Imanol Arias y María Barranco protagonizan esta comedia burguesa sobre la libertad de expresión escrita por la francesa Salomé Lelouch

El moralismo burgués de los franceses viene de lejos. Por lo menos, desde la Ilustración, cuando sus philosophes pretendieron desde la exquisitez de sus salones aleccionarnos sobre el bien y el mal. Desde aquellas, ese género teatral de corte neoclásico nos ha pretendido educar sobre esto y aquello sin enfangarse en absoluto. Me viene a la cabeza alguna de estas bagatelas procedentes del país vecino como Serlo o no, de Jean-Claude Grumberg que nos trajo el afrancesado Flotats. Es el marchamo de aquella cultura, con su humor infantil y con la manera tan higiénica de ponerse estupendo. Así ocurre con el texto de Salomé Lelouch, quien, en aras de defender la libertad de expresión o la conveniencia de decir la verdad, se inventa esta nimiedad donde, atentos, no contamos con un argumento. Ni siquiera con el nombre de estas personas. Después de todo, qué más da, si son espectros sexagenarios, o sea, boomers elegantes, y con eso nos vale para que volquemos sobre ellos todos nuestros prejuicios. La duración de 65 minutos es del todo significativa. Podría haberse extendido horas, pero todo queda dicho en los primeros instantes. El resto es repetición del mecanismo.
Imanol Arias y María Barranco adoptan unas formas interpretativas acomodaticias. Se introducen en un esquema rígido y lo arrastran hasta el final del espectáculo. En realidad, como no sucede nada, pueden perfectamente ejecutar sus papeles sin redondearlos, ni atravesar ningún arco. Él cumple con la función de tipo que prefiere navegar en la equidistancia, sobre todo porque es el único modo de ser «feliz» y de lograr que su matrimonio dure. Resulta que ella va con una verdad tan insolente por delante, que parece haberse olvidado de los usos propios de la cortesía. Es una «activista» y tiene opinión (doxa, pura y dura) sobre lo divino y lo humano. Quizás en esta señora encontremos lo único curioso del montaje, precisamente por su «sinceridad».
No diré que la propuesta se compone de una retahíla de sketches, pues las pequeñas escenas no dan ni para eso. Realmente no contienen un meollo, sino apenas un esbozo situacional. Iremos de lo más chusco y cotidiano a lo más escabroso, pasando por otros asuntos que sabemos que son controvertidos. La cuestión, ante todo, es que no se profundiza en ninguno de los conflictos éticos planteados. Valen como meras conversaciones privadas que nada tienen que ver con la libertad de expresión en nuestra época. Aquí nadie se juega el pellejo por dejar caer que te parece mal que las musulmanas lleven velo. Y si, como acontece, en una escuela de música se le pregunta al director que si tal profesor es pederasta, pues no será más que mala educación, grosería o difamación. Pero como el asunto se frena ahí y no tenemos réplica posible, pues pasamos a otra cosa. Es un mero brindis al sol que se aleja del mundo real. No hay más que observar cómo en el inicio la discusión es sobre si el pastel de la suegra está más o menos duro según la nuera. Afirmarlo en su cara es algo que no nos importa lo más mínimo. Por otra parte, tener reservas sobre el aborto se combina más adelante con el uso recreativo del porno en sus distintos dispositivos electrónicos o si el hombre paga la cuenta en una cena. Sin dejar de lado, por supuesto, cuestiones de género o del cambio climático. Cada tema daría para una obra entera.
Tanta amabilidad en las formas resulta insoportable. Cuando parece que podrían discutir y ofrecernos la posibilidad de una inquina mayor se atemperan. Da la impresión de que Claudio Tolcachir les ha echado el freno para que nadie en el público se soliviante. En este sentido, la dirección es pacata. Es un constante dejarnos con la miel en los labios. Les pedimos: «sigan, sigan con su lógica a ver adónde llegan. ¡Ilústrennos!». De qué vale plantear cuitas éticas si no se ahonda en ellas. Si no se exprimen las circunstancias y las diferentes casuísticas que se ponen en juego en la realidad, entonces la diatriba se queda en nada. Lo más inteligente del montaje es la escenografía de Mariana Tirantte, todo un muro repleto de lucecitas, que sirven para distraernos, con una serie de cajones y trampillas que surge de manera muy fluida y elegante. Poco más.
Autora: Salomé Lelouch
Traducción: Fernando Masllorens y Federico González del Pino
Dirección: Claudio Tolcachir
Reparto: Imanol Arias y María Barranco
Diseño de escenografía: Mariana Tirantte
Diseño de iluminación: Matías Sendón
Diseño de vestuario: Mariana Seropian y Guadalupe Valero
Diseño de sonido: Guido Berenblum
Diseño de maquillaje y peinados: Emmanuel Miño
Versión: Mercedes Morán
Ayudante de dirección: María García de Oteyza
Diseño de tocado: Mélida Molina
Voz de la niña: Nuria Herrero
Fotografía de estudio: Javier Naval
Asistente de escenografía: Emilia Pascarelli
Realización de escenografía: Mambo decorados
Gerente/regidor: Guillermo Delgado
Técnico de iluminación: José García
Técnico de sonido: Raúl Sánchez
Maquinista: Damián Ruiz
Comunicación y prensa: Javier Antolín e Isabel Martín
Productores ejecutivos: Damian Zaga y Mano Szereszevsky
Director de producción: Ariel Stolier
Productor ejecutivo España: Jesús Cimarro
Una producción de: Pablo Kompel, 11T’ ai Creaciones y Pentación Espectáculos.
Distribución: Pentación Espectáculos.
Teatros Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 23 de noviembre de 2025
Calificación: ♦
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Un comentario en “Mejor no decirlo”