Los Teatros del Canal dan cabida a esta historia firmada por Albert Tola sobre un joven homosexual iraní que requiere asilo político
El periplo por el que deben pasar muchos migrantes para lograr asilo político es pasmoso. Más peculiar es, todavía, si la orientación sexual es la razón imperiosa que se esgrime para conseguir los dichosos papeles. Resulta, por lo tanto, pertinente tratarlo en una obra teatral y este es el gran aliciente que nos depara este montaje. De hecho, la primera escena es la más elocuente; porque nos sitúa directamente, de una manera tajante y brusca, en una entrevista donde un funcionario, interpretado por Carlos Lorenzo, imponiendo su cuerpo con pujanza, somete a un joven iraní a un cuestionario repleto de preguntas capciosas y que atentan claramente contra la intimidad del solicitante. Creo que ahí ya hay mucha tela que cortar; pero, como veremos, la función va derivando hacia otras esferas, y los aspectos burocráticos ─tan vitales─ se van diluyendo con explicaciones secundarias. También quedará desarrollada de una forma poco convincente la credibilidad de este muchacho. Comprobará el espectador ─y escuchará una justificación poco aceptable─ cómo Amir habla español perfectamente. No solo carece de cualquier tipo de acento; sino que su expresión es fluida, compleja y su sintaxis no muestra errores. Esto ya valdría para cancelar los trámites en alguien que afirma que ha llegado a España hace tan solo un mes y el espectáculo no podría tener continuidad. No obstante, tenemos que aceptar la caracterización de Tomás Rodado. El actor está suelto y se maneja con elocuencia desde el principio hasta el final. La cuestión, evidentemente, está en qué directrices le han dado. Es decir, Carlos Rodríguez Alonso no ha forzado suficientemente las aristas de estos personajes. Sí que ha estado acertado en la fluidez de la propuesta. A pesar de que el gran espacio no favorece la penumbra (Paco Ariza lo ha tenido complicado para propiciar recodos más íntimos), ni la atmósfera de esa supuesta sordidez que debiéramos observar, al menos las videoescenas de Alba Trapero otorgan profundidad y sugerencia en esas perspectivas urbanas.
Resulta extraño que Albert Tola no haya apostado por resaltar, precisamente, esas «malas noches». ¿Dónde están? Tendremos que imaginarlas. Pongamos como referencia el tenebrismo de Koltès, de La noche justo antes de los bosques. Ahí hallamos muchos de los elementos que faltan en este estreno. Amir se dedica a vender cervezas por las plazas. Todos hemos visto a estos «lateros» en algunos barrios céntricos de Madrid. Además, obtiene pasta prostituyéndose, haciendo de chapero. Esto implica una existencia repleta de encuentros azarosos, «sucios» y cargados penuria … ¿Cómo es posible que se rehúya todo esto? Es más, cuando se debería representar la angustia y el miedo en un encuentro con dos tipos que quieren follar con él y que terminan por sacar un bata de béisbol, solamente se cuenta. Todavía más, se anhela poetizar el proyecto con dos motivos que no se exprimen con solidez. Por un lado, Esther Berzal sale como una especie de espectro, de hermana danzarina que se le aparece a nuestro protagonista, que conversa con él y le recuerda momentos de su infancia y de su vida en Irán; aunque luego no tiene un auténtico seguimiento. Entra, se acerca, pulula. Sin más. Y, después, nuestro antihéroe porta el único libro que ha leído y que toma como si fuera un misal. Son los Rubayat, de Rumi, la cumbre de la literatura sufí, y que se desaprovecha, puesto que únicamente se repite (cuatro o cinco veces) el mismo cuarteto: Grité y en aquel grito ardí. / Callé y marginado y mudo ardí / De los márgenes todos me arrojó. / Al centro fui y en centro ardí». No parece que así se adquiera mucho lirismo.
Ante todo, lo que se percibe en esta pieza es una carencia en el redondeamiento de los caracteres que se ponen en juego. Si nuestro joven no llega a mostrar su quebranto y su miseria con verdadera desesperación; poca validez se le puede conceder a dos individuos tan maniqueos como el susodicho funcionario, quien se nos descubre como abusador sexual, capaz de pagar lo que sea por acostarse con ese treintañero que burocráticamente tiene en sus manos; y un pacato abogado que interpreta con demasiada mesura Rodrigo García Olza. Este se encuentra con Amir en la misma calle, en un banco, y enseguida todo se precipita. Un ángel enormemente bondadoso que no se acaba de entender en esa timidez que expele.
Las ideas y el relato están ahí para que elucubremos con lo que ocurre en la realidad en nuestra sociedad. El asunto está en que la dramaturgia nos oculta la complejidad de los personajes en ese meollo político a través de una trama sin suficiente cohesión.
Las noches malas de Amir Shrinyan
Autor: Albert Tola
Dirección: Carlos Rodríguez Alonso
Intérpretes: Esther Berzal, Rodrigo García Olza, Carlos Lorenzo y Tomás Rodado
Colaboración dramatúrgica: Rodrigo García Olza y Carlos Rodríguez Alonso
Diseño de escenografía y vestuario: Victoria Velázquez
Diseño de iluminación: Paco Ariza (AAI)
Música original y espacio sonoro: Álvaro Renedo
Videoescena: Alba Trapero
Ayudante de dirección: Daniel Martos
Diseño de producción: Jordi Robles
Producción ejecutiva: Vinka Mendieta
Imagen promocional: Iván Chamorro
Un espectáculo de NIGREDO y Teatro del Astillero
Coproducción de Teatros del Canal, Behemot, Hiperbólicas Producciones y Elx 49
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 14 de abril de 2024
Calificación: ♦♦
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:
