La cresta de la ola

Una comedia de José Troncoso que incide en su visión fabulística, para mostrarnos a una sirvienta que anhela el brillo de la fama

El estilo que ha desarrollado José Troncoso definitivamente lo ha limitado. Su exigencia de seguir ciertos parámetros ha impedido que nos muestre nuevas obras con brío y capaces de llevarnos a vericuetos surrealistas y a situaciones auténticamente esperpénticas como ocurriera con su exitosa Las princesas del Pacífico. Y es que su fijación en algunas de sus técnicas dramatúrgicas le ha hecho olvidarse de la trama y del argumento que impulsen a sus personajes más allá de sus gestos estrafalarios. Ya se notó este abandono del relato en Lo nunca visto y más en Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban). Ahora, en La cresta de la ola se percibe el desgaste con claridad. Cuatro caracteres planos, como suele ser habitual en los apólogos, en las fábulas y en toda esa cuentística desde el Medievo hasta la actualidad que, esencialmente, buscan la moraleja inequívoca, el ejemplo didáctico. En esta ocasión, nos hallamos en una especie de patio palaciego, kitsch, como si fuera un templo oriental que ha diseñado Alessio Meloni con gran detallismo y coherencia. Allí trabajan una pareja de sirvientes, un matrimonio que, imaginamos, cumple afanosamente con su tarea en la retahíla cotidiana de los días iguales. Alicia Rodríguez hace de Victoria, una criada de cofia, una mujer que roza el patetismo y que habla de la muerte como el momento cumbre de su vida, y de su funeral ideal como el único instante de su existencia en el que podrá «sentirse» importante, ser protagonista. Sigue leyendo