La actriz y dramaturga Ana Rujas nos entrega los vericuetos de su intimidad en una propuesta que se combina con la filmación
Foto de Jesús Ugalde
Ana Rujas anhela insertar en la dramaturgia española contemporánea, tras La mujer más fea del mundo, otro episodio más de sus confesiones desgarradas. Trasforma teatralmente su obra homónima, publicada hace un año, construida a retazos, entre versos y versículos, donde desgrana sensaciones agraces y vivencias consternadoras. Un texto poético que bebe de la influencia confesa de malditos como Angélica Liddell (fundamentalmente) y de otros como Houellbecq o los Panero. En escena, ese espíritu de perversión íntima se suaviza mucho con la inclusión de personajes y diálogos. Y ella, que impone su energía actoral con elegancia, quizás abusa ─suele hacerlo─ de su rictus de imperiosa seriedad (súmenle su peculiar voz grave). El contraste dulcificado sin cinismo sería pertinente. Sigue leyendo →
Àlex Rigola vuelve a plantar su singular caja escénica, para elaborar el drama del dramaturgo noruego Henrik Ibsen. Un planteamiento esencialista, que nos remite a las ansiedades existenciales que hoy asolan el mundo moderno
Foto de Sílvia Poch
Desde hace tiempo el teatro de Àlex Rigola me produce tedio, y que este sea el tema esencial en la Hedda Gabler de Ibsen es, en sí, una satisfactoria paradoja. Acumula el creador propuestas (véase 23F., Un país sin descubrir… o La gaviota) que escarban denodadamente en la metateatralidad, y que parten del frío distanciamiento de la autoficción; donde los intérpretes hacen de ellos mismos, con sus propios nombres, y con remisiones personales muy del gusto del público teatrero. Son clichés ya de nuestra contemporaneidad, repetidos hasta la saciedad. Lo peor es que introduce narración y se lleva al respetable de la manita en su «cuento». Un rollo. Sigue leyendo →
Una experiencia salvadora a través de la escucha profunda de esos temas musicales que configuran una biografía emotiva
Oír o escuchar. La música está con frecuencia demasiado al fondo en nuestras vidas. La música suena mientras realizamos otra actividad. La música suena mientras nos pretenden vender un objeto. La música suena para tapar el angustioso silencio, cuando una pareja ha perdido la conversación. El melómano vive rodeado de vinilos y cada día se sienta en un sillón de cuero para deleitarse con la escucha. Una experiencia estética que indudablemente puede ser transformadora y que posee el influjo mágico de la intromisión abstracta. A través de personajes que nos remiten inequívocamente a Chéjov (por ahí andan algunas de las Tres hermanas, por ejemplo) asistimos a una liturgia, a una cura; pero, también, a una escapatoria, a una reclusión, a una dictadura de la emoción salvífica. El padre músico ha muerto; pero su fama ha quedado desvanecida por un acto terrible, que nos hace pensar en un asesinato. Los hijos sufren por su pérdida; aunque da la impresión de que la ausencia de su guía y su anclaje terrenal ha evidenciado dosis de inmadurez y de proyecto vital consistente. La extrañeza de la situación ―ya desde el principio, la gran parte de la función consiste en escuchar canciones―, nos puede recordar a esa visión tan angustiosa con que mira la realidad el director de cine Yorgos Lanthimos. La primera parte, la cara A, me parece algo prosaica, como si al dramaturgo le resultara bastante serio y sentencioso entrar en honduras de manera radical. Se da cierto distanciamiento y se maneja una comicidad un tanto chabacana, concretamente a través del papel que interpreta Carlota Gaviño; pues hace de «maruja canaria». Sigue leyendo →
Lluís Pascual documenta en escena a esa generación perdida en la sangrienta batalla del Ebro
Foto de Ros Ribas
La historia es la que es y debemos descubrir su verdad entre las versiones, los testimonios y las trazas de lo verosímil. Tropelías del mismo calibre se podrían afirmar en el otro bando, pero nosotros asistimos a la revelación macabra de los republicanos, de aquella leva del biberón —la popularizada como Quinta del biberón—, según parece, así nombrada por Federica Montseny. A nuestros ojos actuales, una salvajada tanto la guerra civil al completo, como aquella batalla del Ebro, de la que aquí nos compete. Un enfrentamiento, desde el punto de vista militarista, seguramente inevitable; si no se sopesan la rendición y las consecuencias de esta. Difícil dilema. Un matadero durante y después. Pocas opciones para esos payeses insuflados por un patriotismo inyectado en vena fulgurantemente. En apariencia bastante mayores, diecisiete años, para lo que luego han sido los niños soldados de Sierra Leona, por ejemplo, o esos pobres pequeños que hoy se emplean para la inmolación en algunos de los conflictos bélicos que siguen humeando, pero de los que apenas tenemos acceso (hace ya demasiado que la prensa ha sido secuestrada definitivamente). La vista se nos está acostumbrando a la recreación cinematográfica. En la última película de Mel Gibson, Hasta el último hombre (2016), encontramos una buena andanada de locura para todos esos chicos que se juegan la vida en un segundo frente a unos japoneses igualmente invitados al sinsentido en la segunda guerra mundial. Poco antes, de julio a noviembre de 1938, en la frontera que marca el río Ebro, se libró la batalla más larga y cruenta de la contienda; cuando se ponía de manifiesto que la balanza se había inclinado hacía más de un año del lado nacional, del lado de ese General Franco que había decidido optar por el lento aplastamiento. Según el historiador Julián Casanova, lucharon, durante esos casi cuatro meses, 250000 hombres. «Los franquistas perdieron más de treinta mil y los republicanos el doble». Delante de nosotros, arriba en el escenario, seis tipos a punto de la transformación; entes actorales, futuros personajes, espíritus indelebles como testigos de la barbarie. La función se centra concretamente en seis tíos que impregnan toda la platea de verosimilitud. Sus biografías parten de la pura exposición de los orígenes, de cuando sorpresivamente los llamaron a filas saltándose la ley. Retazos de sus oficios, su inocencia: «Éramos como ahora los de doce, no sabíamos nada del mundo». Pronto se metamorfosean en soldados, cambian sus vestimentas urbanas y los actores se adentran en sus personajes plenamente. Todo este juego metateatral tiene una utilidad y está al servicio de la obra, contribuye a la asunción y comprensión del testimonio, del documento que se debe desentrañar. Comienza su entrenamiento sofocante y aturdidor. Correr, correr sin parar a todas horas. Y empieza, sobre todo, la instrucción, el adoctrinamiento, la inoculación del ímpetu bélico para que no duden en disparar a esos «fachas» de enfrente que son sus compatriotas. También da inicio, afortunadamente, su satisfecha camaradería, su hermanamiento. Joan Amargós, Enric Auquer, Quim Àvila, Eduardo Lloveras, Lluís Marquès y Joan Solé ofrecen una compacta actuación, una manifestación de grupo llena de entusiasmo y altas dosis de desconcierto. Hacen desembocar todo su recorrido vital en las necrológicas de aquellos malhadados; aspecto que da buena cuenta del desgarro y la estulticia de aquel episodio. Perfectamente hubiera podido ser en catalán toda la obra y no en esa mezcla algo artificial en ciertos momentos. Si así hablaban aquellos muchachos de todos esos pueblos de donde los trajeron, con ese acento tan marcado (algo que fuerzan en escena), bien hubiera estado darle un realismo completo. Hubiera cobrado mayor simbolismo político en los tiempos de disputa que corren. Lluís Pascual ha querido cargar las tintas en esa mirada que va fraguando desde el interior, desde el verdadero acercamiento de estos chicos de hoy en día a lo que debieron pasar aquellos. Ha reducido la escenografía al mínimo y se ha apoyado en la potente ambientación musical, lo que le confiere al espectáculo un tono emotivo que nos impacta más por el sentido auditivo, tanto por lo que escuchamos de los protagonistas como por lo que oímos de los músicos que habitan la escena. Este hecho logra una síntesis fenomenal de discurso e impacto sensitivo. Refrendado, a su vez, por la imágenes en vídeo que se proyectan en la enorme pantalla y que sirven para ilustrar todo el suceso. De esta manera, todos los elementos, envueltos en una aparente austeridad, tienden hacia el punto en el que esos chavales se nos escapan. Indudablemente, In memoriam. La quinta del biberón escarba en la historia desde una posición concreta, desde un lado; algo que no nos debe llevar a olvidar que frente a estos también hubo muchachos casi tan jóvenes como ellos, y con una conciencia del acontecimiento tan endeble como la suya. Al salir, tras los merecidísimos aplausos, será imposible no arrastrar fuera del teatro los dilemas que desgraciadamente aún generan divisiones.