El sillón K. Cartas desde el olvido: Carmen Conde y Katherine Mansfield

Paula Paz intenta una suerte de espectáculo donde mezcla danza con epístolas intimistas para unir espiritualmente a estas dos poetas

Foto de Sergio Parra

Tiene Paula Paz un ímpetu historiográfico encomiable. Viene de rescatar a Susan Glaspell con Bernice, y en 2023, en este mismo escenario de La Abadía presentó Cartas vivas, enmarcado en un proyecto audiovisual superior, para «enfrentar» en diálogo amistoso a Carmen Laforet y Elena Fortún. Debe ser esta propuesta la que nos valga de paralelo para juzgar esta que nos compete. Desde luego, la vida de aquellas dos escritoras tenía mucho más recorrido y hasta fundamento. La primera ha sobrevivido en los planes de estudio con Nada (no hay más que ver, además, el éxito de su reciente adaptación teatral) y la segunda está revisitándose con obras como Celia en la revolución (también con su versión para teatro). Sigue leyendo

Natacha

La novela de Luisa Carnés es adaptada y dirigida por Laila Ripoll para llevarnos desde el obrerismo al folletín en el Teatro Español

Difícil tarea la que se ha impuesto Laila Ripoll con la adaptación de la primera novela de Luisa Carnés. Una autora que ha terminado opacada más por la época que le tocó vivir, los temas que plasmó y su condición socioeconómica, que por ser mujer. Publicada en 1930, queda por debajo en el nivel respecto de Tea Rooms, texto que también llevó a los escenarios la propia directora y con la que obtuvo un merecido éxito. Esta que nos compete carece de una pericia superior, adolece de madurez y revela ciertos fallos estructurales como algunos saltos temporales un tanto abruptos, o poco desarrollo con algunos personajes. Aspectos que yo creo son, en algún modo, solventados en la dramatización. Verdaderamente la materialización viva de los diálogos escritos supera a la novelista.

Ante todo, hay que destacar a Natalia Huarte, que es una actriz que luce enormemente en la compunción, en la brevedad y en el silencio, en el gesto doloroso. Porque la primera parte, la más deprimente, me resulta mucho más interesante: todo el trajín de esas chicas que, desde bien jovencitas (doce años en este caso), se metían en los talleres a coser y a hormar sombreros. Contamos con una familia empobrecida, con un padre encamado y bruto, enfermo de tanto beber, sometido por terrores que le sobrevienen, en el Madrid de los años veinte. Un joven escultor ha venido a hospedarse en una de las habitaciones libres. Jon Olivares encarna a Gabriel Vergara. Desde los minutos iniciales es el encargado de meternos en harina a través de una carta que le escribe a su novia, que lo espera en el pueblo. No me parece una buena forma de comenzar. El discurso se torna demasiado «literario» y el intérprete muestra una tontorrona ilusión que le resta empaque. Es un personaje poco modulado, apenas atrayente, cuando debería poseer otras ambiciones. Que no manifieste sus intereses artísticos, que no ansíe otras formas de existir, chochan en un futuro artista. No me acaba de convencer, no tiene un arco dramático potente y queda muy por debajo de esa Natacha que se convertirá en su amante.

Luego, Pepa Pedroche compone dos papeles muy contrarios; pero representados con gran sintonía y medida. Primero hace de madre, repleta de preocupación, puesto que no llegan a fin de mes y no le queda más remedio que empujar a su hija a que pida dinero prestado en la empresa. Y, después, se meterá en la piel de doña Librada, la tía, firme y adusta, que vive en la aldea, donde tendrá que ocuparse de su hermana y recibir a su sobrina, de muy mala gana, cuando aquella fallezca. Todo ello transcurrirá en el acto final, donde la obra se pone un tanto folletinesca y aumenta el ritmo de acontecimientos entre amoríos y desgracias. Antes de alcanzar un desenlace que alarga la función en demasía con ánimo de cerrar con algo de coherencia la trama, para, entonces, ya descabalada.

La referencia es una novela que, si tuviera el recorrido de los modelos rusos que parecen sondearse, tendría ochocientas páginas, no trecientas, y observaríamos una evolución estética y moral en su máxima protagonista y en otros individuos. Sin embargo, pasar de ser una obrera, sin mundo, con poca cultura, a desenvolverse por las boutiques parisienses requiere algún tipo de pigmalización. Tampoco resulta verosímil el carácter de don César, el empresario al que da cuerpo Fernando Soto. El actor casi no tiene oportunidad de bosquejar dos actitudes bastante maniqueas. Primero es un sobón algo torpe y, después, un «abuelito» que lleva a su «nieta» de compras y la agasaja con múltiples regalos. La relación se recrea en el tópico archiconocido de los matrimonios desiguales; aunque esto no es La regenta, por mucho que, nuevamente, nuestra Natalia sondee el tédium vitae propio de las burguesas. Demasiadas disonancias que tampoco se reflejan en el lenguaje, pues ambos parecen poseer un mismo nivel cultural.

Por otro lado, Isabel Ayúcar, quien ofrece una gran disposición como Salud, la criada del señor, debe hacerse cargo antes de Ezequiela, una pobre y enfermiza trabajadora de la fábrica. Pienso que el cambio de registro no es suficientemente apreciable y resultan muy similares, en rictus y en caracterización. Además, con ella no nos desplazamos al barrio de la Kabila, parte de la narración donde aún perviven esos retazos de denuncia social. Mientras que Andrea Real, tanto al encarnarse en Almudena, la compañera de la antiheroína, como de la ingenua Elenita, novia de Gabriel, destila encanto y agilidad.

Favorece, en cualquier caso, la ambientación la escenografía de Arturo Martín Burgos, quien ha situado varios muretes ennegrecidos que nos colocan, principalmente, en el hogar de la protagonista y que, después, delimitan otros espacios de una manera más simbólica, con la iluminación mortecina de Paco Ariza. Las videoescenas de Emilio Valenzuela se suman a la factura tan estimable de este espectáculo. Destaca el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas, sobre todo en las prendas que viste Huarte una vez se eleva de clase. La elegancia y la exquisitez son sobresalientes. Como intensa y oscura es la música de Mariano Marín una vez nos situamos en el pueblo, durante los escarceos amorosos de la noche.

Creo que el esfuerzo de Ripoll es importante; pero de una novela así es complicado aunar territorios tan disímiles, géneros tan dispares y poco elaborados.

Natacha

Adaptación y dirección: Laila Ripoll (a partir de la novela de Luisa Carnés)

Reparto: Natalia Huarte, Jon Olivares, Pepa Pedroche, Fernando Soto, Isabel Ayúcar y Andrea Real​​

Escenografía: Arturo Martín Burgos

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Iluminación: Paco Ariza

Espacio sonoro: Mariano Marín

Videoescena: Emilio Valenzuela

Caracterización: Paula Vegas

Ayudante de dirección: Héctor del Saz

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Ayudante de vestuario: Deborah Macías

Ayudante de iluminación: Carla Belvis

Residente de ayudantía de dirección: Inés Gasset

Asistente artístico: Paul Alcaide

Una producción del Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 30 de marzo de 2025

Calificación: ♦♦

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La gran ilusión

Lluís Pasqual regresa a Eduardo de Filippo con elenco argentino para propiciar un mero entretenimiento en los Teatros del Canal

Foto de Carlos Furman

Planteemos si era necesario el programa doble, es decir, insistir con el proyecto que en su momento Lluís Pasqual tituló A teatro con Eduardo. Ahora se nos «vende» como La gran ilusión, aunque el nombre solamente sea indicado para la extensa segunda parte y que es adaptación de la obra La gran magia del dramaturgo italiano. El primer cuadro procede de Señor y gentilhombre, que escribió en 1928. Y pienso que sobra, que no termina de engarzarse con lo que viene después, que es un ejercicio pirandelliano de metateatro que ya hemos visto copiado demasiadas veces en estas últimas décadas. Es un divertimento, donde unos cómicos ensayan su función de la tarde y evidencian que aún les queda mucho para tenerla lista. Así que el apuntador (un Paco Gorriz muy gracioso) tendrá que intervenir «demasiado» para llevar hasta la exasperación al director-protagonista. Poco más, porque no hay más camino que trazar. Sigue leyendo

Nunca he estado en Dublín

Mireia Gabilondo da ritmo a una comedia tremendamente comercial de Markos Goikolea en El Pavón

Foto de Javier Naval

Si en los últimos tiempos hemos podido disfrutar de algunas obras de carácter comercial con una cierta enjundia de fondo, estoy pensando, por ejemplo, en Una terapia integral y, recientemente, en El favor. También hay que reconocer que existen demasiados de estos productos decantados con totalitarismo por atiborrar el libreto de chistes y estupideces a cada segundo para atenazar al respetable. Valen, es sencillo percibirlo, para entretener; pero raramente dejarán algún poso, que es lo mínimo que se le puede exigir a una función teatral. Mireia Gabilondo (pluriempleada del año) se sitúa al frente de una propuesta que, curiosamente, tiene alguna concomitancia con su propia obra Sabes que las flores de plástico nunca han vivido, ¿verdad?, pues la protagonista, además, se «enmascara» en un trastorno sicológico (hasta el punto de que Aitziber Garmendia interpretó aquella y esta). Sigue leyendo

Historia de una escalera

Helena Pimenta devuelve este clásico de Buero Vallejo al Teatro Español en una propuesta de atmósfera genuina

Inmejorable. Precisa. Como debe ser. Helena Pimenta nos ha entregado una representación de Historia de una escalera, con la pátina lumínica y escenográfica que hoy se puede permitir el Teatro Español. Y no solo eso, la dirección de los actores resulta formidable. Modular los gritos, los movimientos para sean ajustados, y hasta lograr que la interpretación del niño sea profesional y sin complacencias (algo enormemente difícil). Es que no se puede poner ninguna penga a esta propuesta. Y eso que la versión de 2003 firmada por Pérez de la Fuente era ya toda una referencia. Volvemos, entonces, al Buero primerizo; aunque el autor ha tenido distintos reconocimientos en los últimos años con El sueño de la razón o El concierto de san Ovidio (si nos fijamos en los proyectos más completos). Sigue leyendo

A la fresca

El dramaturgo Pablo Rosal continúa su andadura sobre conceptos como la incomunicación y el cuestionamiento existencial

Foto de Paco Ureña

Pablo Rosal, insistiré una vez más, ha creado toda una estética, y una política, y una ética, diría, con sus planteamientos dramatúrgicos. Quizás, como ocurre en este caso, algunas de sus obras únicamente sirven como ejercicios, como ejemplos o teselas de un planteamiento superior que merece ser auscultado. Hablamos de una filosofía del asombro, del absurdo, de observar en las rendijas y en la sencillez de la vida. Sigue leyendo

Ya no queda nada de todo esto

Pieza de teatro-documento en el Teatro de La Abadía sobre los avatares del barrio de Tetuán en Madrid

Desde aquellas Historias de Usera, que luego se convirtieron en las versiones del Dramawalker promovidas por el CDN hasta lo que hoy nos acontece en La Abadía, los dramas documentales, repletos de costumbrismo, sirven para aseverar que el teatro sucumbe a la nostalgia interpuesta de un mundo que no ha existido. Que nosotros, nuestro cerebro, se queda con lo bueno, que obvia lo negativo, y que se esfuerza en justificar sus «pertenencias», sus «identidades», cuando, en realidad, es una defensa ciega de lo suyo, aunque sea putrefacto. Por qué no afirmar, sencillamente, que no te puedes marchar a otro sitio mejor, o que la incertidumbre sería insostenible. Hay barrios, como algunas personas cercanas, que pueden ser una verdadera mierda o, como se dice ahora, tóxicos. No se merecen nuestra lucha, ni nuestro esfuerzo y hay que dejarlos. Esto lo saben muy bien los que prosperan económicamente, que enseguida se largan; no obstante, siempre lleven un pin en la solapa con el pedigrí de barrio, con una frase que es encantadora: «Yo no olvido mis raíces». Sigue leyendo

Señora Einstein

Teatro Defondo recrea la desgraciada vida de Mileva Marić, la científica y primera esposa de Albert Einstein

Vivimos en una época de reconstrucción y desmontaje, de revisión y de ataque. Acciones que pueden ser nobles y que pueden traernos a la memoria tropelías que se hayan cometido contra las mujeres. Varias de ellas han caído en eso que se denomina efecto Matilda. Algo de esto puede haber en el caso que nos ocupa. Sigue leyendo

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Sara García Pereda nos entrega una retahíla de cuentos moralizantes sobre agravios a las mujeres en nuestra sociedad actual

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La batalla cultural esta que tanto nos atenaza por doquier tiene un inesperado episodio en la escena madrileña. En mismas fechas, las dos contendientes (dos mujeres que se llevan veinte años, quizás ahí esté la clave de todo) se baten en duelo. Paradójicamente, así es eso de la polarización, apenas unos cuantos espectadores se harán cargo de esta lid. Ocupémonos aquí de GRRRL, visiten ustedes, si les pica la curiosidad, El favor. Sigue leyendo