flor y Mélanie Pindado
Dirección técnica: Alberto Hernández de las Heras
Administración: Henar Hernández / Sandra Castro
Coordinadora de operaciones: Jennifer Alonso
Jefa de prensa: María Díaz
Fotografía: Sergio Parra
Diseño gráfico y cartel: Eva Ramón
Adaptaciones y dossier: Óscar Martínez Gil
Distribución: Fran Ávila Producción y Distribución
Producción en Gira: Barco Pirata Producciones Teatrales
Una producción de Barco Pirata Producciones Teatrales, Fran Ávila Producción
Distribución: Producciones Come y Calla, Octubre Producciones y Producciones
Rokamboleskas
Teatro Infanta Isabel (Madrid)
Hasta el 19 de abril de 2026
Calificación: ⭐
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