Mauthausen. La voz de mi abuelo

Pilar G. Almansa dirige el conmovedor recuerdo de Manuel Díaz Barranco, interpretado por su propia nieta

A cuenta de la Historia como asignatura en los institutos, un profesor, hace unos días afirmaba que los alumnos saben mucho más del Holocausto nazi que de la Guerra Civil española o del franquismo. Hay temas que se han abandonado y otros que no tienen freno. Lo cierto es que, si nos sigue pareciendo interesante y persuasivo, bien podemos continuar escudriñando la Segunda Guerra Mundial; puede ser un gran antídoto contra los agoreros y los quejicas de nuestro tiempo. Hace poco hablaba por aquí de Mi niña, niña mía que aún se representa en el Teatro Español; y hace unos meses se proyectaba la película de Mar Targarona, El fótografo de Mauthausen, sobre la vida de Francisco Boix y sus peripecias heroicas para salvar los negativos que propiciarían algunas de imágenes más terroríficas del siglo XX. Al hilo de aquellos españoles que fueron «concentrados» en aquel campo austriaco, ya tuvimos en 2014 una obra teatral que remitía al asunto, El triángulo azul, de Laila Ripoll y Mariano Llorente. Ahora es Pilar G. Almansa quien ordena la historia de Manuel Díaz Barranco para propiciar este drama. Sigue leyendo

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1941. Bodas de sangre

Jorge Eines da una vuelta de tuerca más a uno de los textos más hondos de la dramaturgia española

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Todo se sostiene en la obra de Lorca con su preciosismo, con su verso repleto de metáforas que se hilvanan con la vida de los humildes, como si crearan una tela de araña que lo atrapa todo. Si jugamos a imaginar un ensayo en 1941, interpretado por cómicos republicanos que fingen su miedo cuanto pueden y que hacen de su expresión un manifiesto de valentía; si le añadimos una música que surge casi de la tierra y de unos instrumentos manoseados que suenan con brillante espontaneidad, unas voces cargadas de romances y hondura, y de un baile que quiere encontrarse con la coreografía de la historia, del momento, de la ficción escondida del nuevo mundo de opresión; si asistimos a ese ensayo general, con todos los actores en escena, con su acompasamiento, con su apoyo, con su cercanía, entonces, lo que nos encontramos es unas Bodas de sangre en 1941 como si fueran el último legado de unos cómicos destinados a desaparecer, como si su actuación supusiera el último grito de un tiempo que dejarán para siempre atrás. Así se manifiesta, dirigidos por Jorge Eines, un elenco vivo de principio a fin, con Jesús Noguero como jefe de filas, con un rostro hecho para la dramaturgia, para ser Leonardo y morir constantemente por Danai Querol, una novia que se va creciendo hasta plantarse, espléndida, delante del público y recitar con un desgarro envidiable. Junto a ellos, Mariano Venancio, por momentos me recordó a Dustin Hoffman en ese intercambio entre vecina, suegra y padre. El resto brilla también a gran altura, demostrando versatilidad a la hora de interpretar, tocar diversos instrumentos, bailar, y, sobre todo, crear una atmósfera en una madriguera macilenta donde pueden ser pillados en cualquier momento. Sigue leyendo