Javier Manzanera y Celia Nadal luchan contra su ser de personajes en una propuesta que explora los límites de la metateatralidad

Después de su exitoso Cabezas de cartel, con el que rondaron por doquier, los de Perigallo vuelven a las andadas con una propuesta altamente metateatral, y hasta metafísica; pues se dedican a estirar la concepción pirandelliana. El dramaturgo italiano exploró al personaje como ente al que poseer a través de las obras teatrales, ejemplificado en Seis personajes en busca de autor (que Miguel del Arco exprimió en La función por hacer). Hace bien poco volvía sobre la cuestión Pablo Macho Otero con A fuego. Y no pocos han sido los que han roto la cuarta pared para confrontarse con ese espacio liminal en los dos últimos siglos. Es, ciertamente, un tópico que dura ya demasiado. De hecho, la última buena andanada de esta perspectiva la he encontrado en el capítulo titulado Hotel Reverie, de la serie Black Mirror.
El panorama, por lo tanto, no es muy original; aunque hay que reconocer que Javier Manzanera y Celia Nadal le han otorgado su propio estilo a ese «limbo» platónico donde se han insertado. Una manera de autodescubrirse en su profesión, mientras salen de la estupefacción de reconocerse «personajes». Lo magnífico del espectáculo son realmente ellos. Una pareja de actores plenamente entregados a su quehacer, aceptando el juego teatral y disponiendo su diálogo con una viveza impresionante, con una dirección cuidadosa de Luis Felpeto. Es, de hecho, muy conveniente cómo se entrelazan sus líneas de forma tan dinámica. Primero, será él quien lleve la voz cantante, quien deba revelar a su compañera el descubrimiento, tan unamuniano y cervantino, como Truman en su show, o los vecinos de Montepinar en aquel episodio de La que se avecina en el que se hallan como seres de ficción. ¿Cómo convencerla de un hecho tan extraordinario? Los visos religiosos están ahí, pues «ellos», como creadores, como dramaturgos, les han dado papeles diversos e, incluso, los términos que ahora mismo están emitiendo. Esa es la gracia del asunto, y más si incluyen erratas, que aportan un tono humorístico considerable. ¿Cómo escapar de ese determinismo? En gran medida, de eso trata el montaje. Para llegar a ese objetivo será necesaria la colaboración y el convencimiento de ella. Su entusiasmo no se quedará atrás una vez asuma que no cuenta en su memoria con realidades que no ha vivido; pero que deberían formar parte de su «cultura». Su bagaje se convierte en su instrumento, y este es un detalle muy importante, ya que, de algún modo, ellos mismos, que son los autores de esta obra, están insertando su propio acervo actoral. Desfilarán los versos de Shakespeare con Hamlet y Ricardo III, con un trastoque de su célebre reclamo: «Mi reino por un papel en blanco». Gritará Nadal, puesto que se ve en la tesitura de encontrar unos pliegos para escribirse su propio destino y seguir tecleando en esas máquinas de escribir que emplean en el prólogo. Otro buen detalle. Aunque esa actitud sería una manera de seguirles el juego a «esos» que dominan. ¿No sería mejor callar? O recurrir al «palabras, palabras, palabras»… Son aspectos políticos que hoy resuenan con fuerza. ¿O acaso no estamos enredados en las redes en el endiosamiento de nuestro avatar? A eso nos remite, por lo tanto, el título de este proyecto. Averiguar los límites de la libertad, hacerse cargo de su propio lenguaje y de su conciencia son los primeros pasos para adquirir una pulsión volitiva. Estarían en disposición de un tema fenomenológico. Deberían, quizá, proponerse la epojé de la que hablaba Husserl: suspender el juicio para salir de ese entuerto de existir encerrados en una predestinación (recitarán a Calderón, claro).
Que ronde por ahí una Biblia ya nos pone en la clave categórica; pero que se recurra a ella ─no desvelaré para qué─ tras haber visionado en la televisión Esperando a Godot, ya supone el reforzamiento metateatral. Y, al igual que ocurre con la celebérrima comedia de Becket, aquí también se alcanza un punto muerto. La función se atasca porque la resolución se torna imperiosa una vez se ha puesto en marcha el mecanismo, y se han topado con el callejón sin salida antes planteado. Verdaderamente, enseguida solventa su parálisis discursiva, y para ello usan una desbrozadora, que es la mejor metáfora posible.
Con todo esto, queda justificado que es un espectáculo que merece la pena y que, además, tiene una factura estupenda. Juan de Arellano, Pepe Hernández y Eduardo Manzanera han preparado una escenografía que es un teatro dentro del teatro, con dos grandes espejos sin azogue que son compuertas al mundo de la ficción. Todo el espacio, en definitiva, se transforma en una especie de caverna repleta de ánimas dramatúrgicas. Las lámparas, gracias a la labor de Pedro A. Bermejo y Francisco Martínez, «viven» luminosas cuando se escuchan sus famosas frases. Algo así como un «abrazo» de esos espíritus tutelares y, a la vez, dueños de nuestros protagonistas. Lo dicho, no es un mero ejercicio de metateatralidad, Por voluntad propia, posee encanto y decisión.
Autor: Javier Manzanera y Celia Nadal
Dirección: Luis Felpeto
Interpretación: Celia Nadal y Javier Manzanera
Iluminación: Pedro A. Bermejo
Efectos de iluminación: Francisco Martínez
Escenografía: Juan de Arellano, Pepe Hernández y Eduardo Manzanera
Música original y espacio sonoro: Daniel García Centeno
Vestuario: María Cortés y Maruxiña Cao
Atrezo: Monzo, Dora Blanco y Anna Pereira
Diseño gráfico: Sira González
Técnico en gira: Francisco Martínez
Compañía: Perigallo Teatro
Teatro Lagrada (Madrid)
Hasta el 1 de junio (Madrid)
Calificación: ♦♦♦
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