The Seven Streams of the River Ōta

Robert Lepage recupera este espectáculo grandioso de siete horas estrenado en 1994, para recodarnos las infamias nucleares del siglo XX

The Seven Streams of River Ota - Elias Djemil
Foto de Elias Djemil

Somos afortunados de poder asistir a este fenomenal espectáculo que Robert Lepage estrenó en 1994 en el Festival de Edimburgo. Es innegable el despliegue técnico y la cantidad de detalles que están inmersos en cada cuadro y en cada escena de un montaje que dura (contando descansos) siete horas, como siete son los arroyos del Río Ōta. El engranaje que pone en funcionamiento el creador canadiense está muy por encima de casi cualquier propuesta actual; ya que escenográficamente, como vamos a ver, sus procedimientos forman parte de una de corriente propia del ilusionismo más artesanal. En los últimos años, hemos podido comprobar sus virguerías en Juego de cartas 1: Picas, que presentó en 2012 en el Circo Price, o cuando recuperó en 2015 su Needles and opium; además, de su biográfico 887, que pudimos visionar en 2022.

Eso sí, es necesario reconocer que, si nos adentramos en la historia que nos plantea, por muchos vericuetos que contenga, por muchos estilos que elabore, lo cierto es que no contamos con personajes redondos, aquellos que evolucionen, que nos den a conocer sus sueños, sus pensamientos y sus pretensiones. No, estos caracteres que pululan delante de nuestros ojos son planos, son propios de leyendas, están ahí, en todo caso, para configurar un tiempo, una atmósfera y un espíritu que se densifica a través del dolor. Es decir, de manera muy coherente ha asumido la estética japonesa, que uno puede percibir en la pintura, en la caligrafía, en el cine y en la literatura clásica que duran hasta la actualidad de forma pertinaz en paralelo a sus vanguardias tecnológicas. La visión del budismo zen ahorma toda la obra, aunque se den incursiones en miradas más contemporáneas que pueden ser más flojas. Así ocurre, por ejemplo, con la endeble subtrama del diplomático canadiense, que interpreta Richard Fréchette, con cierto aire jocoso y displicente, sondeando la sátira, y su quisquillosa mujer, que Audrée Southière, con una vis cómica muy fina, acoge. Ambos nos llevarán a la representación en Osaka, durante la Exposición Universal de 1970, de La dama de Maxim’s, una de esas farsas para burgueses de Georges Feydeau, sobre cuernos y equívocos con entradas y salidas trepidantes. Nosotros observamos el asunto como una mise en abyme, que se sostiene después de manera metateatral con el mantenimiento de unos traductores, cuando los personajes salgan de cena. Vale para hacer críticas literarias internas, sobre el dramaturgo y esa tensión permanente que tienen los quebequeses con los franceses (se insistirá en el tema). El movimiento es prodigioso; pero no creo que aporte demasiado a la historia en general. Ambos individuos, más adelante, sí que tendrán una entrevista, donde se evitará responder a preguntas sobre la bomba atómica. Hecho controvertido también para los canadienses, pues su participación en el Proyecto Manhattan deja una estela de responsabilidades que llega hasta el presente.

La sobredimensión del montaje a veces nos lleva por unas sendas tremendamente alejadas. Por eso, a través de otra mise en abyme nos iremos, incluso, hasta el campo de concentración de Terezín (nuestro Juan Mayorga, ya nos puso en situación sobre aquel engaño a la Cruz Roja en Himmelweg). Los cubículos centrales se llenan de espejos, las literas se multiplican en un juego óptico y la magia establecerá el mismo sistema para hacer desaparecer a una muchacha. Ella, Jana Čapek, logrará escapar, y sorteará la deportación, con toda probabilidad, a Auschwitz. En este caso, nos sirve para conocerla pasados unos años reconvertida en una monja zen. Lorraine Côté, con la cabeza rapada, nos transmite cómo es la práctica de esta filosofía, de esta religión, para darnos pista de unos usos estéticos que se arrastran desde el inicio.

Así es, en la parte 1, «Moving Pictures», se establece una lentitud que se concreta en el silencio y en el cuidado de los pasos. La casa tradicional japonesa, con esas puertas correderas, shōji, que se irá transformando de manera sorprendente a lo largo del espectáculo con decenas y decenas de cambios, nos enseña a una mujer de espaldas que habla mismamente con pausa. Nos situamos en 1945, en Hiroshima, y la bomba nuclear ya ha producido la hecatombe. Ella es una hibakusha, una superviviente, con el rostro deformado, que no encontrará un nuevo marido; porque la radioactividad en su cuerpo puede conllevar muchos trastornos en los descendientes. Eso mismo le sucederá a su hija Hanako, que se ha quedado ciega, y que se convertirá en traductora de francés. Ella cerrará este relato al final de forma elocuente. Por allí, avanzará el militar estadounidense Luke O’Connor, al que da vida Christian Essiambre, con una taciturnidad y una melancolía que, después arrastrará cuando haga de su hijo, de Jeffrey. Tendrá el cometido de realizar una serie de fotografías sobre los desperfectos en los hogares. Ahí surgirá un encuentro amoroso, que se resuelve de modo sutil entre las sombras. La cadencia nos recuerda al cine de Yasujirō Ozu, con películas como Primavera tardía o Cuentos de Tokio.

La parte 2 posee un atractivo mayor. Aumenta el dinamismo, la confusión, nos puede resultar dramatúrgicamente más sugerente y hasta surrealista. Nos encontramos en Nueva York, en 1965, Jeffrey y su hermanastro Jeffrey Yamashita, un contrabajista, desarrollado a través del estereotipo oriental que tenemos aprendido, es decir, con un silencio, una pausa y una paciencia inquietantes, se conocerán en un edificio de apartamentos. Umihiko Miya será el encargado de dirigirnos a través de ese movimiento incesantes entre las habitaciones y el baño compartido en el centro, donde se irán encontrando todo tipo de personajes, antes de que el padre de ambos fallezca. La música es uno de los elementos fundamentales de la obra. Tetsuya Kudaka se mantendrá la mayor parte del tiempo en una esquina con todos sus instrumentos de percusión, con la caja china marcando el ritmo. En otra esfera, también Rebecca Blankenship, cantante de ópera, tendrá su momento estelar cuando interprete el patetismo de Madama Butterfly, en el susodicho campo de concentración.

Quizás, en cierta medida, la función entra en descenso, cuando se quiere exprimir demasiado la saga. Sobre todo, se nota el contraste con escenas que resultan incluso divertidas; puesto que la comicidad surge en bastantes ocasiones. Así me parece que pasa en la parte final, «Thunder», en 1997, en la ciudad nipona, de nuevo, cuando llega el joven Pierre, un futuro bailarín de butoh, que encarna Philippe Thibault-Denis con sencilla agilidad. Se hospedará en la casa de Hanako, ya adulta, que interpreta Donna Yamamoto, con una sobriedad que nos exige imaginar más allá, mientras contemplamos su decadencia económica. Igualmente, sigue poseyendo coherencia con el resto. Debemos tener en cuenta que, en diferentes instantes, se da una descompensación entre los narrado ─con múltiples aspectos que no terminan de ser suficientemente interesantes─ y todas esas transformaciones escenográficas que nos apabullan, en la mezcla de estilos, con esa iluminación interior tan meticulosa, con el empleo de imágenes y de vídeos, de lluvia, que logran cautivarnos.

Hiroshima es un símbolo paradójico para nuestra posible «paz perpetua». Contemplar la devastación real, evita la especulación. Tras siete horas, es imposible no valorar este espectáculo como un acontecimiento grandioso.

The Seven Streams of the River Ōta

Texto: Éric Bernier, Gérard Bibeau, Normand Bissonnette, Rebecca Blankenship, Marie Brassard, Anne-Marie Cadieux, Normand Daneau, Richard Fréchette, Marie Gignac, Patrick Goyette, Robert Lepage, Macha Limonchik y Ghislaine Vincent

Dirigido y diseñado por: Robert Lepage

Director creativo: Steve Blanchet

Dramaturgo: Gérard Bibeau

Traductor – Sobretítulos en español: Loreto Mendeville

Asistente de dirección: Adèle Saint-Amand

Intérpretes: Rebecca Blankenship, Lorraine Côté, Christian Essiambre, Richard Fréchette, Tetsuya Kudaka, Myriam Leblanc, Umihiko Miya, Audrée Southière, Philippe Thibault-Denis y Donna Yamamoto

Música y diseño de sonido: Michel F. Côté

Colaborador musical y músico: Tetsuya Kudaka

Diseño de escenografía – Producción original: Carl Fillion

Diseño de escenografía – Adaptación: Ariane Sauvé

Diseño de iluminación: Sonoyo Nishikawa

Diseño de imágenes: Keven Dubois

Diseño de vestuario: Virginie Leclerc

Diseño de utilería: Claudia Gendreau

Gerente de producción: Marie-Pierre Gagné

Asistente de producción: Véronique St-Jacques

Director técnico – Creación: Catherine Guay

Gerente en gira: Marylise Gagnon

Director técnico en gira: Simon Cloutier

Regidor: Francis Beaulieu

Gerente de sonido: Gaspard Philippe

Gerente de iluminación: Marie-Ève Malenfant

Gerente de vídeo: Samuel Sérandour

Asistente de regiduría: Anne Marie Bureau

Jefe de maquinistas: Louis-Philippe Cloutier

Gerente de vestuario: Virginie Leclerc

Gerente de utilería: Chloé Blanchet

Gestor de proyectos de escenografía: Paul Bourque

Consultores técnicos: Stanislas Élie, François Ferland-Bilodeau

Construcción de escenografía: Astuce Décors, Conception Alain Gagné

Confección de vestuario: Par Apparat, confection créative

Gestión de derechos musicales: Delphine Saint-Marcoux y Josée-Anne Tremblay, La Négo

Coordinadora de comunicación: Nina Lauren

Agente de Robert Lepage: Lynda Beaulieu

Diseño, versión original (además de algunos de los mencionados anteriormente): Catherine Chagnon, Jacques Collin, Sylvie Courbron, Éric Fauque, Yvan Gaudin, Cathy Lachance y Marie-Chantale Vaillancourt

Una producción de Ex Machina en co-producción con: Chekhov International Theatre Festival, Moscow, Le Diamant, Quebec City, National Theatre of Great Britain, London, Schaubühne, Berlin, Centre culturel de l’Université de Sherbrooke, Théâtre du Nouveau Monde, Montréal y Festival Internacional Teatro A Mil

Productor para Ex Machina: Michel Bernatchez

Productora asociada: Hélène Paradis

Producción asociada – Europa, Japón: Epidemic (Richard Castelli asistido por Florence Berthaud)

Producción asociada – Las Américas, Asia (excepto Japón), Australia, Nueva Zelanda: Menno Plukker Theatre Agent (Menno Plukker, asistido por Magdalena Marszalek e Isaïe Richard)

Ex Machina está financiado por el Consejo de las Artes de Canadá, el Consejo de las Artes y las Letras de Quebec y la ciudad de Quebec.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 23 de noviembre de 2024

Calificación: ♦♦♦♦

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