La metaficción reverbera en el Teatro Español con otro texto de Ignacio García May, quien aprovecha el caso del célebre criminal para crear un drama-cabaret
Ignacio García May se apodera del Español con dos obras que se relacionan entre sí. Esencia en la sala grande y esta, Afectuosamente suyo, en la Sala Andrea D´Odorico forman parte de su Teatro de la conspiración. Fundamentalmente apoyadas en exprimir la ficción como juego que interpela a la realidad, que anhela superar el acontecimiento dramatúrgico para especular sobre nuestra propia dimensión ficticia. Tema que hoy resulta imperioso, pues las máscaras, las personas, que se nos han impuesto en el presente, más las que deseamos sobreponernos, nos empujan a una vivencia que emula a la literatura.
Todo este trampantojo sobre el famoso asesino del siglo XIX se establece en diferentes capas para incurrir en toda una hipótesis. ¿Y si, después de todo, aquel escurridizo tipo fuera un verdadero actor acogiéndose a distintos papeles en pos de un naturalismo perfecto? Con ello se maneja el doctor que interpreta Raúl Ferrando a través de una sutil timidez que le obliga a desembarazarse de ciertas rigideces. Es la circunstancia, la presencia de gentes a su alrededor que parecen mucho más atrevidos, con más apostura o de vuelta de todo. Así ocurre con Lula Heredia quien tiene un papel preponderante a lo largo de todo el espectáculo. María Poquet la ha vestido como a una fulana de los bajos fondos, con el corsé, las bragas y los ligueros que ofrecen una imagen de erotismo «sucio». Ella es una maestra de ceremonias, nos adentra en un cabaret y nos muestra el asunto, que ha dirigido con buen aprovechamiento de las limitadas dimensiones del espacio Javier Sahuquillo. La ristra de crímenes, los cinco más «célebres», ocuparán como hitos el recorrido. Y ella estará ahí para encarnarse en alguna de las malhadadas, para enhebrar las escenas o para leer algunas de esas notas «desde el infierno». Precisamente, será una de estas misivas («Dear Boos»), firmada por Jack el Destripador, en la que se declara que los investigadores piensan que es «médico», donde se despide con el «afectuosamente suyo» que da título a este proyecto.
Como afirmaba, algunos de los visitantes de la consulta vienen con sus propias ínfulas y esos padecimientos que traen consigo las enfermedades venéreas. El primero de todos es el actor de renombre Henry Irving. El personaje aquí retratado, aunque sea de manera esbozada, sirve para propiciar un paralelo entre las formas caducas de interpretación, deudoras del romanticismo, con una grandilocuencia épica en las adaptaciones shakesperianas, frente al naturalismo que está desarrollando en París André Antoine. Toni Misó conjuga con finura su expresionismo grandilocuente con esa decadencia propia de quien es consciente de que sus mejores años han pasado. Esta introducción en el ambiente teatral de Londres funciona de modo metaliterario para predisponer un diálogo con nuestra contemporaneidad. Es decir, la espectacularización de nuestra sociedad tan aficionada hoy a los true crime, a esa explotación de la no ficción en tantos productos. Esto provoca otra perspectiva, porque generalmente el misterio se ha dirimido más en el terreno de la prensa que aprovechaba para hacer de esos asesinatos un folletín repleto de invenciones, de pruebas falsas y de conspiraciones varias. Por lo tanto, García May se lo lleva más a su terreno para que la metaficción nos deje un protagonista imaginándose en la tesitura de adoptar la posición de un avieso criminal. Es una gran idea, pero creo que el exceso de narración por parte de ese cirujano sobre sus andanzas nocturnas reduce la representación en sí, la escabrosidad. Esto se compensa, en cierta medida, con las acciones que favorece la escenografía de Luis Crespo, un lugar que asimilamos igual a una carnicería, a una morgue o a un quirófano. Las muñecas se despiezan delante de nuestros ojos y se van colgando sus miembros en los ganchos. La influencia en el Teatro del Gran Guignol, dedicado al género del terror, queda patente con un plus de modernidad.
Por otro lado, es fundamental la música, ya que esta nos traslada anacrónicamente no ya a un pub londinense donde podríamos oír a los borrachines cantar bal adas procaces como aquella de: «Dos putitas, temblando de frío, / buscan un refugio, resulta ser el mío…»; sino en algún local estadounidense del oeste donde suene el blues. Posee unas concomitancias apreciables y aquí encaja estupendamente. David Kelly pone su guitarra al servicio de esos poemas populares y crea otras composiciones nuevas para el que show se cargue de ritmo. Luego, el propio cantante se encarnará en Bram Stoker aportando elegancia y empaque, otro libidinoso que requiere su inyección. El novelista se inspirará, como sabemos, en el susodicho destripador. Otros escritores, como Bernard Shaw aparecerán para criticar esas confabulaciones sobre unos casos particulares, mientras otros homicidios se asumían con normalidad.
Definitivamente, la función es demasiado breve (cincuenta minutos) y se echa en falta un mayor desarrollo de los personajes, sobre todo del protagonista, pues la relación fallida con la que iba a ser su esposa parecería ofrecernos unas interesantes claves psicoanalíticas; pero queda como una pincelada. Aun así, estamos ante una propuesta sugerente.
(Afectuosamente suyo)
Texto: Ignacio García May
Dirección: Javier Sahuquillo
Reparto: Raúl Ferrando, Lula Heredia, David Kelly y Toni Misó
Escenografía: Luis Crespo
Vestuario: María Poquet
Iluminación: Pablo Fernández
Música y espacio sonoro: David Kelly
Diseño de sonido: Edu Soriano
Coreografía: Cristina Barbero
Manipulación de títeres: David Durán
Ayudante de dirección: Anna Nácher
Producción: Yapadú Produccions
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 9 de noviembre de 2025
Calificación: ♦♦♦
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