La biografía del pedagogo se vivifica en el Teatro de La Abadía con la dirección de José Luis Gómez

Coincide esta función en el Teatro de La Abadía con el próximo estreno de Historia de una maestra. Vivimos en una crisis en el sistema educativo español que no deja de ser otro aldabonazo en la eterna decadencia en esta materia dentro de nuestro país. Nunca hemos estado realmente a la altura de nuestros vecinos. Hemos perdido demasiadas oportunidades. Francisco Ferrer fue otro de esos idealistas ─aunque muchas de sus propuestas fueran bastante positivistas y materialistas─ que se agarraron a las concepciones buenistas de Rousseau, con aquellas proclamas que especificó en el Emilio, y que nos han dejado diferentes experimentos que, quizás, valgan para las primeras etapas de la enseñanza o para épocas y territorios, donde sencillamente había que empezar a funcionar desde cero (Montessori como marca registrada y desfigurada). Hoy firmamos donde sea la defensa de la coeducación (aún quedan los recalcitrantes del Opus en algunos colegios), de la anulación del castigo físico, del estudio de la ciencia experimental, del contacto con la naturaleza, de la práctica de la gimnasia y hasta de la higiene. Qué decir de juntar alumnos ricos con pobres, cuando España segrega de manera clasista como el que más. Además, diría yo, la laicidad; pero esa es harina de otro costal: o catecismo o ignorancia de la religión con todo lo que lleva aparejado de cultura, arte, moral, etc. Así nos va. Muy distinto es aceptar, como se ha pretendido en los últimos lustros, aquello del paternalismo consistente en no poner notas, no hacer exámenes y toda esa fantasía que pone al alumno como un diosecillo en un pedestal. Que se lo digan precisamente a los catalanes, como adalides de estas ingenuidades desastrosas. Digamos que de los barros de gente como este docente también hemos sufrido unos lodos. Quizás, si él hubiera tenido más tiempo, hubiera visto algunas fallas en su concepción. Los maestros son artesanos y deben proceder con cuidado, con humildad y con autocrítica. Siempre hay que tener en cuenta la circunstancia, como decía Ortega. La nuestra, actualmente, es harto compleja.
En cualquier caso, de todo esto se enterará con creces el espectador, porque el belga Jean-Claude Idée (Bélgica ha dedicado honores y escultura a nuestro insigne masón) se afana en contar y contar, en narrar y en narrar, para darnos, paradójicamente, una clase magistral. Poca didáctica en las alocuciones y poca presencia escolar en el planteamiento. Algo contradictorio para tratarse de un pedagogo. Falta acción, y el poco movimiento se produce a través de lentos cambios de posición de unos bancos a la sombra de ese muro insolente que han situado Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán, que tan poco juego permite (más allá del sorpresivo desenlace). Destaca, eso sí, la gran campana que cuelga en lo alto. Su sonido es clarividente en el final. En cualquier caso, la dirección de José Luis Gómez, con el gran apoyo de Roberto Mori, resulta poco lucida. Creo que el texto, tan expositivo en algunas partes, ha lastrado las posibilidades dramatúrgicas.
Así, por ejemplo, ya en la segunda escena nos encontramos a Lidia Otón declamando una parrafada inmensa, con bastante estatismo y adoptando una entonación engolada, una interpretación anticuada. Se encarna en la rabiosa Teresa Sanmartí, primera mujer del anarquista, de quien afirmará: «No es un hombre, es un demonio». Con ella tendrá cuatro hijas. Sus reclamaciones son las habituales en este tipo de esposas, cuando descubren que sus compañeros gastan sus horas en reuniones de carácter político, y que sus ínfulas, necesarias para liderar cualquier inclinación de corte revolucionaria apenas dejan espacio para la vida privada en el hogar. Luego tendremos el contrapunto del aludido, cuando nos cuente cómo la conoció. Otón elaborará otros personajes femeninos con mucho más tino interpretativo. Así ocurrirá con la señorita Meunier, la segunda compañera, quien le propició grandes fortunas para sus proyectos. O con Sol Ferrer, la última hija. En ella hallaremos una expresión de energía propicia, aunque sea otra larga explicación frente al público.
Desde luego, la obra gana en el diálogo. Ernesto Arias acoge a Francisco Ferrer dentro de la celda de la Cárcel Modelo, donde lo tienen recluido antes del juicio. Ha sido acusado de participar y auspiciar los disturbios de la Semana Trágica (o Revolucionaria) en Barcelona, a finales de julio de 1909. Un tipo ya conocido, que había tenido que defenderse del intento de regicidio cometido por Mateo Morral, quien había estado dentro de la Escuela Moderna. Esta vez la ley se iba a retorcer sumariamente y las pruebas se abalanzarían con prontitud. El actor conjuga con finura su propio enfado, con una aquiescencia propia de quien no teme a la muerte, de quien rechaza toda idea de Dios y de quien conoce perfectamente ese sistema podrido contra el que luchaba. La vivacidad del montaje está en él; en sus disertaciones sobre la educación. No obstante, él mismo nos resume su biografía. La infancia, curiosamente, queda fuera de esta obra.
Por otra parte, el maniqueísmo resulta llamativo y un tanto naíf. A Jesús Barranco le toca el papel de José Valerio Raso Negrini. Estereotipo de fanfarrón, de aire sarcástico, bigotudo y con la desfachatez de un juez instructor militar, que muestra su odio por aquel individuo. Será un «trofeo» para su vitrina de atrocidades. Alguien que entorpecerá el proceso para que no tenga cabida la absolución. Si el abogado que toma David Luque tiende enseguida a la comprensión, a la bonhomía y a la transformación ética cercana al milagro laico, entonces el enfrentamiento que se nos enseña es inverosímil. Si a ello le sumamos que el propio pedagogo se salva de evidenciar su fuerte carácter, entonces el asunto se aproxima al martirologio. Mal recurso para homenajear a un profesor que tenía otros valores. Sirva este espectáculo, en cualquier caso, para rememorar su figura.
Francisco Ferrer. ¡Viva la Escuela Moderna!
Texto: Jean-Claude Idée
Dirección: José Luis Gómez
Reparto: Ernesto Arias, Jesús Barranco, David Luque y Lidia Otón
Traducción: Pollux Hernúñez
Escenografía: Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán (AAPEE)
Iluminación: Pedro Yagüe (AAIV)
Proyecciones: Jorge Vila
Vestuario: Deborah Macías
Música y espacio sonoro: Alberto Granados
Ayudante de dirección: Roberto Mori
Ayudante de producción: Maria Teresa Ferrara
Realización de vestuario: Jota Studio y Paloma de Alba
Realización de escenografía: Scnik Móvil y Miguel Ángel Infante (Utilería – Atrezzo)
Producción: Teatro de La Abadía
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 7 de diciembre de 2025
Calificación: ♦♦
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