Pasión (Farsa trágica)

Ester Bellver se pone al frente de esta crítica a los nuevos héroes de la sociedad de consumo firmada por el filósofo Agustín García Calvo

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La vida deviene paradoja cuando menos te lo esperas y en la misma tarde que asisto a Pasión (Farsa trágica). Iker Casillas, otrora héroe nacional, besuqueador patrio que sujetó en sus manos la copa dorada de campeones del mundo sufre un infarto. En escena, Enrique (recordemos su etimología germánica como ‘jefe de la patria’) aspira a conseguir el «gallo de oro», cuando ascienda la cucaña de la manera más rápida y elegante aprovechándose de sus técnicas animales. En él se focalizan las ilusiones simbólicas del pueblo. Él es el fetiche del orgullo de una sociedad. El deportista como nuevo Aquiles o Hércules, tótem de la fortaleza y el honor de una masa que carece de proyecto vital personal. El aire de farsa enseguida nos remite a lo valleinclanesco y al guiñol lorquiano. La esperpentización de los personajes-tipo, esas figuras bajo el foco expresionista y con el reflejo del público en un espejo deformador de rostros y de cuerpos. Cariz algo infantil. Y propulsión didáctica con cercanía rural, como cuadro viviente de marionetas. Da la impresión de que la cuestión y el argumento no permiten ocupar hora y media; y uno tiende a pensar en una posible pieza ―mucho más breve―, de un retablo. Podemos relacionar esta obra por su tratamiento y por una serie de elementos satíricos y humorísticos, con el trabajo que lleva realizando en los últimos años el Club Caníbal, fundamentalmente con Herederos del ocaso. Para cualquiera que conozca en cierta medida al ¿autor? (siempre un interrogante para él), sabrá que se mueve filosóficamente en la corriente ácrata del anarquismo, muy crítico con el Capital y con el dios Dinero. Sigue leyendo

Cuando deje de llover

Julián Fuentes dirige esta obra de Andrew Bovell que rezuma realismo mágico y enseñanzas familiares

deje_llover_escena_03bajaNo solo heredamos unos genes con una información muy precisa de nuestros ancestros, sino que además debemos cargar con la noción de raíz allá donde vayamos. El suelo, el cuadrilátero rodeado por las gradas de espectadores, configura un territorio humano determinado por el árbol genealógico y la peculiaridad de sus ramas: unas florecientes y alguna que otra putrefacta y pendiente de poda. Cuando deje de llover comienza con todos los personajes intentando escapar de la lluvia, pero la tromba es incesante y los paraguas chocan entre sí. En ellos se condensa el tiempo en un espacio indeterminado. Un aquí y un ahora, un aleph borgiano. Todos viven enlazados por las acciones directas de sus antepasados. Conocemos a dos familias, principalmente, en diferentes momentos de sus vidas. También los destinos de sus hijos. Desde 1959 a 2039. Huele a realismo mágico cuando un pescado cae de improviso del cielo (en el futuro apocalíptico y diluviante que se avecina la extrañeza estará en la propia existencia de los peces). Rezuma a Cien años de soledad mientras los York y los Law discurren acompañados de sus fantasmas. En un baile de analepsis y prolepsis, saltamos del futuro al pasado con paradas intermitentes en nuestra época. Los personajes se manifiestan en sus miedos y ambiciones con un lenguaje intencionadamente redundante y que pretende establecer una cohesión textual con cada una de las piezas. Es precisamente en el lenguaje donde vamos configurando la trama discontinua, donde vamos encajando cada una de las teselas. La ausencia, la memoria y la nostalgia se citan en los diálogos de cada fragmento. Desde Londres viaja Henry Law, interpretado por Pepe Ocio, hacia Australia para dejar atrás su oscura perversión. Años después, su hijo, Gabriel Law irá en su busca y allí se encontrará con Gabrielle York. Únicamente es el tronco en el que se engarzan las demás ramas de formas muy diversas. Sigue leyendo