Hasta que la muerte nos separe

Emilio del Valle añade un episodio más al género de la ruptura de pareja para observarla con aire sociológico

Hasta que la muerte nos separe - Foto de Virginia Rota
Foto de Virginia Rota

La pareja. La pareja vuelve a romperse en escena. Al otro lado de la ciudad se la cargan en la Finlandia de Pascal Rambert y, en la Cuarta Pared, Emilio del Valle diserta, reflexiona, categoriza. Quizás demasiado teórica al principio entre los avatares tan exprimidos del metateatro; porque los intérpretes hacen de actor y de actriz, y su vida es una representación, como la de todos, pero la suya lo es por partida doble. Y es que Cristina Gallego y Jorge Muñoz introducen el tan sabido tema con el dinamismo y la alegría del amor primero, el enamoramiento, y omiten la bomba de relojería que, principalmente, es la niña. La niña no está; no obstante, la criatura ha propiciado cambios determinantes que contemplamos paulatinamente. Las palabras bonitas y el sexo en el sofá viendo un capítulo de Betty, la fea, ahora se han tornado desprecio y frigidez.

Pienso, claro, que esto tiene bastante de costumbrismo adaptado a nuestra época y que muchos espectadores se sentirán altamente reflejados. Estén en la etapa que estén o hayan tenido la experiencia que hayan tenido. Y que será inevitable que uno, aunque sea por propia autodefensa, tenderá a justificarlo a él o a ella según le convenga.

Buena idea, desde luego, es insertar en escena a Nacho Vera (Capitán Bazofia) porque suaviza el asunto con sus canciones naífs, de claro tono irónico. Puesto que, insisto, en el preámbulo, y más allá, se teoriza casi de manera sociológica sobre la pareja contemporánea, sobre el amor, sobre los constructos y otras disquisiciones que reducen la materia propiamente dicha de la desintegración. Eso sería lo menos atractivo, por cargante y demasiado determinador para el público; y, por el contrario, lo mejor sería el transcurrir del tiempo. La vida les pasa; pero nosotros únicamente vemos los mismos cuerpos cómo se van situando en el futuro, cómo adoptan actitudes y gestos de desidia, de tristeza, de pasotismo y hasta de aversión. Todo lo que antes se toleraba amorosamente ahora produce asco y recriminación. Ese otro adulto es quien coarta más mi libertad que cualquier otro ser del universo.

Otro de los fundamentos interesantes de lo que plantea Emilio del Valle es la concreción de dos mundos que se van configurando delante de nosotros y que cada vez se distancian más. Cristina ha perdido el deseo, prefiere quedarse en casa, ya no quiere salir por ahí, no quiere viajar, no quiere quedar con las amigas; su papel de madre es suficiente o, al menos, debe serlo ya que no halla otro motivo vital que trascienda esa faceta. Está agotada, después de hacerse cargo de las tareas del hogar, y sus manías se acrecientan. La actriz muestra su cansancio con insistencia y cuando se harta manifiesta su ira contra su marido. Su interpretación es totalmente creíble y conmovedora. De hecho, a ambos les damos su parte de razón; pero uno tiende a pensar que ella ha caído en el decaimiento y hasta en la depresión. Por eso, Jorge Muñoz, quien está un poco más dubitativo —aunque ejemplifica estupendamente esa característica tan estereotípica de la simplonería de algunos hombres—; parece ajustarse a soluciones expeditivas que no responden a las complejidades que se enredan en el cerebro femenino: quedar con los colegas, follar o ir al teatro. Y buscar fuera la satisfacción del deseo que no encuentra ya dentro.

Quizás algunos aspectos resultan un tanto inconcretos. Me refiero a la economía, a lo material. La observación es sicológica; pero no llegamos a ver con más claridad en qué consisten sus trabajos. Si ella ha abandonado su profesión. Si él sigue con sus proyectos dramatúrgicos y si estos permiten llegar con comodidad a fin de mes o si, además, implican algún tipo de motivación. Es decir, el factor del arte. ¿Él se siente realizado y ella ha perdido la ilusión? Reducir estas cuestiones, sobre todo la última, creo que lleva la obra hacia una cotidianidad algo manida de las parejas con hijos en la actualidad. Me refiero, si nos fijamos, en la película Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, a lo que implica la lucha de egos, las renuncias profesionales y los celos que marcan una diferencia respecto de lo que les ocurre a familias más corrientes. Después, algunas citas de Linn Ullmann (escritora y actriz) sobreimpresionadas al fondo en alguno de los actos nos llevan también a la biografía controvertida de su padre, Ingmar Bergman. No hay más que visionar su Secretos de un matrimonio, que ha estado representando Ricardo Darín en su versión teatral.

En cualquier caso, el vaivén que se produce en escena, el avance que se genera a través de los diálogos, la permanente recursividad, el situarse por encima de ellos mismos para reflexionarse resultan cautivadores y pertinentes. De esta manera, Hasta que la muerte nos separe se inserta con solidez en esa ristra de obras artísticas que meten el bisturí en la contraparte angustiosa del amor.

Hasta que la muerte nos separe

Autoría y dirección: Emilio del Valle

Asistente de dirección: Estefanía Ramírez

Interpretación: Cristina Gallego y Jorge Muñoz

Músico en escena: Nacho Vera (Capitán Bazofia)

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Diseño de escenografía y atrezzo: Florencia Nin

Diseño de vestuario: Ana Rodrigo

Creación audiovisual y diseño gráfico: Jorge Muñoz

Música original: Nacho Vera (Capitán Bazofia)

Fotografía: María Alperi

Producción ejecutiva: A Fuego Lento – Gestión y Creación

Surge Madrid 2022

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 29 de octubre de 2022

Calificación: ♦♦♦

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J’attendrai

El texto de José Ramón Fernández logra compactar la emoción y la memoria en un montaje sobre el largo horror de Mauthausen

Foto de Laura Ortega

En los últimos tiempos, parece que se va recuperando la memoria de aquella terrible experiencia que sufrieron muchos de nuestros compatriotas en el campo de concentración de Mauthausen (murieron allí cinco mil). Así lo estamos comprobando con otras de teatro como El triángulo azul o el proyecto que dirigió Pilar G. Almansa sobre el abuelo de la actriz Inma González; o con películas recientes como El fotógrafo de Mauthausen o documentales como Los últimos españoles de Mauthausen. A todas estas obras se suma el montaje que dirige con tanto tino y dinamismo Emilio del Valle sobre el texto de José Ramón Fernández. Un juego metaliterario y autoficcional repleto de recursividades, al ritmo de la chanson, en un ambiente de ilusión fantasmalmente romántica, y acerbo recuerdo lúgubre y desgarrador. Es un espectáculo que está muy bien llevado de la mano por el personaje que hace de Yo, del autor (tan poco fiable, como sugerente en su disposición literaria); porque nos traslada sus cuitas en el acompasamiento de los recuerdos. Jorge Muñoz, como trasunto del dramaturgo, se expresa con honda emoción, atormentándose por esa impotencia que siente al no ser capaz de trasladar el relato que quiere confesar. Nos arrastra en su work in progress, en su escritorio mental, donde aparecen libros de historia, biografías o cómics como el de Maus, o el disco donde está grabada la canción que da título a la función. Nos revela sus influencias, sus artificios para la ficción: «esta obra no está basada en una historia personal; sino en los libros que he leído desde que, hace veinte años, empecé a tomar apuntes para una historia que no soy capaz de escribir». Sigue leyendo