El ciclista utópico

Alberto de Casso firma esta comedia absurda y muy divertida protagonizada por Fran Perea y Fernando Soto

El ciclista utópico - FotoSería muy maniqueo afirmar que los dos personajes que se presentan en El ciclista utópico son los caracteres que fundamentalmente estructuran nuestra sociedad. El vendedor y el comprador, el comprometedor y el comprometido, el cuidador y el cuidado. Dependiendo de la posición que ocupemos, según las reglas de nuestra sociedad, seremos embaucados o abducidos o reconfortados. No faltan experimentos donde se demuestra cómo las neuronas espejo hacen de las suyas en cuanto establecemos contacto visual con un desconocido. La empatía y nuestras pulsiones sociales nos disponen hacia una civilidad enredante. Manuel, el maestro del pueblo donde va a transcurrir la acción, conduce por la carretera, el sol lo deslumbra y atropella a un ciclista. Bici escacharrada y alguna contusión para el pobre hombre. El percance, más aparatoso que otra cosa, es suficiente para que se cree una relación entre los dos individuos.Primeramente, Fran Perea adopta una tensa gestualidad, contrapunteada por unos apartes que intentan demostrar su superioridad intelectual y hasta moral; aunque enseguida comprobamos que él ya se siente en deuda. Es un docente algo pedante, poniéndose las gafas para pensar y quitándosela para esputar sus lógicas conclusiones. Resulta desde el inicio muy gracioso el engranaje lingüístico, no solo por lo que dicen los dos personajes, sino por cómo elaboran su discurso. A Manuel, por ejemplo, lo contemplamos reelaborando sus respuestas para hacerse entender por quien asume que es un paleto. Aunque, claro, Fernando Soto es el que se lleva el papel más lucido, caricaturizante y, sobre todo, desesperante. Un tío con morro, con los límites muy difusos, con un manejo de las normas de cortesía muy peculiar y con una extravagante imaginación que lo lleva a especular sobre no sé cuántas máquinas que aspira a construir para solucionarse el mundo. Este detalle de su utopismo, no debe pasarnos desapercibido; porque el perfil sicológico que debemos trazar de estos seres aparentemente antagónicos resulta muy pertinente. Acebal es un hombre bastante solitario que necesita compañía, amistades, amantes, gentes que lo escuchen y le hagan caso. Posee en su brutedad, con esa retahíla asfixiante y risible de refranes que intenta hilar rimándolos, un poso de ingenuidad y de inmadurez importante. Pero ante todo tiene un descaro insensato y, creemos, inocente. Y esto supone una energía irrefrenable, teniendo en cuenta que enfrente se ha topado con un maestro que debe guardar la compostura. En Manuel vemos a todos esos actores que en múltiples ocasiones han tenido que interpretar al panfilillo que da la mano y le cogen el pie, que no saben decir no y frenar el asunto: López Vázquez, Jack Lemmon, Ben Stiller, Steve Martin y otros tantos que se han tirado de los pelos en su impotencia. Porque el tal Acebal quiere quedar para ir en bici, y se quiere meter en la casa de su «amgio» para conocer a las hijas y a la mujer, y todo esto lo manifiesta intercalándolo con sus machistadas de salido patético; y que quiere quedar con las compañeras de Manuel, con las maestras o con la conserje, y que muere por que vayan los viernes y algún jueves a tomar copas al pub del pueblo, y que a todo sí. Ambos intérpretes hacen fluir las escenas, gracias a sus composiciones extraordinarias de sus caracteres y a la buena dirección de Yayo Cáceres. El humor que destila Alberto de Casso, muy detallado y puntilloso en los embates más notorios, nos recuerda también a diversos personajes de la exitosa serie La que se avecina, precisamente por su ahondamiento del absurdo entremezclado con lo soez; y, si afinamos más, en otra serie, esta mucho más sofisticada, titulada Vergüenza y protagonizada por Javier Gutiérrez, todavía entendemos, mutatis mutandis, qué supone situarse en un plano de realidad social o en otro, vivir en la inopia sobre ciertas costumbres y reglas (y en la inequívoca reacción sutil de los demás) o verse sometido por el callejón sin salida de las leyes de la hospitalidad. Tener buena educación, pasa, en muchas ocasiones, por aceptar comportamientos que, en realidad, producen angustia. De todo esto tenemos en El ciclista utópico. Y hasta aquí los méritos, que duran cuarenta y cinco minutos, y que valen un disfrute y un divertimento que justifica nuestra asistencia a la función. Pero la última media hora es casi un coitus interruptus, ya que se frena antes de llegar al acontecimiento o a la acometida que supere con creces lo aceptable. Ese punto no llega y nos hace pensar que Manuel, no es que haya sido paradójicamente vencido por la exquisitez de sus virtudes y de su civismo; sino por su estupidez, algo que no concuerda con lo que había demostrado anteriormente. Además, se procede con un exceso de narración, es decir, despreciando el lenguaje estrictamente dramático del diálogo, y que estaba funcionando de manera adecuada. Esto se ve muy claramente en el epílogo, cuando no se da como tal una representación, sino que se cuenta lo que ocurre. Una de dos, o el dramaturgo no ha encontrado unos procedimientos técnicos más apropiados, o el director, Yayo Cáceres, y la escenógrafa, Carolina González —quien ha ideado una especie de muro de metacrilato para dividir los aparentes dos mundos y que sirve de pizarra—, no han ingeniado algún procedimiento visualmente más efectivo, para cerrar esa resolución tan tajante (y que no puedo revelar). En cualquier caso, quedemos con esa primera parte larga repleta de diálogos que se disparan como una andanada de insensateces y que nos hacen sentir que, en más de una ocasión, nosotros podemos ser «víctimas pardillo» de algo parecido.

 

El ciclista utópico

Dramaturgia: Alberto de Casso

Dirección: Yayo Cáceres

Reparto: Fran Perea y Fernando Soto

Espacio escénico: Carolina González

Iluminación: Miguel Ángel Camacho

Vestuario: Tatiana de Sarabia

Música y espacio sonoro: Yayo Cáceres

Comunicación y distribución: Marea GlobalCOM

Producción: Feelgood teatro

Con la colaboración del Teatro Calderón de Valladolid, Emilia Yagüe producciones y la Comunidad de Madrid.

Teatro Galileo (Madrid)

Hasta el 2 mayo de 2021

Calificación: ♦♦♦

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