Los avatares de la deportista tetrapléjica Manuela Vos saltan a escena con una dramaturgia inconsecuente de Emilio del Valle
Si me fijo en los últimos proyectos donde Emilio del Valle fundamentalmente se ha responsabilizado de la dirección y, además, ha firmado el texto o, siquiera, la versión (véase Coriolano, después de Shakespeare o Hasta que la muerte nos separe), tengo que reconocer que este montaje que ahora presenta en la Sala Cuarta Pared me ha parecido muy decepcionante. Tanto el contenido como la dramaturgia propuesta parecen no encontrar ni sustancia, ni destino. Y, sobre todo, se percibe una carencia de ideas a la hora de cohesionar el supuesto argumento.
No sé si la biografía de Manuela Vos (56 años) es más cautivadora que otras sobre personas que se han quedado tetrapléjicas, aquellas, por ejemplo, que han sufrido un accidente de tráfico y han terminado en Toledo. Lo afirmo porque después de observar este espectáculo me he quedado con lo que ya había leído en la prensa; por eso, he echado de menos bastantes circunstancias que la protagonista ya había revelado. El problema radica en el formato. Si otra vez se recurre no solo a la autoficción, sino que se acude al teatro documento de la manera más expeditiva, entonces más parece un reportaje de Informe semanal dramatizado. La voz grabada del compañero de escalada de nuestra heroína vale para describir secamente el accidente. En 2021, en los Picos de Europa, esta escaladora, acostumbrada a manejarse en situaciones complejas, despeña 30 metros y se golpea en la cabeza. Lo que teatralmente podría dar para producir en el público una empatía con lo sucedido, queda narrado. El agónico rescate podemos visionarlo, puesto que contamos con vídeo y fotografías realizados por el equipo de rescate que tuvo que acudir allí en helicóptero. La aventurera estuvo a punto de morir y, finalmente, quedó con una tetraplejia. Tan solo escuchamos y atendemos a la situación. Luego iremos aceptando otros testimonios de gente cercana a la deportista que potenciarán esta insistencia periodística; pero que nos desvían de la deseable recreación de los diferentes avatares y de esa historia de superación que debe ser ejemplar y apreciable. Apenas se vivencian sus sensaciones en la obra en el momento en el que Luna Mayo se coloca una larga peluca rubia, y se encarna en el personaje para trasladarlos el sufrimiento y la agonía. Con esa parquedad casi no podemos compensar todo lo demás que ocurre sobre el tapiz.
No hay más que fijarse en el prólogo, si la propia Mayo nos «sorprende» con una diatriba acerca ─otra vez más─ de su profesión, de lo que supone acoger a Lady Macbeth, por ejemplo. Su habitual fuerza para transmitirnos que es capaz de todo en ese territorio y que tiene un currículum de lo más versátil, pues estupendo. Sin embargo, ¿qué pinta esto en esta función? A ella, en la segunda escena, se suma su compadre Jorge Muñoz, un actor muy solvente; no obstante, en esta ocasión parece más un conferenciante un tanto dicharachero. La anécdota que nos suelta; aunque tenga que ver ya con el asunto, está trazada de facetas personales de una inconsecuencia bárbara. Que cómo conoció a Manuela, que si vaya «culo» tiene esta (esto, en tono jocoso y cutre, lo repite varias veces añadiendo: «la cabra tira al monte»). Cuando ya, por fin, sale la protagonista, debemos aceptar que llanamente aparece ella en la silla de ruedas, para hacer de ella misma, con los nervios lógicos de alguien que no domina plenamente el idioma (pues es de origen holandés) y que no es actriz. Ni siquiera se incurre en lo esperable, en el relato profundo y emotivo de su experiencia a partir de ese acontecimiento y, tan solo al final, se nos muestran otras imágenes más de ella compitiendo (y ganando) en el Campeonato del Mundo de Paraciclismo. El lapso entre la catástrofe y este éxito queda esencialmente omitido. Uno entiende que llegar a ese nivel conlleva una peripecia sobre la fortaleza de una persona; pero hete aquí que las conversaciones que debemos escuchar tienen que ver con masturbaciones, polvos, amantes, a llamar a las cosas por su nombre y decir «¡coño!» de modo bastante soez (los aspectos sexuales encajados de mala manera se espolvorean por todo el espectáculo). Pónganle un piano eléctrico para que suene la música de Montse Muñoz, quien, al menos, favorece una buena atmósfera, y háganse composición de lugar. La conclusión es que se no se han sabido encajar todas las piezas con las que se contaba. Sus allegados serán capaces de apreciar otros elementos. El espectador común probablemente se quede con la sensación de que no se ha ido más allá.
Autoría y dirección: Emilio del Valle
Asistencia a la dirección artística: Elena de Lucas
Interpretación: Manuela Vos, Luna Mayo, Jorge Muñoz y Elena de Lucas
Diseño de iluminación: José Manuel Guerra
Diseño de escenografía y de vestuario: Inconstantes Teatro
Creación audiovisual: Jorge Muñoz
Música original: Montse Muñoz
Coreografía: Lorena Fernández
Comunicación: Manuel Benito
Fotografía: María Alperi
Vídeo: Koala Producciones
Distribución: Carlos Carbonell (Crémilo)
Dirección de producción: Noelia Fernández y Salvador Sanz
Una producción de: Producciones Inconstantes, Escena Miriñaque y Tranvía Teatro
Sala Cuarta Pared (Madrid)
Hasta el 26 de octubre de 2024
Calificación: ♦
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Un comentario en “Manuela, el vuelo infinito”