El ruido de las redes se muestra con su habitual furia en este drama juvenil en el Teatro de La Abadía
Cuando contemplo representaciones con elenco joven y con discurso supuestamente epatante para un público bachiller, me pongo automáticamente en guardia. Los conozco demasiado como para que me la quieran colar. No importa que se presente en un lugar cultivado y estricto como La Abadía; porque se cae en los mismos clichés que llevamos soportando en la televisión toda la vida. La última fue la tropelía esa de HIT; antes había sido Física y Química. Parecen sacados de algún videoclip de Rosalía, con esa actitud de campaña de moda hortera, con la pose impertérrita. Los veinteañeros y los adolescentes, en general, son bastante normalitos. Y si, encima, tienen algo de conciencia social y han leído suficiente ─aunque sea para indignarse─, pues comprendan ustedes que no emplean el palabrerío reguetonero constantemente. Señalaría en teatro la naturalidad Future Lovers, de La tristura, y el documental Quién lo impide, de Jonás Trueba.
Conocemos rápidamente al grupo en una noche de fiesta en un piso de estudiantes, donde ya discuten sobre un caso de acoso sexual que se está dirimiendo en esos instantes en la sociedad. Nos sirve para que escuchemos las usuales proclamas del activismo feminista, con el juicio paralelo repleto de ignorancia legislativa. Después, continúan en una discoteca. La música será un elemento predominante para que nos adentremos en esa ambientación confusa. Caerá sobre nosotros, de manera inevitable, el prejuicio de la frivolidad. Comandado con su habitual desparpajo por Chelís Quinzá, el amigo íntimo de la protagonista, Abi, y ejemplo de la expresividad narcisista de la cultura selfie. Personaje que perderá poderío hasta convertirse en alguien timorato. El grupo bailará temazos puto trascendentes como el Quema, quema, de Arnau Vallvé, con una letra indeleble que dice: «Quema, quema / Papi, tú anda’ en fuego». Cerrado en estrambote becqueriano con: «Desde lejos ya tu mirada me está quemando». También, la otra gran amiga íntima, nos deja a una Laia Manzanares muy persuasiva y con unas grandes aptitudes para desarrollar al claro estereotipo de activista furibunda. La cuestión es que al día siguiente habrá una concentración para alzar el «Yo sí te creo, hermana» en una plaza. De forma terrible, un coche se abalanzará sobre los manifestantes para dejar inconsciente a otra de las amigas, Bruna, acogida por Clara Sans, quien antes del altercado había imprimido su propia potencia con sus reivindicaciones acuciantes. En esto que, Clara de Ramón, que se echa la función a la espalda con una verosímil ilusión naíf, hace de Abi. Está frenética por lo ocurrido y escribe una diatriba en su blog, que resulta exitoso y viral. Convengamos que parece inconcebible que una representación que anhela exponerse tanto desde el presente no haya adaptado este detalle de la obra original, pues hoy, como sabemos, los blogs han decaído. La viralidad es para vídeos de treinta segundos insertados en un reel. Además, habría sido mucho más coherente, ya que esta chica no solo redacta con elocuencia, sino que tiene verdaderas dotes orales. Hasta el punto de que se va a convertir en conferenciante y en toda una influencer que luchará por la justicia para todas las mujeres. Ella se verá apoyada inicialmente por su novio, un Martí Atance, que reduce con buen tino la locura en la que por momentos nos vemos inmersos.
Desde luego, lo más interesante es el juego estético y político que establece esa atmósfera de fiesta, de devaneo, de activismo un tanto infantil y la respuesta, con un engranaje igualmente inmaduro, de las redes. Los unos y los otros, en esa algarabía, en esa cacofonía, se manejan con los mismos parámetros escuetos, tan carentes de prudencia, de magnanimidad, de equidad o, incluso, de nobleza. Es decir, permea por el escenario un acto comunicativo, donde los fundamentos esenciales ─estoy pensando, por ejemplo, en la teoría de Jurgen Habermas─ son conculcados con tozudez. Cuando se descubre que nuestra heroína ha mentido ─la acusación una madre primeriza, encarnada con mucha convicción y suficiente sensatez por Mima Riera, quien aporta un contraste más certero─ sobre su participación en la concentración, toda su aura se viene abajo. Todos sus argumentos, que pueden ser absolutamente válidos desde el punto de vista de la lógica, se desmoronan; porque su ejecutora no es inmaculada. Es la estrategia acostumbrada del argumentum ad hominem, que vale para derribar a todos aquellos que no son puros en sus procederes y a los que no se les perdona una. Ahora, ¿quién configura ese tribunal de la inquisición? Por supuesto, nadie sabio, puesto que este comprende que el ser humano es frágil y que se puede equivocar.
El texto de Molly Taylor es bastante simple, porque cae en ese error tan común de ignorar la inclusión de adultos. Estos, aquí, son meros monigotes, unos periodistas que se caricaturizan de modo inconsecuente. Si hasta la protagonista es huérfana y se ve más o menos cuestionada o aconsejada por dos hermanas. Una de ellas, interpretada por Mariona Pagès, resulta inverosímil; pues se va a presentar a la Selectividad, pero sus razonamientos parecen propios de una muchacha de catorce años. O sea, el foco es muy reduccionista. El mundo se acaba en la red social de turno.
Anna Serrano Gatell dirige con mucho dinamismo para llenar el espacio casi vacío con la energía del elenco. No obstante, el asunto se larga con una reiterada recitación de tweets, de esos que insultan, que vilipendian, que degradan y que muestra que X es un pudridero donde la muchedumbre se degrada con cada emoticono. No hubiera estado mal, hubiera sido hasta deseable, que esa cacofonía hubiera sido visual. El ruido en lingüística se refiere a todos esos procesos que evitan una buena comunicación. Contemplar faltas de ortografía entre hashtags absurdos, improperios, groserías, gifs machacones y obscenos, memes imparables o viñetas asquerosas forzarían una agresividad como la que siente la joven gurú caída en desgracia. El grado de violencia resulta en muchas ocasiones incomprensible en personas concretas que, ni por asomo, se expresarían así a la cara. Es la gratuidad de la persecución que, como hemos observado, ha favorecido un estado de polaridad asentado, en gran medida, en un engaño colectivo, donde ya sabemos quiénes son los grandes beneficiados. Detrás de X, no se oculta un enigma.
Texto: Molly Taylor
Dirección: Anna Serrano Gatell
Ayudantía de dirección: Rita Molina
Reparto: Martí Atance, Laia Manzanares, Mariona Pagès, Chelís Quinzá, Clara de Ramon, Mima Riera y Clara Sans
Versión: Oriol Puig Grau y Anna Serrano Gatell
Traducción al castellano: Eva Mir
Escenografía: Judit Colomer Mascaró
Iluminación: Marc Salicrú
Vestuario: Chloe Campbell
Música y espacio sonoro: Arnau Vallvé
Movimiento: Ester Guntín
Producción: Sala Beckett
Colabora: British Council
Teatro de La Abadía (Madrid)
Hasta el 24 de noviembre de 2024
Calificación: ♦♦
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Un comentario en “Cacophony”