Antígona

Las Naves del Matadero acogen la versión que el mexicano David Gaitán presentó en el pasado Festival de Mérida sobre la gran tragedia sofoclea

Antígona - Foto de Diego Casillas
Foto de Diego Casillas

Al menos se ha tenido la decencia —no siempre ocurre así— de no mentar a Sófocles. El texto, la dirección, y toda la responsabilidad de lo que pasa en escena es de David Gaitán (México, 1984). Y aquí se le enmienda la plana al dramaturgo griego y se propone una confrontación de fuerzas y de tonos harto distinto, y harto, también, políticamente correcto. La única figura que verdaderamente nos puede atraer y que arrastra con vesania —casi otro Calígula más— todo el montaje, es Creonte. Y eso que el personaje ha sido caricaturizado torticeramente para acomodarlo a morales y a gustos más ajustados a las democracias de sufragio universal como las nuestras, que a la ateniense del siglo V, una sociedad tan machista a nuestros ojos, como deudora de unas costumbres religiosas entreveradas con sus leyes de una forma mucho más acuciante que en nuestros días (y si no que se lo digan a Sócrates, todo un cumplidor). Sigue leyendo

El cielo que me tienes prometido

Ana Diosdado se despidió con este insustancial choque entre Teresa de Jesús y la princesa de Éboli

Foto de Guillermo M. Díez
Foto de Guillermo M. Díez

La dramaturga falleció en octubre de 2015, pocos meses después de que hubiera presentado esta obra sobre el breve encuentro entre Teresa de Jesús y la princesa de Éboli. Lo que parece ser un drama de circunstancias, creado ad hoc para el quinto centenario del nacimiento de la mística, muy menor respecto a otros textos y creaciones de la autora, se convierte en el punto álgido del homenaje póstumo. Da la impresión de que se tenía en mente a cierto público abulense, proclive a fagocitar cada una de las propuestas que revaloricen a la santa carmelita; porque, como vamos a ver, el producto que se nos presenta ahora en el María Guerrero no cuaja en casi ninguna de las facetas. La primera cuestión que hay que dirimir es por qué un enfrentamiento, ya de por sí carente de trascendencia en la vida de Teresa, se reduce aún más en una función que no pasa de la hora y veinte minutos, dedicándole apenas media hora. Más aún, el núcleo se desvigoriza porque el larguísimo preámbulo transcurre en una conversación de cierta hondura entre la santa y Dios, y otra entre esta misma y la criada de la princesa que, como tal, se expresa con la inocencia y la tozudez de alguien sin las letras que nos pudieran deparar una charla con mayor recorrido. Sigue leyendo