Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán

María Goiricelaya firma y dirige esta tragicomedia en el Teatro de La Abadía sobre las maneras de morir

Foto de Hodei Torres

El hecho es que hemos pasado de hablar de «una larga enfermedad» a tratar el tema del cáncer con gran apertura. Así que ahora mismo en la escena española, Constelaciones, La última noche con mi hermano y esta obra de María Goiricelaya abordan el estrago que este mal tan terrible implica. Bien es cierto que la autora nos entrega una propuesta repleta de comicidad. En este sentido, me parece que se introduce el humor de una manera un tanto forzada, abrupta, como sketches que se encajan de improviso. Así, a lo largo del recorrido somos sorprendidos por un Jesús redivivo en la cruz (devenido en Fito Cabrales) o, por otro lado, se recrea el célebre baile de Dirty Dancing. Esos contrastes excesivos terminan por restar importancia al itinerario existencial en el que nos vemos inmersos. Creo que la trama fundamental del texto posee suficientes virtudes, con sus pequeños guiños graciosos salpimentando algunos cuadros, como para que no sea necesario recurrir a esas bufonadas. Por no señalar cómo se pone la protagonista en el desenlace con su desaforada lubricidad con un lenguaje grosero que degrada el tono general (entiendo que algunos opiáceos pueden contribuir a ello). Digamos que la directora manejó mejor la provocación en su adaptación de Festen en 2024.

Otro aspecto que me ha descuadrado es la factura visual de este espectáculo. Para provenir del Teatro Arriaga y recalar en La Abadía, me parece que podrían haber puesto más carne en el asador. Desconozco si el escenógrafo David Pascual ha contado con suficiente presupuesto o si ha considerado que los elementos que se emplean son sugerentes. El caso es que plantar dos grandes pantallas donde se van ofreciendo las imágenes grabadas sobre el elenco, en una conjugación de cine y de teatro, que deben ser movilizadas a mano, pues están situadas en dos estructuras con ruedas, es poco atractivo. Máxime si por el medio se coloca una máquina de caminar y una mesa que va y viene entre sillas.

Dicho esto, encontramos a una familia acudiendo a la consulta de una médica para que les confirme las peores noticias. El padre queda compungido y confundido, pues es conveniente hacerse a la idea de que las posibilidades de salir adelante son mínimas. Patxo Telleria, quien estuvo en este mismo teatro hace poco más de un año con El dilema del corcho, mantiene el pulso y la seriedad para propiciar nuestra empatía. Muy al contrario que su esposa, pues sus frases radicalmente evasivas sirven para hacernos reír y a ella, Loli Astoreka, para esquivar el dolor. Frente a ellos se sitúa su hija, una mujer muy vital, que nos deja a una Ane Pikaza apoderándose de la función. Con ella emprenderemos el Camino de Santiago. Le pone toda la fuerza a su interpretación y nos guía en la conexión con su propia intimidad y con todas esas gentes que se va encontrando según dialoga con su aita. Resulta interesante cómo se simultanean y se emulan las acciones que contemplamos en la proyección. De este modo, nos adentramos plenamente por esas trochas, cuando van alcanzando Burgos o León. En un albergue se encontrará con un joven pescador noruego, a cargo de Egoitz Sánchez con mucha energía y algo de esa ingenuidad verosímil que manifiesta cualquier extranjero en el choque cultural; aunque acaba por conectar excelentemente con nuestra viajera. Luego, por ahí pulularán otros «aventureros», como la señora quejosa y estrafalaria que interpreta con gracia Idoia Merodio; o Aitor Borobia, quien acogerá diferentes papeles, entre ellos, a una especie de vagabundo que vive de acá para allá entre posadas y pensiones con su guitarra. El actor se empleará a fondo en cada uno de sus roles.

Efectivamente lo que observamos corrobora los tópicos consabidos sobre la popular ruta. Pero también es verdad que de esa forma la protagonista, en los saltos temporales que hallamos, discurre sobre la eutanasia, sobre los cuidados paliativos y sobre las últimas voluntades, aquellas que reza el título, más una sorpresa que el espectador descubrirá en el epílogo. Todo ello entreverado de reflexiones sobre la vida y la muerte, que es lo que toca mientras se anda. Por eso el montaje te bandea entre la tragedia y el surrealismo. A veces todo te parece una broma; no obstante, al final el trasfondo resurge con gran potencia moral para estamparte contra la realidad.

 

Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán

Texto y dirección: María Goiricelaya

Reparto: Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio, Ane Pikaza, Egoitz Sánchez y Patxo Telleria

Escenografía: David Pascual

Iluminación: David Alcorta

Espacio sonoro: Ibon Aguirre

Vestuario: Daniel F. Carrasco

Visuales: Estudio Gheada

Coreografía: Alberto Ferrero

Ayudante de dirección: Eider Zaballa

Comunicación: NOIZ Lab

Producción ejecutiva: Ane Pikaza y Xabino Alkorta

Producción: La Dramática Errante

Con la colaboración de Teatro Arriaga

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 8 de marzo de 2026

Calificación: ⭐⭐

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