Ángela Ibáñez dirige a dos actrices sordas en un atractivo espectáculo sobre la obra lorquiana en el Teatro María Guerrero

Reconozcamos que acudir otra vez a Bodas de sangre (en 2017 presentó arriba Pablo Messiez su versión y, también, como ahora, empleó el texto inicial de Comedia sin título) supone una reiteración, y que la sorpresa quedará constreñida. Por esto mismo, la dramaturgia de Iker Azkoitia (autor de la serie Romi) actúa como un revulsivo repleto de originalidad. Principalmente porque plantea la integración de las dos actrices sordas a través de todos esos lenguajes visuales que tanto van a favorecer su expresión. La dirección de Ángela Ibáñez es fundamental. Actriz sorda, como sabemos, que ha brindado su vigor y su energía en varios proyectos sobresalientes, como en Ricardo III o en aquel magnífico Tribus, comandado por Julián Fuentes Reta, que aquí ofrece su cobertura.
El encuadre tiene su lógica: dos muchachas se han quedado solas en su colegio concertado (van de uniforme), ya que el resto del grupo se ha marchado a ver un espectáculo que no contaba con ningún tipo de adaptación para ellas que tienen problemas de audición. Lo habitual. Me da la impresión de que el Centro Dramático Nacional es una institución que sí está cumpliendo con su cometido a la hora de ayudar a aquellas personas que requieren algún apoyo comunicativo. Y esta obra vuelve a ser un ejemplo de ello. Lo que vemos es una pura demostración de que su lingüística es muy válida artísticamente. Uno, en algunas ocasiones, se ve remitido a los orígenes del cine, y a esos gestos que tan bien aprovecharon cómicos como Chaplin o Keaton. Aquí ocurre igual.
Mari López y Emma Vallejo se nos presentan como dos chavalas inquietas, a las que les gustaría realizar su propia puesta en escena sobre algún drama de Lorca. Fantasean con ello hasta que llega un profesor a abroncarlas, mientras toma la determinación de que debe cuidarlas. Este es acogido por Josete Ordóñez, quien hace lo que puede con esas frasecillas que le han tocado antes de agarrar la guitarra. Verdaderamente, es un plus de esta representación toda la composición musical que corre a su cargo. Cómo empasta el flamenco con los movimientos de las actrices. Escuchamos poemas musicados del poeta granadino como «La Tarara». El artista es acompañado en la percusión (y luego con la guitarra), con notas de jazz, por Diego Illán, quien también contribuye al buen hacer general en la lectura de los signos traducidos, para que podamos entender qué se dicen estas chicas.
Sí que tiene primeramente mayor protagonismo Emma Vallejo, pues va hablando y traduciendo a su amiga. Será ella quien dé comienzo a esa función dentro de la propia función con esa presentación que anteriormente comentaba: «Señoras y señores: No voy a abrir el telón para alegrar al público con un juego de palabras». A partir de ahí, tenemos todo un engranaje teatral. Guiñoles, teatro de sombras, accesorios, vestuario alusivo para identificar a todos los personajes que van a incluir, ya sea un sombrero rojo para Leonardo o un pañuelo verde para el novio, más toda esa imperante gestualidad. Inicialmente, los pupitres nos descubrirán recortables que cobrarán vida para introducirnos en la historia.
Pienso que alguna escena se hace un tanto larga, quizás el prólogo merecería un recorte y, sobre todo, otro más preciso cuando la novia duda y duda mientras se viste. Por lo demás, ambas intérpretes se manejan con mucha sintonía en la recreación de esta tragedia. Después, Mari López va adquiriendo mucha más importancia e, incluso, es capaz de aportar ciertos tonos de humor cuando encarna a la criada. Que además bailen para conectar distintos momentos engrandece el dinamismo; porque uno de los inconvenientes que hallamos en esta dirección es el aprovechamiento del espacio. Ángela Ibáñez ha querido disponer de cualquier recoveco; pero las dichosas columnas de la Sala de la Princesa y su estrechez apiñan demasiado al elenco. La propuesta posee tantos elementos que cuesta apreciarlos todos como se debiera.
En cualquier caso, hasta las paredes, como grandes pizarras, nos descubren instrumentos y objetos, y sirven para reflejar dibujos lorquianos y frases que podamos leer para completar algunos mensajes que se nos escapan entre los signos. Por ello, nuestra atención queda más que satisfecha. Los cambios se suceden con prontitud y nos sorprenden. Por ejemplo, la muerte, esa mendiga que aparece de improviso, viene enmascarada y por tanto se renuncia a la expresividad del rostro para confiarnos a una pulsión más corporal.
En definitiva, han realizado un fenomenal trabajo, apabullante en los lenguajes que se imbrican y lleno de emotividad. Nos arrastran a través de un drama que todos conocemos; pero con unos procedimientos lúdicos que nos atraen fervientemente.
Basada en la obra de Federico García Lorca
Dramaturgia: Iker Azkoitia
Dirección: Ángela Ibáñez Castaño
Dirección asociada: Julián Fuentes Reta
Reparto: Mari López y Emma Vallejo
Música en directo: Diego Illán y Josete Ordóñez
Voz flamenca: Noemí Humanes
Escenografía: Laura Ordás y José Luis Raymond
Iluminación: Nuria Henríquez Navarro
Vestuario: Marta Muñoz Sigüenza
Composición y dirección musical: Josete Ordóñez
Vídeo: Berta Frigola Solé
Coreografía: Lucile Préat
Ayudante de dirección: Enrique Cervantes
Ayudante de escenografía y vestuario: Rosa Rocha
Asistencia en la animación y manipulación de objetos: Julieta y Putxa de Zero en conducta
Audiodescripción: Esmeralda Azkarate-Gaztelu (asesoría, guion, voz narradora) e Iker Azkoitia (guion, voz visual vernacular)
Equipo de interpretación de lengua de signos española SIGNAR (Elena Abadía Gil, Ana Díaz-Cardiel y Lidia Díaz-Cardiel)
Accesibilidad: Fundación ONCE y Plena Inclusión
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero
Realización de escenografía: Readest
Taller de confección: Carmen 17
Producción: Centro Dramático Nacional
Teatro María Guerrero (Madrid)
Hasta el 1 de marzo de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
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