Declan Donnellan y Nick Ormerod presentan en el Teatro de la Comedia una endeble obra de un primerizo Shakespeare

Aceptemos que Declan Donnellan ha tomado, en gran medida, el consejo que Harold Bloom emitió para quien lo deseara: «los directores… harían bien en montar Los hidalgos de Verona como una farsa paródica, cuyos blancos serían los amigos veroneses del título». Muy poco se puede sacar de esta obra primeriza del bardo y, menos, si el planteamiento dramatúrgico está por debajo de quien puede calificarse como uno de los mejores directores europeos de los últimos tiempos. Siempre junto a su fiel acompañante, el escenógrafo Nick Ormerod, quien firma la ¿escenografía?, que consiste en un panel situado en el centro, apenas empleado como pantalla en el último acto, y que funciona como separación espacio-temporal excesivamente simple. Convengamos que, si hubieran sido otros, quienes hubieran realizado este dispositivo se los habría juzgado con severidad. Sigue leyendo





¿Cómo desconcertar al espectador actual con la representación de una obra ya de por sí desconcertante? Haciendo un salto mortal con tirabuzón y medio. Declan Donnellan, el irlandés fundador de la compañía Cheek by jowl, presenta en el María Guerrero un Ubú Rey totalmente posmoderno en forma de hecatombe grandiosa con pinceladas de humor inglés y con unos actores entregados en alma y, sobre todo, en cuerpo a una cagalera fundacional. Desde el preludio, un niño, un muchacho revoltoso que con su cámara de vídeo expresa la cocción fantasiosa que se está produciendo en su mente, ya supone un primer instante de estupefacción. Estamos en el apartamento impoluto como el tapiz de Pollock antes de iniciar su action painting. Se espera a unos invitados. El tiempo pasa, se escuchan las noticias de la radio. ¿Dónde está el tío Ubú? Pues en la imaginación materializada de aquel chaval que, aburrido, desea jugar con aquellos adultos a Macbeth.