Roland mon amour

Cris Balboa ocupa la Sala de la Princesa en el Teatro María Guerrero para organizar una performance autoficcional junto a su sintetizador

Foto de Bárbara Sánchez Palomero

Como bien nos tienen acostumbrados en el Centro Dramático Nacional sus máximos responsables, ya tenemos aquí la insignificancia de la temporada. Propuesta surgida dentro del programa de residencias de esta insigne institución. Por lo tanto, aquí tenemos un proyecto previsto y evaluado, al que se le ha concedido el honor de incluirlo en la programación para que ocupe la Sala de la Princesa durante un mes. Ahí es nada. Habrá que culpar del estropicio, entonces, a Fefa Noia, adjunta a la dirección, que parece tener sus favoritismos gallegos.

¿Y qué se nos presenta? Otra vez, lean bien, una autoficción de una actriz. Se lo repito: UNA AUTOFICCIÓN DE UNA ACTRIZ. ¿Nos contará algo original? Juzguen ustedes: «Esto que voy a hacer hoy es muy difícil, lo más difícil del mundo. Voy a hablar de mí y voy a tocar un instrumento. No tengo ni idea de música». «En mi vida lo único que he conseguido es ser guapa, a base de mucho esfuerzo». Este es el cariz.

Pareciera en el comienzo que se podrían abrir vericuetos existenciales de esos que tanto consternan al personal, aquello de las raíces. Los nacionalistas y los regionalistas conllevan la fe inoculada desde el nacimiento; pero, otros, por aquello de que son artistas y deben salir del terruño para enfrentarse con lo universal se devanean con las dudas: «Vivir como galegos es diametralmente opuesto a vivir como artistas galegas». Desde luego, me parece que es un tema esencial para desarrollar profundamente en una obra teatral. Aunque ya sabemos que ese distanciamiento irónico, que se regodea con gracia en lo superficial, es el santo y seña de estos dispositivos. Diré que en esa mención general a las artistas galegas, no se si se refiere solo a las mujeres o también a los hombres. Es lo que tiene generalizar en femenino, como tan de moda está entre les amigues modernes, sin revisar nada más de la gramática, mientras se pitufa la voz. Allá ellas. A ver hasta dónde llegan.

Uno enseguida entiende que está en un revival de la Movida. Y que esto no tiene absolutamente nada de punk, ni por discurso, ni por contexto, ni por templo acogedor. Si acaso posee aire de trovadora posmoderna, que esboza tímidos pasos de la muñeira, vestida con kimono ideado por Gloria Trenado, que pareciera un homenaje a las batas de boatiné del adalid Amancio («las artistas galegas compramos / en la cadena de Inditex, / pero solo en las segundas o terceras rebajas»), que un guiño glam a los diseños de Yamamoto que portaba Bowie. Coherentes deportivas-zuecos y maquillaje fluorescente. Porque esto es volver al techno-pop, al synth-pop de la década de los setenta y ochenta, cuando Aviador Dro y otros grupos del estilo eran lo más estrafalario del momento. Han pasado cincuenta años y esto que hace Cristina Balboa está muy traído por los pelos. Valdría, quizás, para un café-teatro de Compostela, donde las gentes podrían pasar el rato, a la vez que se hace del costumbrismo la consabida retranca. Aquí unos colgajos por doquier vienen a ser «intervención artística del espacio» y la firma Mauro Trastoy.

Por otra parte, el susodicho Roland, es decir, su sintetizador; pues hoy en día requeriría más sofisticación en las bases. Lo que escuchamos, sinceramente, no hace falta ni pedírselo al chat-GPT; ya que viene incorporado en las sintonías de cualquier móvil. Y, luego, las canciones ─sí, ya sé que algunos consideran cantante a Albert Pla─, pues son espontaneidades que se sueltan a vuela pluma.

Si, como afirmo, el espectáculo podría haber discurrido por esas diatribas genéticas, lo cierto es que incurre en una vacuidad supina, como describirnos su siesta con masturbación incluida. Luego, es verdad, recurrirá a Rosalía de Castro con uno de sus poemas (sueltos). Ínfula folk (tecno) como le han celebrado a su vecino Cuevas. Luego un poco de fiesta y un desahucio mientras los discursos se asimilan al desenfadado Rodrigo García, para no terminar de ejecutar una buena crítica al panorama nacional. Poca destrucción punkarra.

No sé muy bien en qué ha consistido la asesoría de Alberto Cortés. No digo más.

Puede que los espectadores que han dejado vacías la mitad de las filas hayan afinado sus prejuicios estos últimos años y hayan aprendido la lección. Así que hemos de suponerlos viendo Historia de una escalera por enésima vez, aunque ya no esté en cartel.

Roland mon amor

Texto, dirección y reparto: Cris Balboa

Dramaturgia: Cris Balboa y Alberto Cortés

Intervención artística en el espacio: Mauro Trastoy

Iluminación: Laura Iturralde

Vestuario: Gloria Trenado

Espacio sonoro: Cris Balboa

Sonido: Óscar Villegas

Ayudante dirección: Alberto Cortés

Ayudante de sonido: Fran Lefrenk

Diseño de cartel: Emilio Lorente

Tráiler y fotografía: Bárbara Sánchez Palomero

Producción: Centro Dramático Nacional, Cris Balboa y Centro Dramático Galego

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta 20 de abril de 2025

Calificación:

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