Lo que son mujeres

La compañía Morboria entretiene y divierte con esta comedia de Rojas Zorrilla sobre las consabidas guerras de sexos

Foto de Antonio Martín

No han faltado en los últimos años adaptaciones sobre obras de Rojas Zorrilla como Abre el ojo o Entre bobos anda el juego (obviemos aquello de La cueva de Salamanca). Por su parte, la compañía Morboria ha estado enfrascada con montajes repletos de comicidad y extravagancia para acoger a los clásicos como Del teatro y otros males que acechan en los corrales. Planteamiento este que se cohesiona estupendamente con la propuesta que observamos en el Teatro de la Comedia.

Por lo tanto, parece muy razonable desembarcar en Lo que son mujeres para que su estilo transgreda lo imaginable para el público del siglo XVII y se nos ofrezcan los mohínes propicios a los espectadores actuales. Bien candente es el tema de buscar pareja. Varios programas de televisión se han ocupado y se ocupan de la cuestión y, además, las aplicaciones concretas afinan la puntería en ese concurso infinito de comparaciones y de selecciones entre caracteres, aspectos, estereotipos y perversiones ocultas. De esta manera, Serafina, a la que interpreta Virginia Sánchez con creíble apostura, se ve en el dilema del casamiento, porque requiere el trámite para hacerse con la herencia de su difunto padre. Conflicto peliagudo desde el que se enfrenta con repelencia. ¿Quién puede abordar a tal belleza, a ser tan exquisito, si los hombres son todos unos zafios? Muy distinta es su hermana, que se encuentra en tesitura parecida. Lo que ocurre es que Matea rema a favor y acepta con alegría los diferentes requerimientos matrimoniales. Luna Aguado se mueve con brío en la manifestación hiperactiva de su inquietud juvenil.

Por lo tanto, vamos a asistir al consabido enfrentamiento entre hombres y mujeres que otros dramaturgos exprimieron profusamente, desde Lope de Vega con El perro del hortelano, Molière con La escuela de las mujeres o Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces. Para la ocasión se presenta Fernando Aguado, uno de los mayores artífices de la función, para juguetear con su Gibaja, un alcahuete, un casamentero, dominador de todas las artes de la paradoja, de la provocación de los efectos contrarios, como un especialista en electromagnetismo amoroso. Con él, al inicio, disfrutamos de todo un tratado del asunto que, incluso, pondrá en práctica con Rafaela, la criada que Marina Andina perfila con gracia. Agilidad y elocuencia a raudales que le permiten a este listillo dirigir internamente el entuerto y establecer una mirada metateatral a la situación; y, además, declamar uno de los sonetos de su invención.

El paseíllo de los pretendientes se convierte en el punto esencial. Verdadera caricaturización masculina que aquí se potencia con el sello inequívoco de la agrupación. La caracterización de sus rostros y de sus peinados particulariza a cada uno de modo muy ingenioso ─aunque el vestuario remarque el parchís con esos cuatro colores tan habituales─. Narices enormes y otros adminículos hacen de esos especímenes a unos individuos verdaderamente ridículos. No obstante, cada uno muestra su estrategia a la hora de conquistar a las damas. El don Marcos de Ana Belén Serrano poseerá una penosa terquedad, que la actriz elabora con insistencia maravillosa. Luego, don Roque nos dejará a un fenomenal Raúl Hernández. Puro movimiento escénico, enérgico y chistoso, pues parece un niño travieso con ese pelucón. Mientras que don Pablo es acogido por Adolfo Pastor para darle un cariz más estrambótico con todos los latinajos que suelta en una especie de absurdo culteranismo. Finalmente, aparecerá el grandullón don Gonzalo, un tipo tozudo y con pocas habilidades amatorias que encarnará Vicente Aguado.

Bien distinta será la siguiente visita en la jornada segunda. Creo que ahí el espectáculo va perdiendo el ritmo y empieza a resultar un tanto repetitivo. Los guiños y las muecas se han evidenciado en todos los personajes y el enredo discurre por lo esperable. Nuevamente habrá que forzar los celos y las envidias, pues esos señores se arriman a la hermana menor para ver si la mayor rabia. En este sentido, el desenlace tendrá originalidad resolutoria. Antes de ello se mostrarán algunas aptitudes dancísticas y cantarinas de estos aspirantes ─con el buen hacer al piano de Miguel Barón─. Será el momento de que el montaje se recargue con algún exabrupto musical, ya que se va a dar cabida a estilos contemporáneos para que el respetable se divierta. Quizás sea un tanto chusco el desparrame en algunos instantes. Afortunadamente, las aguas vuelven a su cauce con algunas declamaciones, demostrándonos que el argumento se ha desinflado definitivamente.

La gente de Morboria, con la dirección precisa de Eva del Palacio, consigue que esta floja comedia alcance unas admirables cotas de entretenimiento y diversión, puesto que recargan con expresionismo y parodia esa guerra de sexos que recorre la historia.

Lo que son mujeres

Autor: Francisco de Rojas Zorrilla

Dirección y adaptación: Eva del Palacio

Reparto: Fernando Aguado, Luna Aguado, Vicente Aguado, Miguel Barón, Marina Andina, Paúl Hernández, Trajano del Palacio, Adolfo Pastor, Virginia Sánchez y Ana Belén Serrano

Diseño de escenografía: Eva del Palacio y Fernando Aguado 

Diseño de iluminación: Guillermo Erice

Música: Miguel Barón

Coreografía: Eva del Palacio

Diseño de vestuario: Eva del Palacio, Ana del Palacio y Fernando Aguado

Maquillaje y caracterización: Morboria

Ayudante de dirección escénica: Laura Gumucio

Ayudante de dirección: Ana del Palacio

Luz y sonido: Javier Botella

Realización de escenografía: Morboria y Trajano del Palacio

Realización de vestuario: Morboria y Mónica Flores

Gerencia: Javier Puyol

Attrezzo: Morboria

Producción: MORBORIA S.L.

Teatro de La Comedia (Madrid)

Hasta el 15 de febrero de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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Ambiente familiar (mínimo 2 noches)

Una dramedia sobre la turistificación de nuestras capitales a través de un fresco amable de nuestras costumbres

Foto de Esmeralda Martín

Hace unos años pocos años Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez adaptaron Navidad en casa de los Cupiello. Aquella obra de De Filippo era, a la postre, una derivación realista de aquella prosa barroca tan abigarrada que se dedicaba a expurgar y a enjuiciar los vicios sociales, y la eterna hipocresía con la que se procedía en el decadente siglo XVII. Experto en ello fue Quevedo y, también, por supuesto, Gracián. Ahora, en Ambiente familiar (mínimo 2 noches) el cuadro de costumbres se salpimenta con incursiones poco eficaces e inconsecuentes de diversos episodios trágicos de nuestra reciente historia. Véase, por ejemplo, el caso del aceite de colza o el desamparo de los saharauis una vez nos desentendimos de aquel territorio. Es una dramedia en la que cada uno de los elementos que componen el fresco queda a medias. Reitero, todo queda a medias o, ni siquiera esbozado. Y, cómo voy a intentar desentrañar en las próximas líneas, no resulta claro cuál es el objetivo de este estilo hoy en día. Si recurrimos a las referencias clásicas antes señaladas, desde luego, el sarcasmo y el insolente dilogismo están ausentes. La mordacidad ni se aproxima, y la crítica no es furibunda; sino timorata y suave. Sigue leyendo