CINE

La tristura presenta un espectáculo sobre los niños robados bajo la pátina de un film en construcción

Foto de Mario Zamora
Foto de Mario Zamora

Melancolía en movimiento. Y viaje hacia principios que se tiñen de nostalgia. ¿Quiénes somos? ¿Quién nos hace ser como somos? ¿Qué nos lleva a buscar respuestas que serán del todo insuficientes? Pablo ha decidido indagar en su pasado. Es uno de aquellos niños robados a finales del franquismo. Desentrañar la madeja va a resultar complicado y habrá de viajar a Italia en busca de un juez jubilado y con unos principios muy claros. Por otro lado, una fotógrafa iniciará también su periplo artístico con un proyecto sobre la identidad de aquellas personas que aparecen en las grandes fotos paradigmáticas de la historia. No es difícil adivinar que ambos hilos se cruzarán. CINE, como las grandes obras artísticas, se sustenta en dos firmes pilares: contenido y forma. La consecución del contenido no es, desde luego, baladí. Su tratamiento es serio, profundo, instigador. Nosotros, en España, estamos a años luz de una consideración «a la argentina» sobre la cuestión. El tema del poder se esputa contra el tema de España, nuestro dolor de España; unamuniano. En cuanto a la forma, La tristura cumple delicadamente con un planteamiento estético auténticamente interesante (aquí también funciona Unamuno): el perspectivismo. Sin llegar al metacine de La rosa púrpura del Cairo, una lámina transparente materializa la cuarta pared. Sigue leyendo

40 años de paz

Pablo Remón ha perfilado la historia de una familia marcada por la muerte del padre, un general franquista

40 años de paz - Foto 1
Foto de Flora González Villanueva

Así ya, toda una generación nacida tras la muerte del dictador, pero recogiendo esa aura putrefacta de los espacios viciados, repletos de miasmas y rencor. 40 años de paz concentra en cuatro historias el relato de una familia que, como le ocurriera mutatis mutandis a los Panero (de aquella manera quedó reflejada en la película de Chávarri El desencanto), vive bajo la sombra de un padre, muerto sin gloria, ahogado en una piscina el 23F. Ahora esa piscina sirve de sustento a los insectos y a las alimañas de otro tipo, mientras se descompone al mismo ritmo que el casón que, en otros tiempos, conformó un hogar de orden y temor de Dios. En este contexto, reflejado en una escenografía que da buena cuenta de la cochambre moral que se ha instalado, se desplazan unos personajes dispuestos a narrar las peripecias de su vida. Micrófono en ristre, el hermano mayor comienza su alocución con una descripción del terreno mesetario, agostado y decadente. Francisco Reyes establece un ritmo y un tono que se aproxima a cierta espontaneidad displicente que a la obra le va muy bien. A continuación, se mete en la piel de su padre, recién venido del cielo, perfectamente uniformado como buen militar que era, un carcunda con la chulería cínica de alguien que murió creyendo que el golpe había triunfado; desde luego, este pasaje es de los mejores de la obra, concretamente por el choque entre un fantasma, en plena ciénaga, y su hijo ex drogadicto, ex poeta y ex heterosexual; depara un tono que, desgraciadamente, después va decayendo según se acoge al costumbrismo de gusto treintañero. De hecho, como se puede observar en la interpretación de Emilio Tomé, la función resulta intelectualmente productiva cuando lo paradójico entra en escena a través de la representación, ya sea con este mismo actor metido en la caseta del perro o, después, los tres hermanos jugando al parchís en el hueco de la piscina. Sigue leyendo

Rinoceronte

Pepe Viyuela protagoniza soberbiamente la versión sobre la obra de Ionesco dirigida por Ernesto Caballero

rinoceronte_galeria5Cuando todos se alejan atraídos por la fuerza descomunal del rinoceronte en pos de una metamorfosis de pequeños paquidermos, un hombre normal, un ser que duda, pero no demasiado, un hombre que bebe (demasiado) y que sencillamente aspira, sin heroicidades, a la conquista amorosa y a continuar anodinamente con su trabajo de oficinista, se erige como un antídoto de sensatez. Berenger es encarnado por Pepe Viyuela con esa actitud indolente entre melopeica y taciturna que debe apartar cuando las circunstancias le requieren una respuesta. Viyuela compone una actuación soberbia donde la actitud y la gestualidad mantienen la medida de las tensiones que van surgiendo. De alguna manera, se ve arrastrado por unas sinergias que la excelente dirección de Ernesto Caballero ha propiciado al plantear, junto a Paco Azorín, esa disposición orbital en la que los actores se mueven alrededor del patio de butacas desde el caos inicial hasta la quietud de la manada «rinoceróntica». Sigue leyendo