El off del Teatro Español elabora una mirada contemporánea sobre esta sátira de un solo acto acerca del sicoanálisis

En este espéculo sobre lo que ocurre en las salas principales del Teatro Español, arriba, en el Salón de los balcones – Andrea D’Odorico, se concita la mirada peculiar y de cierta experimentación (así ocurrió con La lámpara maravillosa, de Valle-Inclán). Si abajo se representa Bernice, aquí transcurre la primera obra de un único acto que Susan Glaspell escribió junto a su marido George Cram Cook (habría que tener un poco de respeto por este hombre y reseñarlo en algún lado) en 1914 y que fue representada al año siguiente de un modo informal con la recién creada compañía de los Provincetown Players.
Resulta complicado valorar en su justa medida este tipo de piezas tan breves, con una duración de apenas cuarenta minutos. El desarrollo es modesto y la profundización en los temas no permite demasiada concreción. No es un sketch, desde luego; pero es evidente que daría para más. Por otro lado, el espectador habitual quizás hubiera quedado más conforme con un programa doble, es decir, sumándole otra de las publicaciones de la autora, como, por ejemplo, Woman’s Honor.
La cuestión es que Josete Corral, responsable de la dirección y de la adaptación, nos traslada al presente. Algo que implica toda una serie de cambios en la perspectiva que se puede ofrecer sobre una sátira al psicoanálisis. Indudablemente, no es lo mismo discurrir sobre el Freud en los albores de la Gran Guerra, y a punto de que Jung se distanciara de él, que contemplar cómo la terapia psicoanalítica resiste en Argentina, en algunos estudios filosóficos y sociológicos, y fuera de la Siquiatría, que persiste en emplear el método científico. Todavía no hemos encontrado esa fantasía del inconsciente; aunque sí que se ha demostrado científicamente cómo inducir miedos, recuerdos supuestamente ocultados o traumas sobre hechos nunca acontecidos puede parecer nefasto. Si a Glaspell y a su esposo ya juzgaban irrisoria La interpretación de los sueños (1899), pues ciertamente habían comprendido ipso facto lo que era la seudociencia, ahora ya debería estar absolutamente descartada. No es el caso, pues las supercherías son hoy un modus vivendi de millones de ciudadanos en el mundo «avanzado».
La acción transcurrirá en un único espacio, un salón de un apartamento moderno perteneciente a Henrietta y a su pareja, Stephen, un arquitecto que sueña con las paredes se deshacen. De manera un tanto inconsecuente, las didascalias se leen al principio y en algún otro momento. Poco aporta, si el asunto no rompe metateatralmente. Por otra parte, pecado mortal es que se escuche «lívido» en lugar de «libido» en una obra que debe manejar adecuadamente los tecnicismos freudianos. Así que el interés se centra en comprobar cómo se satiriza el psicoanálisis y toda su lista de represiones escondidas en los recovecos de alguna circunvolución cerebral. Recordemos el durísimo enfrentamiento que transcurrió en Francia cuando Michel Onfray desmontó al padre de todo esto y cómo Élisabeth Roudinescu saltó a la palestra para defender el negocio. Por eso puede sernos sugerente observar esta propuesta con análisis contemporáneo sobre algo escrito hace más de un siglo.
Nos da tiempo a distinguir cómo se descabalan todas las presunciones oníricas que defiende con tanta entereza Henrietta, ferviente seguidora del sistema, y que Ana Ruth Resco interpreta con finura para descubrirse incoherente. Por doquier las pulsiones sexuales y todas las neuras adyacentes se manifiestan según los dictados de un tal doctor Russell. Ante ella, Luis Heras irá preparando sutilmente la réplica y la defensa; aunque esté a punto de acabar de patitas en la calle. Empleará para ello a su cuñada, Mabel, encarnada por Ede con una verosímil furia, que patentiza la ingenuidad de aquellos que están dispuestos a verse seducidos por una secta. Resultarán curiosas y risibles todas esas relaciones de ideas espurias, todas esas concomitancias de las palabras que nos acercan al absurdo y esas rocambolescas explicaciones de coincidencias que no llegan ni a ser tales. Sin embargo, el desenlace es tremendamente abrupto, casi inapreciable en su resolución y uno puede terminar desconcertado.
Que las obras del susodicho, de sus discípulos directos y hasta de Lacan se lancen por el suelo es un síntoma de inteligencia para una comedia que, evidentemente, podría desarrollarse en un proyecto de mayor envergadura.
Autora: Susan Glaspell
Versión y dirección: Josete Corral
Reparto: Ana Ruth Resco, Ede y Luis Heras
Escenografía e iluminación: Víctor Longás
Vestuario: Anna Bardopoulou y Beatriz López
Una producción de Vida Cantina
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 8 de diciembre de 2024
Calificación: ♦♦♦
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