The Tempest

La compañía griega Push Your Art adapta el clásico de Shakespeare con un montaje dinámico y atractivo

Las interpretaciones que se ciernen sobre La tempestad son múltiples y cuesta identificarse plenamente con alguna. Lo que sí es cierto es que resulta misteriosa y anacrónica para el tiempo en la que se compuso. Es fácil caer en la tentación esotérica, cuando aceptablemente puede tomarse como una comedia destinada al divertimento del respetable y a la manifestación de cómo se gana y se pierde el poder. Aunque indudablemente la magia de Próspero, perfeccionada en esa isla a la que fue exiliado forzosamente, posee una importancia determinante. Podríamos tomar esta obra como un largo epílogo, pues partimos in medias res, y el acontecimiento, con un embrollo más liviano que en otras composiciones de Shakespeare, sirve realmente para devolver las cosas a su sitio adecuado; es decir, que el gran protagonista recobre el ducado de Milán, y que su hija lo herede. Por supuesto, que los mensajes que subyacen a toda esta alegoría, donde se echa mano de la masque para que el asunto sea más divertido, son variadas. Seguramente, si adoptamos una postura platónica y lo referenciamos con su República, serviría de ejemplo de cómo aquel que posee los mejores conocimientos, el rey-filósofo, el duque rodeado de libros que, a su vez, ha educado a su hija para el gobierno sin las artes maliciosas de la sofística, es el más pertinente para el gobierno. Aquí nos entramos con un Próspero, interpretado por una actriz, Sofia Sakellariou, que con su melena rubia y su casaca hasta los pies, ofrece el poderío de la maga apoyada en su báculo, enérgica y fuerte, dominadora en todo momento de la realidad. Nos hace confiar su dicción directa y tajante; y es la que sujeta la estructura. Para ello se vale de uno de los grandes aciertos del montaje que dirige con sofisticada sencillez Kiki Strataki, que es la inclusión de una Ariel, una bailarina-campanilla, que coreografía cada una de las transiciones y que sirve perfectamente al ensamblaje de escenas para que los cuatro actores puedan disponer la acción completa. Rhiannon Morgan es un hada, una sirvienta del hechicero, que flota por la tarima y que cautiva nuestra atención con su fluidez. Hay que reconocer que este elenco funciona, que marcha compenetrado y que hace creíble que con simples cambios de vestuario se manifiesten todos los personajes. Así, Petros Fragopuoulos, un Calibán tan estúpido como abyecto, un monstruo o un salvaje caníbal de esas islas del Caribe recién descubiertas por entonces. Un ser que se nos presenta en lo más bajo del escalafón, alguien que se junta con un bufón, Trínculo, y con un mayordomo beodo, Esteban, que osan conjurarse, aunque patéticamente. Quizás le falte una pizca de humor a esta subtrama; puesto que argumentalmente poco se puede sacar de ella. Thomai Ouzouni, quien se ocupa, entre otros, de interpretar a Miranda, expone su dulzura y su encantamiento de enamorada, con delicadeza frente a Giannis Mavropuoulos, que se encarna en Ferdinando, un joven subyugado por aquella dama. Por otra parte, recordemos que esto comienza con una tempestad en la que se desperdigan por una isla unos náufragos (el propio naufragio, con todos los intérpretes enfundados en chubasqueros azules posee tintes epopéyicos que nos hacen pensar en Ulises antes de toparse con Circe). Entre ellos se encuentra Alonso, rey de Nápoles; Antonio, hermano de Próspero y aquel que lo desterró; y Gonzalo, un viejo consejero. En esta otra subtrama se le da pleno aire mediterráneo, cierta frescura napolitana, con sus coloridos trajes y sus sombreros típicos algo gansteriles.

Todo el trabajo, en la línea del espacio vacío sobre la que teoriza Peter Brook, transcurre en una escenografía compuesta de muy pocos elementos (unos troncos, unos sacos y poco más) y, desde mi punto de vista, un exceso de iluminación. Petros Fragopoulos y Miltos Digas han buscado generar un lugar ignoto, donde los actores, siempre sobre las tablas, se van «disfrazando» ante nuestros ojos como si se estuvieran integrando en la propia naturaleza del nuevo hábitat. Entran y salen, se visten y se desvisten, con parsimonia, incluso, sin forzar la situación; y se ajustan a una versión que reduce la cuestión a una hora y media, que es más que aceptable para los medios con los que se cuenta. Una de las grandes pegas, hay que comentarlo, es que los sobretítulos fallaran en más de una ocasión (apenas se distinguían). Lógicamente, hablamos de La tempestad, conocemos el texto, pero no así la adaptación. Por lo tanto, no queda más que felicitar a la compañía Push Your Art. Estos griegos tienen mucho que decir.

The Tempest

Autor: William Shakespeare

Traducción: Nikos Chatzopoulos

Dirección: Kiki Strataki

Reparto: Giannis Mavropuoulos, Rhiannon Morgan, Thomai Ouzouni, Sofia Sakellariou y Petros Fragopuoulos

Ayudante de dirección: Konstantinos Gaitatzis

Música original: Theodoros Alvanos

Escenografía y vestuario: Petros Fragopoulos y Miltos Digas

Coreografía: Rhiannon Morgan

Diseño de iluminación: Polivios Serdaris

Fotografía: Ioanna Tokmakidou

Producción: Push Your Art Company

Nave 73 (Madrid)

Hasta el 28 de julio de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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