Renacimiento

El nuevo proyecto de La tristura pretende recalcar el proceso de destrucción-construcción que conlleva la creación de un montaje

Si queremos juzgar esta propuesta con algo de ecuanimidad, será mejor que nos relajemos y apartemos de nosotros esas emociones de teatreroherido que regresa al templo; aunque sea con los atavíos protocolarios. Intentemos observar lo nuevo de La tristura sin el plomizo alivio del confinamiento. En primera instancia, contamos con dos elementos que debemos considerar bastante explotados por la dramaturgia contemporánea de las últimas décadas, que es el metateatro en su faceta de work in progress (es decir, ir construyendo la obra desde dentro, véase Eroski Paraíso). El otro elemento tiene que ver con la perspectiva objetivista, o sea, con esa práctica de distanciamiento y de asepsia que nos permite mirar la realidad que transcurre delante de nuestros ojos. En la novela, el ejemplo paradigmático es El Jarama; pero, en las obras de los últimos tiempos, Future Lovers ―el mejor espectáculo de la compañía hasta el momento (CINE fue igualmente fantástica)― es una muestra extraordinaria de esta mirada. En Renacimiento, el estilo tristura es patente, con esa cadencia lentérrima y ese devaneo que anhela trascender. La pieza parece descabalada, sin rumbo, pillada por los pelos, deshilachada, sustentada por un punto de partida y una llegada, por una circularidad excesivamente vacía de círculos también vacíos. Una marco singular, interesante y motivador; pero un cuadro inacabado, apenas abocetado y sin el trabajo requerido. El eterno retorno de lo mismo. Volver a nacer. Volver a empezar. Es el signo de los tiempos, y nos hacemos cargo. Uno se pregunta si debe ser igual el regreso, si no se debe hacer una relectura vital, si no vuelve a ser el teatro interpelado en su «utilidad» artística. ¿Es esto lo que se nos quiere transmitir después tres meses encerrados? El juego visual es potente; porque las magnitudes nos subyugan estéticamente. Sigue leyendo