Rafael Álvarez «El Brujo» toma como excusa el tema del actor y su importancia en los Siglos de Oro para insistir en sus búsquedas existenciales

Apenas hace un año estrenaba el Brujo su espectáculo Los dioses y Dios. Ahora, por fin se sube a las tablas del Teatro de la Comedia para profundizar en la síntesis que a él realmente le fascina. Es decir, el misterio de la vida, esa verdad inasible que intenta hallar en los místicos de todo tiempo y lugar, y que, en realidad, va acotando en el arte, en la belleza, en la experiencia estética. Él mismo, como actor, como ese bululú que recorre los caminos de España —así nos ilustra luego con todas las clásicas agrupaciones actorales que detalla Agustín de Rojas en El viaje entretenido— sería un médium de esa verdad a la que somos destinados a través de su interpretación, de su palabra revelada, de la fascinación que encontramos en lo imaginario, la confluencia de los mundos posibles entreverados por lo verosímil. Sigue leyendo
La recursividad se impone en la sucesión de sus últimos trabajos y unos se imbrican en otros. Hasta tal punto ocurre así, que sus admiradores se regocijan con la serie de chistes y de anécdotas que nunca faltan. Esto puede provocar cierta pesadez, cuando uno ya atesora una buena colección de obras como espectador y siente que el efecto sorpresa se diluye. Pero su oficio va de eso. Justamente, en Los dioses y Dios el argumento se torna más elusivo que nunca; pues, en realidad, nos quiere descubrir las técnicas interpretativas de la tradición a la que él se adscribe. Ya sabíamos de su fervor por Darío Fo; aunque ahora nos desgrana, a través de Plauto, cómo ciertos gestos, ciertas bromas y burlas fueron recogidas de individuos peculiares, callejeros y rufianescos, para introducirlos en las atelanas (pequeñas farsas del siglo II a. C.). 
