Gula

Oriol Pla sobredimensiona el lenguaje del clown para desarrollar una sátira sobre nuestras formas de consumo

Foto de Clàudia Serrahima

Tan buenas sensaciones ha creado Oriol Pla tras presentarnos en Madrid Travy y de que lograra un éxito supremo con la serie Yo, adicto que, quizás, los espectadores vayan a negar una obviedad: este espectáculo no está, ni mucho menos, pulido. Claramente, la última hora de performance rebasa la sobredimensión. Produce un alboroto tremendo y propicia el arrebato. Pero antes hemos tenido un prólogo demasiado extenso y, después, una pérdida de ritmo flagrante, con un proceso larguísimo, inconsecuente y aburrido hasta que llegamos a los dos sketches más sobresalientes. Una lástima, ciertamente, porque contamos con un artista afincado en nouveau clown, y bregado en las lides payasescas con su familia en Teatre Tot Terreny. Él va más allá e integra una cantidad de referentes que deambulan por el teatro gestual de Lecoq. Su irreverencia política no alcanza la figura de Leo Bassi; sin embargo, es capaz aquí de construir un discurso sagaz e irónico sobre la manera absurda que tenemos de vivir. De ahí el concepto y metáfora de gula que explorará hiperbólicamente. Posee, también, las esencias de la ingenuidad que apreciamos tanto en Pepe Viyuela.

Al principio se nos presenta como un ente minusvalorado, frente en rojo, ojos «entresacados» con el maquillaje, voz aflautada, columna vertebral empequeñecida. Ser de cómic que elabora su presentación con una diatriba de perdón, de humildad patética, de no querer ofender a un mundo tan dado a ofenderse. Pura preterición. Valdrá para calentar el ambiente en la demostración de sus habilidades. En el recorrido de sus cinco sentidos, en el control del cuerpo, en la manifestación de sus capacidades dancísticas y acrobáticas. Polígloto y sencillo. Y, cómo no, guiño a la farándula y a los anfitriones del CDN (todo un tópico en esta institución).

A partir de ahí, muy lentamente, entra en juego la máquina expendedora. Se establece un enfrentamiento naíf que le permite crecer como personaje. El diálogo imaginario será con un tal Jesús, con claras alusiones religiosas, que debemos tomar como un técnico, un encargado de dar cobertura a esos sarcófagos repletos comida basura. Signo inequívoco de nuestra sociedad de consumo, del aquí y del ahora. Que el deseado donut quede atrapado en uno de los ganchos y que no caiga supone uno de los tópicos del arte clown. Convertirse en un perdedor, sufrir las consecuencias de algún vehículo estropeado, quedarse con cara de tonto… El deseo no satisfecho y la consiguiente rabia del «niño» que se queda sin la golosina que observa. Si entremedias se incluye una fábula macabra sobre una niña, la tomaremos más como un descanso necesario para el intérprete; no obstante, parece un tanto innecesaria.

Luego, la caída sin fin del resto de productos favorece la esperada gula. Si está todo a nuestra disposición, por qué renunciar. Un Pantagruel frente esas bolsas repletas de azúcar y grasas saturadas para que Pla las engulla como un animalillo en un experimento de estupidez. Resulta desmesurado y gracioso, también asqueroso, por supuesto. Pero el actor mide los límites asumiendo gran riesgo. Cuántas veces podría estar a punto de atragantarse, por ejemplo. Que de ahí pase al extraordinario monólogo sobre nuestra propia estulticia al servicio del derroche, de nuestros nuevos hábitos de ridiculez autodisciplinaria (aunque paradójicamente parezcan destinados a salvaguardar nuestra salud), convierte el show en un desparrame magnífico. Se transformará en un híbrido de Groucho Marx (puro mediante) con gafitas oscuras y negras para dotarle de un aspecto sibilino y Jesús Quintero dispuesto a entrevistarnos. Ahí nos gana con su texto, pues incide con inteligencia en todas nuestras incongruencias. Por si fuera poco, emboca el desenlace con una portentosa entrega física para agotarse en esa rueda imparable del devenir.

Por otra parte, resulta curioso que Pau Matas sea adentrado en la sala en un carromato que igual vale para el western que para la romería andaluza al uso. Quizás se exprime poco ese elemento, como así ocurre con la escalera de arco, propia de parques infantiles, que luego se introduce. Su manejo de la guitarra española es fenomenal y marca un tono inmejorable para agarrar a la «fiera». Eso sí, en esos bises tras el epílogo, en ese «más y más» de número más o menos improvisados de prestidigitador vacilón para que nuestra propia gula no se ve refrenada, sus frases funcionarían mejor a través de sencillos gestos de conclusión.

Debemos celebrar, a la postre, que Oriol Pla sintetice con gran dominio de sus destrezas a toda una estela de clowns que han apostado por salirse del esquema circense, y ahondar en las dimensiones políticas y sociales. Reconocemos en él a gente como Jango Edwards y eso es en sí suficientemente provocador.

Gula

Creación y dirección: Pau Matas Nogué y Oriol Pla Solina

Reparto: Oriol Pla Solina

Música en directo: Pau Matas Nogué / Marc Sastre

Acompañamiento y producción artística: Clàudia Flores

Escenografía y vestuario: Sílvia Delagneau

Iluminación: Ana Rovira

Composición musical y espacio sonoro: Pau Matas Nogué

Sonido: Damien Bazin

Trabajo de movimiento: Guillermo Weickert

Trabajo de clown: Carolin Obin

Trabajo de voz: Mariona Castillo

Colaboración en la dramaturgia: Jordi Oriol

Asesoramiento musical: Marc Sastre

Asesoría en psicología para el desarrollo dramatúrgico: Berta Clavera

Asesoramiento actoral: Martí Solé

Traducción del texto al castellano: Pablo Macho

Ayudante de dirección: Gina Aspa Miralta

Regiduría y ayudante de producción: Duna Homedes / Virginia Rodríguez

Ayudante de escenografía y vestuario: Oriol Corral

Confección de vestuario: Javier Navas y Oleg Pankin

Creación de prótesis: May Effects (María Marrugat, Pablo Perona y Lucía Solana)

Jefe técnico: Àngel Puertas

Coordinación técnica: AP7 Projectes Tècnics

Técnicas de luces: Núria Solina y María Vaillo

Técnico de sonido: Martí Múrcia

Maquinista: Enric Potrony

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Fotografía: Clàudia Serrahima

Tráiler: Asimètric Films

Producción ejecutiva: Beatrice Binotti (Madrid), Andrea Cuevas Garrido y Clàudia Flores

Programadores: Ventura López Kalász, Jordi Salvadó

Producción: Temporada Alta y Teatre Nacional de Catalunya, con la colaboración del Teatre Sagarra de Santa Coloma de Gramenet

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 15 de febrero de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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