Una forma de vida

Juan Ceacero e Isabelle Stoffel adaptan la novela de la escritora belga Amélie Nothomb en el Teatro de La Abadía

Foto de Carla Maro

Justo ahora en librerías se encuentra como novedad el libro Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida, de Christopher E. Forth. Viene a colación para dar otra posible interpretación a esta función teatral. Aunque sospecho que muchos espectadores recordarán La ballena, la película de Darren Aronofsky, que protagonizó Brendan Fraser. La cuestión es que la breve narración de Amélie Nothomb me parece bastante inconsistente en los diferentes aspectos que parece poner en liza. En su empeño prolífico de escribir una novela al año dispone algunos artefactos con insuficiente desarrollo. La estructura epistolar apenas sirve para que la misma escritura elucubre sobre su profesión, sobre su fama y sobre esos lectores que le envían cartas de lo más variopinto (quizás ahí sí que habría toda una veta que explorar). Lo biográfico y lo autoficcional puede que motiven más a sus acólitos; pero la perspectiva no se inmiscuye en temas atrayentes. Por lo tanto, un tal Melvine Mapple, soldado estadounidense destinado a Bagdad en uno de los últimos contingentes antes de la llegada Obama, se convierte en un estrafalario y misterioso interlocutor que le vale a la autora para discurrir levemente sobre su propia influencia.

Al menos, ambos artífices han cumplimentado un espectáculo que posee algunos momentos significativos, como el adentramiento de este particular obeso en su propia «expansión» a través esos intestinos gigantes acolchados en la configuración grasosa de su Sherezade. Así denomina a esa masa que reconoce como otro ente. Concepto que no se llega tampoco a potenciar, pues no se establece un trabajo de cuentos dentro de cuentos, más allá de las mentiras que desvelará con pelos y señales al final del relato. Mal asunto este para el desenlace. Por otra parte, Isabelle Stoffel le imprime una energía inimaginable en la propia novelista. Su cuerpo grácil y delgado contrasta con las proporciones de aquel «monstruo». El movimiento de la actriz, una vez su ansia por conocer personalmente al tipo se ve amplificada de una manera un tanto insensata, nos arrastra de algún modo favorable. Para ello, la música machacona y subyugante de Daniel Jumillas, con una electrónica seca y persistente, se escucha acuciante. También la iluminación de Rodrigo Ortega funciona con gran coherencia, pues exprime los escorzos para una propuesta que renuncia al naturalismo y que se sostiene en la expresión un tanto paradójica. Es en el fondo una incursión sobre el absurdo en varias facetas, ya sea la propia guerra, aquella que buscaba armas de destrucción masiva inexistentes, la sociedad americana, que tiene una población con sobrepeso y con obesidad en un porcentaje insolente, el propio pasmo de lo que algunas personas son capaces de revelar a una desconocida en sus epístolas y, claro, esos cien kilos más adquiridos con pujanza. Estos elementos se sondean; pero me cuesta creer que el texto haya sido bien valorado. Me temo que la han juzgado a través del aura que ha logrado la firmante. No obstante, hay que reconocer una sutil ironía y una forma de humor cargada de estupefacción.

Afortunadamente, el planteamiento teatral supera la insuficiencia de la novela y nos traslada a un montaje especiado con onirismo y llevado con un ritmo que únicamente cae en el epílogo. De hecho, se le infunde potencia en los primeros embates. No hay más que ver a Juan Ceacero arrancándose por Rage Againts de Machine para presentar a su personaje, cuando aún sus carnes estaban en su sitio. De alguna manera, que nos situemos en el paso previo a la explosión definitiva de las redes sociales y de esa invasión de internet por todos los vericuetos del planeta, transforma la puesta en escena en una rareza, donde los tiempos se dilatan entre el envío y la recepción de las misivas.

Uno se queda con las ganas de adentrarse en la cultura de aquel tipo. Si resulta que había caído en el infierno de convertirse en un vagabundo, en un apestado. Quedarnos con el esbozo prototípico de hombre pegado a un ordenador, del friki de la programación, del feo incel que carga con varias capas de reclusión, del acogotado por su familia sin que afloren sus sentimientos, sin que se vislumbre una esperanza o una categórica aniquilación produce una insatisfacción. Cuando la historia podría comenzar, termina. Cuando la curiosidad de Nothomb se aproxima a una situación inquietante, entonces se zanja el asunto.

Una forma de vida

Creación, dramaturgia e interpretación: Juan Ceacero e Isabelle Stoffel

Dirección: Juan Ceacero

Texto original: Amélie Nothomb

Traducción: Sergi Pàmies

Diseño plástico: Paola de Diego

Iluminación: Rodrigo Ortega

Espacio sonoro: Daniel Jumillas

Ayudante de dirección: Camino López

Ayudante de diseño plástico: Eva Triguero

Coordinadora técnica: Leyre Escalera

Comunicación y vídeo: Inés Sánchez

Fotografías: Carla Maró

Cartelería y diseño gráfico: Edorta Subijana

Prensa: María Díaz

Dirección de producción: Elena Martínez ElenArtesescénicas

Producción: La_Compañía exlímite, Recycled Illusions y Arteico

Con la colaboración de exlímite, espacio de investigación, creación y colaboración teatral

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 25 de enero de 2026

Calificación: ⭐⭐

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