Pródigo

Eva Mir propone en el Matadero un conflicto paternofilial en el contexto de una empresa familiar

Foto de Mario Zamora

Últimamente, cada vez que se habla de magnates y su estirpe, de esas nuevas dinastías que van surgiendo en los distintos booms tecnológicos, alguien en la prensa compara su tejido malévolo con la serie Succession, la cual es un tanto rocambolesca. En ella también hay destrozos paternofiliales y luchas fraternales, además, claro, de aniquilaciones emocionales que llevan a la psicopatía. Tan lejos no llega Eva Mir, aunque se ajusta a un esquema habitual en la empresa familiar, más que en la propia parábola bíblica del hijo pródigo. No han faltado padres que han querido extender su sueño, su proyecto, su éxito y, por encima de todo, su orgullo y su honor, expresado en algún apellido indeleble, marca de estatus y ascenso a la aristocracia (Ruiz-Mateos, verbigracia).

La dramaturga, quien ya nos ha entregado Héroe de diciembre y Añoranza y siesta (texto que merecería recuperarse) recurre con afán a diversas técnicas del postdrama. Por ejemplo, el uso desmedido de la narración frente al micrófono, que le permite conducirnos en exceso por la trama. Luego, el marco metateatral, que le sirve para introducirnos en el argumento y para sacarnos de él, nos distancia innecesariamente. ¿Para qué vale este proceso? Es, de hecho, la principal pega de este espectáculo: el caos. La directora quiere perfilar cada detalle, otorgarle un identidad peculiar y llamativa a cada escena, y en su ansia por aprovechar el espacio del Matadero, rompe en varios momentos la dinámica: salidas a la calle (no sorprende demasiado, pues allí se ha realizado en varias ocasiones), iluminación de sala, subida por las escaleras de la grada y mucho vacío para que se desplacen las cámaras frigoríficas. En relación a estas, su empleo resulta muy significativo y está aprovechado con ironía. Ya que hablamos de la industria cárnica.

El máximo protagonista, por supuesto, es el hijo. Pablo Justo encaja estupendamente con la idea del vástago falto de madurez, de quien ha tenido todo en la vida y ahora está estresado por esa obligación de dedicarse a engrandecer todavía más aquel emporio que ha creado su familia. El actor juega inicialmente a ser y no ser el personaje. Son esos primeros pasos de la propuesta que parecen trastabillarse. Desde luego, me convence mucho más la segunda parte, una vez este joven ha decidido «divorciarse de su padre» y emprende una aventurilla, algo patética, por no se sabe qué andurriales. Llegará a un bar corriente de barrio. Allí se encontrará con una muchacha que le esputa las consabidas condiciones en las que vive cualquier currante. Hallamos, entonces, a Aurora García Agud en un tono muy elocuente. La actriz, además, cantará algún tema tontipop alusivo, acompasada por bases electrónicas que Marcos Nadie traza en uno de los laterales. Efectivamente, es la música un elemento de cohesión bastante potente que demuestra hasta qué punto se podría haber pergeñado una atmósfera fluida.

Fundamental es el rol de la madre. Sonia Almarcha nos resume con gran energía los avatares de la charcutería, La Jugosa, que humildemente formalizaron los abuelos. Si hasta el rey Juan Carlos se pirró por el salchichón. El trajín del establecimiento, con aquellos fluorescentes tan característicos y ese chisporroteo de las moscas pulverizadas, resulta muy convincente. Su muerte, a los 54 años, será esencial dentro del relato. Para sus niños el destrozo es insoportable y más si ni siquiera se les concede el duelo, pues el negocio requiere un ritmo imparable y al padre se le ha ocurrido que vender cordero rebozado en gasolineras es idóneo para esas navidades. A ese nivel se pone Íñigo Rodríguez-Claro, un tanto deshilachado en su composición, ya que sus discursos debemos imaginarlos en diferentes instantes y no queda manifiesta la evolución de carácter más allá del estereotipo. Y es que se pretende que los años pasen como una nebulosa, de diez en diez o más, y por momentos el drama se comprime o se extiende sin demasiada medida.

Evidemente, el corte otra vez metateatral previo al epílogo sobra. Íbamos encauzados hacia el reencuentro, a que la hermana fuera cogiendo más protagonismo y demostrara que la cabeza mejor amueblada era la suya, cuando exige, en definitiva, una consideración como primogénita. El papel de Laura Romero posee bastante empuje y ella le da un gran brío en el movimiento, bailando y ofreciendo una disposición estupenda. Así, de esta manera dislocada, la función se completa para dejarnos la sensación de que esta historia merecía una dramaturgia mejor ahormada, con menos ansias por demostrar modernez o rareza espectacular.

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Texto y dirección: Eva Mir

Intérpretes: Laura Romero, Aurora García Agud, Sonia Almarcha, Íñigo Rodríguez-Claro, Pablo Justo y Marcos Nadie

Diseño de espacio escénico: Isaac Rovira y Randoll Rocafort

Diseño de iluminación: David Picazo

Espacio sonoro en directo: Marcos Nadie

Diseño de vestuario: Mary Garlic 2000

Ayudante de dirección: Eva Carrera

Producción: La Negra Produce

En colaboración con Institut Valencià de Cultura, Ajuntament de València, Teatre El Musical, Diputació de València y Escalante Centre Teatral

Nave 10 Matadero (Madrid)

Hasta el 19 de octubre de 2025

Calificación: ♦♦♦

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