La artista Cris Blanco indaga en los vericuetos de la mentira y de la memoria para crear un artefacto repleto de atractivo
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Es probable que Cris Blanco tenga oculto un jergón en algún entresijo del CDN. Lleva unos años enlazando proyectos y este de ahora ha sido toda una sorpresa repleta de originalidad y desenfreno. Inevitablemente la podemos valorar en sucesión con su anterior trabajo, Pequeño cúmulo de abismos. Ella se suma a una tradición del surrealismo y del absurdo que en España en diferentes épocas ha marchado excelentemente. En los últimos tiempos contamos con Pablo Rosal con propuestas que aquí reverberan como El profesor no ha venido o Castroponce, donde la conferencia es la horma empleada. Sigue leyendo →
Sergio Peris-Mencheta adapta en su nuevo proyecto la obra de Nick Payne, una dramedia que emplea los parámetros de la física cuántica
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Reconozco que la primera vez que observé Constelaciones, de Nick Payne, allá por 2014, cuando la protagonizaron Inma Cuevas y Fran Calvo en la Kubik Fabrik, quedé sorprendido. Sin embargo, las intervenciones inasibles de la cuántica que me deben haber transformado, me dejan estupefacto ante la insignificancia argumental de este juego teatral. Cabe señalar, nuevamente, que la factura del espectáculo está perfilada al milímetro y que la dirección de Sergio Peris-Mencheta resulta inapelable en la concreción de cada microescena, donde los intérpretes están muy afinados. Creo que la profesionalidad de este artista es extraordinaria en ese sentido. Pero me cuesta mucho verme constreñido por las falacias que se cuelan en el asunto ─me habré caído del caballo─. Porque subsumir toda una propuesta los azares de una supuesta influencia de la física cuántica nos deja con procedimientos auténticamente agotadores. Tengamos en cuenta las veces que nos vamos a negro. Si nuestra realidad pudiera cambiar a cada instante, y quien dice «cada instante», puede ser el lapso que nos apetezca (un segundo, un día, una semana); si, por otra parte, no depende tanto de nosotros, pues se ejecutan las acciones con un soberano determinismo, cualquier posibilidad es factible y, a la vez, no. Es decir, qué más da cómo se proceda, si todo puede mutar. Qué importa cómo termine la fábula, si una tragedia se puede trastocar en una comedia. O sea, esto ya no es la anagnórisis bizantina, sino la pura magia que nos ofrece el final deseado.
Pongámonos en el estreno, en ese día concreto del 6 de febrero. En esa ocasión, el maestro de ceremonias es Litus Ruiz, un tipo que se maneja con gran soltura en estas lides y que luego dirigirá al grupo musical. Él nos propondrá un juego. Cada función, de los seis integrantes del elenco (ellos mismos son los músicos. Magníficos), por azar (un espectador prestará su mano inocente), se elegirá a dos. Más adelante, también, se procederá de igual manera en la selección del contexto en el que nuestra pareja se conocerá, lo que implicará, además, un estilo musical y unas cuantas canciones que se irán repitiendo. Así que concentrémonos en Jordi Coll, un formidable intérprete, versátil, de fenomenal vocalización y que canta con elocuencia, que se encuentra con María Pascual, a quien hemos disfrutado por su eficiencia y su apostura dentro de la escena en algunos de los montajes del propio artífice como Castelvines y Monteses, Ladies Football Club o Blaubeeren. Ella expele encanto y medida timidez. Aunque realmente poco importan tampoco sus caracteres, pues se moldean al gusto cuántico. Un «no» pasa a un «sí», y una concepción moral se tergiversa para transformarse en un consentimiento sexual, por ejemplo. No sé qué opinarán los físicos teóricos de tanta fluidez para una materia (o no materia) en estudio. ¿O no hablamos de «materia»?
Concentrados en una plataforma giratoria, en una disposición a tres bandas en el Teatro Valle-Inclán, tal y como el director pergeñó para La cocina, nuestros enamorados repetirán microacciones con microvariaciones hasta la extenuación del público. Se estira un argumento endeble en demasía, que duraría apenas media hora si no se viera interrumpido por este mecanismo. No obstante, el punto no está en la duración, sino en el contenido. Los personajes son planos. Él es un apicultor y se afana en vender esa miel. ¿Algún conflicto relevante por ese lado? No. Ella es, claro, física cuántica y se dedica a investigar, y a publicar papers. ¿Algún conflicto relevante por este lado? No. Esa es el tema, que parece que el dramaturgo solamente necesita una excusa, cualquier trama, para propiciar sus constantes saltos temporales. Se conocen, se suceden los «tiros de dados» hasta que prende la llama del amor. Luego, salen (más «dados»). Después tendrán sexo (más «dados» todavía). Cuernos. Enfermedad terminal. Y todos los etcéteras que se quieran insertar por el medio y por el desenlace. Constelaciones es una obra in-humana, que ignora la conciencia, la memoria y los aspectos sutiles que se insertan en nuestras vivencias hasta la intimidad. La pervivencia material se diluye, porque estamos sometidos al caos cuántico. El observador lo cambia todo permanentemente, o eso nos dicen. Aquí la idea se manipula de forma torticera.
El concepto se ha explorado ─mutatis mutandis─ en distintas ocasiones en los últimos años. El cine lo ha hecho con gran éxito como en la Todo a la vez en todas partes (2022) o con Código fuente (2011) o con Al filo del mañana, con Tom Cruise, donde todavía se plantea una tesis peculiar sobre la conservación de algún aprendizaje. Tampoco el teatro se ha quedado atrás con If (La ligereza), de Pedro Casas, con Los universos paralelos, de David Lindsay-Abaire o, en tono de comedieta, Goteras, de Marc G. de la Varga. Diferentes modos de emplear la premisa. La cuestión más gravosa en Constelaciones es que discurre, además, por una estética cursi. No hay más que ver los globitos cayendo desde el techo o el tono con el que propenden al inicio los protagonistas. Pienso en adolescentes fanáticos de las novelas del género romantasy. Quedarían encantados. Pero también cavilo sobre algunas especulaciones de los físicos imaginan multiversos como otros lo hacen con los paraísos celestiales. Puro autoengaño.
Oriol Pla sobredimensiona el lenguaje del clown para desarrollar una sátira sobre nuestras formas de consumo
Foto de Clàudia Serrahima
Tan buenas sensaciones ha creado Oriol Pla tras presentarnos en Madrid Travy y de que lograra un éxito supremo con la serie Yo, adicto que, quizás, los espectadores vayan a negar una obviedad: este espectáculo no está, ni mucho menos, pulido. Claramente, la última hora de performance rebasa la sobredimensión. Produce un alboroto tremendo y propicia el arrebato. Pero antes hemos tenido un prólogo demasiado extenso y, después, una pérdida de ritmo flagrante, con un proceso larguísimo, inconsecuente y aburrido hasta que llegamos a los dos sketches más sobresalientes. Sigue leyendo →
Raquel Alarcón dirige en el Teatro Valle-Inclán la adaptación sobre la novela de Josefina Aldecoa
Foto de Geraldine Leloutre
En el 2023 Paula Llorens había protagonizado y adaptado la novela de Josefina Aldecoa. Aquella fue una propuesta sin fuste. Esta que dirige Raquel Alarcón en el CDN posee una producción potente, que favorece el adentramiento en lo que quiso narrar la autora. Podría empezar reconociendo que la obra de la pedagoga no me parece que literariamente esté certeramente elaborada. Es demasiado sintética en sus tres partes fundamentales, pasa de refilón sobre ciertas coyunturas históricas, los personajes secundarios apenas están esbozados y hasta de la protagonista se podría afirmar que le falta hondura, que queda opacada por su papel de narradora. Sigue leyendo →
Los Bárbaros y los Nuevos Dramáticos han creado un montaje desbaratado sobre un futuro ecosocial en el Teatro Valle-Inclán
Foto de Geraldine Leloutre
De acuerdo, no es fácil. De hecho, es de lo más complicado que se puede formalizar dentro de un escenario. Adiestrar animales es más sencillo que poner a unos niños y a unas niñas de entre 8 y 11 años a funcionar dramáticamente. Pero, como hemos podido comprobar en este proyecto de los Nuevos Dramáticos del CDN ─me perdí Luna en Marte─, unas veces se atina y otras no se encuentra el tono. Así ocurrió negativamente con Play! y así pasó positivamente con Los columpios y con Ensimismada. Peor ha ido este ZUM. Crecerá un jardín. Esta vez los responsables han sido Los Bárbaros, de quien solo tengo el disgusto de haber contemplado Obra infinita. Sigue leyendo →
Las Huecas se plantan en el Centro Dramático Nacional para ejecutar una performance supuestamente antifascista
Foto de Geraldine Leloutre
Por aquello de que llevan el mismo título y parece que pudiera tener una influencia, me he leído el ensayo ─reeditado y ampliado en 2021─ de Andrés Barba. Interesante y clarificador de la cuestión del humor tan «limitado» en los últimos tiempos. Me ha servido, ante todo, para entender que Las Huecas llegan tardísimo, y eso que no sé exactamente a qué venían. Su espectáculo es ─no haré el chiste fácil─ de los más insignificantes que hemos podido observar hasta el momento en nuestra contemporaneidad. Chicas con pretensiones políticas que osan atacar a la ultraderecha europea con un artefacto inane, que no alcanza a ser ni rasguño dadaísta, ni soflama punk. Sigue leyendo →
Repaso a los espectáculos más sobresalientes de este curso que acaba de finalizar en la esfera teatral
Foto de Jean Louis Fernandez
Que la tendencia conservadora y buscadora de públicos más talluditos y fieles se va imponiendo en la mayoría de los teatros es ya una obviedad. De alguna manera, esta pulsión arrastra también a creadores que estarían dispuestos a arriesgarse más; sin embargo, ven que el propio ambiente lo ha hecho más complicado. Parece que ciertas líneas se van difuminando como, por ejemplo, esas ínfulas juveniles de otros años donde se nos esputaban consignas sobre su sacrosanta identidad; pero con tono victimista y ñoño. Sigue leyendo →
Roberto Martín Maiztegui aborda el proceso de madurez de un joven que aspira a convertirse en guionista
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Hace pocas semanas comentaba que el fragmento de Roberto Martín Maiztegui era el más interesante dentro de esa obra colectiva en la Cuarta Pared, Todo lo que veo me sobrevivirá, donde se hablaba del mundo mismo de la actuación a partir de un joven que quiere estudiar interpretación. Aquí, en alguna medida, se insiste en esa cuestión sobre el ámbito de la ficción audiovisual. Como madrileño nacido en 1986 parece que la impronta de alguien que ha marcado tanto la estética ficcional de estos últimos años como Pablo Remón ─a quien agradece su ayuda y con quien firmó el libreto de Sueños y visiones de Rodrigo Rato─ es persistente. Sigue leyendo →
Miguel del Arco trata el tema de la muerte a través de una comedia descabalada sobre un exitoso compositor en el Teatro Valle-Inclán
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Presenta actualmente el Centro Dramático Nacional dos propuestas que, en cierta medida, van en paralelo. Ambas tratan sobre la muerte y las dos están rebosantes de comicidad. Las apariciones se representa en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero y esta que nos comete en el Teatro Valle-Inclán. Observando aquella, evidencio en la comparación, que si Miguel del Arco hubiera apostado todas sus cartas a la astracanada todavía habríamos hallado una diversión consistente; pero no tengo claro, aún, qué ha pretendido. Manejo varias referencias para aproximarme al asunto. Si, por ejemplo, recuerdo la versión cinematográfica que Morir, la novela corta de Arthur Schnitzler (que marca la trama), que realizó Fernando Franco en 2017, descubro una inmensa pesadumbre. Y este, creo, que es el problema. Sigue leyendo →
Deja un comentario