Lehman Trilogy

Una complaciente mirada sobre los famosos banqueros en un espectáculo musical dirigido por Sergio Peris-Mencheta

Foto de Sergio Parra

La crisis se ha terminado porque Grecia ha dejado atrás su rescate. La democracia resurge en su cuna y aquí no ha pasado nada. Esto parece que es lo que se nos quiere transmitir en la prensa de los últimos días. Por eso, el Lehman Trilogy de Peris-Mencheta me parece un show demasiado complaciente con la historia de unos banqueros que se inmiscuyeron en cada una de las grandes decisiones que tomó Estados Unidos durante el siglo XX. Y que, incluso, se pueden considerar los promotores de una forma de vida de la que todos somos deudores en la actualidad. En forma de musical, el cuentecillo se disfruta más y entra suave en nuestras conciencias, tan acostumbradas a esa esquizofrenia que nos sitúa en disposición de admirar a los tipos que nos van a esclavizar. Es el enajenamiento por la picaresca, por la astucia. Es envidia, al fin y al cabo, por el triunfo hacia los cielos del poder. Por eso, en gran medida, esta trilogía termina por reírse de nosotros; puesto que una obra de más de tres horas, que podría servirnos para comprobar las distorsiones no ya del propio sistema (si asumimos, entre otros aspectos, la acumulación originaria de capital y el subsiguiente amasamiento de pasta en manos de unos pocos); sino del uso torticero y criminal de sus principales adalides. Sigue leyendo

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El jurado

Un montaje, repleto de ritmo, muestra las disquisiciones morales de los ciudadanos que configuran un jurado popular

Foto de Luis Castilla
Foto de Luis Castilla

Acudir a una función como El jurado con prejuicios lógicos sobre este tipo de obras, ya se sabe ─aparición de todos los tópicos y prototipos de nuestra sociedad con un fin claramente aleccionador acerca del papel de la justicia─ y salir no ya solo satisfecho de su habilidad y agilidad, sino reconfortado con que, desde ciertas perspectivas, todo es aún peor. Acotando la obra dentro de un contexto que se circunscribe a lo judicial, al entramado que se conduce a través de dilemas (en apariencia), que se pretende realista y hasta racionalista, se exprime virtuosamente tanto en el propio texto como en la dramaturgia que ha dispuesto su director Andrés Lima. No es fácil escribir un caso que como tal no se expone ─al menos de forma concisa─ y, a la vez, trazar unos diálogos en los que se dibuja un recorrido donde cada sesgo cognitivo y cada pecado oculto de los nueve participantes en el jurado, es una quiebra por la que el interfecto (desde luego, no presente) pasa de presunto culpable a presunto inocente y a no se sabe qué más. Conseguir esto sin caer en lo demagógico es verdaderamente complicado, máxime cuando debes proponer un acto teatral que persuada al respetable, es decir, debe contener personajes que sean difusos en el estereotipo (sin estereotipos no se puede construir un thriller así). Por eso, Luis Felipe Blasco Vilches (de quien recordamos su obra política El encuentro) ha situado a unos tipos que si bien ocupan un lugar dentro de la variedad social de nuestra época, se manifiestan en una línea de cinismo que va desde la plena vastedad, hasta la torticera manipulación, pasando por la inocente ignorancia de quien repite lo que ha escuchado a alguien en otro lugar. Sigue leyendo

Fausto

Tomaz Pandur crea una escenografía prodigiosa para representar el clásico de Goethe en el Teatro Valle-Inclán

Foto de Aljoša Rebolj
Foto de Aljoša Rebolj

Fausto es una obra literaria compuesta por dos partes. La primera de ellas fue escrita en 1806 y la segunda en 1832. Mientras que la primera contiene un argumento comprensible (entreverado de todo tipo de alusiones filosóficas y diálogos metafísicos), la segunda es pura alegoría, un viaje en el tiempo en busca de Helena de Troya con múltiples personajes mitológicos. Fausto no está destinada, en principio, a la representación, sino a una lectura sosegada que requiere una amplia cultura, si se espera profundizar en los aspectos profundos que se trabajan en ella. Por lo tanto, presumiblemente, muy pocos espectadores van a entender menos de la mitad si antes no han hecho los deberes. Y ante esta situación, todas las alusiones al público entre complacientes e irónicas sobre las dificultades del libro que sueltan los actores, aparte de instrucciones sobre aquello que se está representando, sobran; puesto que rompen con la atmósfera dramática que se pretende crear, además de no tomar en consideración a unos asistentes que deben saber a lo que van. Sigue leyendo