La fiesta

Comedia agridulce sobre la decadencia de un matrimonio, cercado por la miseria y el aburrimiento

La fiesta - FotoA veces ocurre que todo el pescado está vendido a los quince minutos, que uno apenas espera la tragedia, ni la sorpresa; entonces, el foco, si el espectador no quiere caer en el tedio, apunta hacia otros aspectos, como el montaje, el movimiento de los actores y su actuación, o esos detalles casi inapreciables que un buen director sabe introducir para mejorar un texto que, como pasa en este caso, se agota en sí mismo. Igual podría durar tres horas, la vida entera o veinte minutos. Como esas pobres gentes del neorrealismo italiano o español que recordamos, por ejemplo, de Rocco y sus hermanos o de Surcos, donde las madres y los hijos, las madres y los maridos, sucumben al ritmo de un lenguaje repetitivo y moral, a unas costumbres dominadas por el machismo imperante, a una pescadilla que se muerde la cola cuando la miseria y el hambre marcan el día a día. La fiesta (1999), del dramaturgo italiano Spiro Scimone, expone la lucha dialéctica y vital de tres individuos atrapados por un devenir incierto. En el vigésimo aniversario del feliz enlace, la cotidianidad agujerea cualquier solidez amorosa; pero de la que pretenden desasirse mediante pizcas de humor, tragos de vino y empujes de rutina implacable. Marta Betriu, en el papel de madre-esposa, es una mujer contradictoria, joven aún, con cierto espíritu esperanzador; pero, a la vez, abnegada, agobiantemente terca en las instrucciones (tanto como los hombres). La actriz realiza un balanceo esplendoroso de contención y de vivacidad. Enfrente, se las tiene que ver con Carles Moreu, quien se encarga de representar al padre y al hijo. Su desdoble resulta de lo más atrayente de la obra, máxime cuando la diferencia debe estribar en el matiz, al fin y al cabo, la astilla procede de ese palo. Los tópicos del macho mandón y déspota, bruto y desconsiderado, marcan cada una de las escenas. Los actores se mueven a través de la constante repetición. Las directrices más prosaicas de la vida hogareña entran en un bucle pernicioso donde amo y esclava se mueven al compás de un transcurrir absurdo.

Debemos valorar altamente el montaje. Las decisiones que ha tomado el equipo son un acierto. Desde el minúsculo escenario central en el que una cocina ridícula y una mesa deben ser suficientes para que los personajes convivan en una incómoda comunión (los movimientos que ha marcado María Martínez son fundamentales para que no se descabale la función), hasta la iluminación, con esas bombillas como constelaciones tutelares de una verbena triste, pasando, paradójicamente, por la ampliación del espacio hasta meter al público más dentro de lo previsible.

Es una obra mucho más profunda de lo que parece, eso es evidente; pero, tampoco creo que nos lleve más allá del sentido costumbrista y circunstancial. Al fin y al cabo, lo que vemos resulta, aunque lejano, reconocible culturalmente, y eso nos puede dejar un poco fríos. Desde luego, lo que no nos deja fríos es la puesta en marcha de Jorge Muñoz en la dirección, de su elenco y de todo su equipo. Han sabido exprimir el ritmo de la cotidianidad para ofrecernos una panorámica agridulce de una familia cualquiera.

La fiesta

Autor: Spiro Scimone

Versión: Álvaro Vicente

Dirección: Jorge Muñoz

Reparto: Marta Betriu, Jorge Basanta / Carles Moreu

Vestuario: Ana Rodrigo

Escenografía: Jorge Muñoz

Iluminación: Luz E.T.

Fotografía: Jorge Muñoz

Movimiento: María Martínez

Cineteca-Naves del Español – Matadero (Madrid)

Hasta el 24 de abril de 2016

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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