Muerte de un viajante

Imanol Arias protagoniza una adaptación correcta sobre la célebre tragedia de Arthur Miller en el Teatro Infanta Isabel

Muerte de un viajante - FotoSeguir interpretando el más célebre de los dramas de Arthur Miller como una crítica al capitalismo o una manifestación decadente del sueño americano, me parece hilar poco fino y quedarse en el estereotipo. Willy Loman se ha convertido en un símbolo de la impotencia, de ese impulso voluntarista que lo pone frente al volante en el autoengaño de una existencia que nunca llega a ser la que él había imaginado o, si le quitamos responsabilidad, le habían hecho imaginar. Ahora vuelve a estar sobre el tapete la cuestión de la meritocracia a consecuencia del exitoso libro de Michael Sandel; pero nosotros no observamos exactamente un despliegue de méritos en nuestro protagonista; sino una manera de trabajar que se autoafirma en la cantidad, en todas esas horas que se deben echar para obtener unas ganancias aceptables; y en ínfulas tipo: «Un hombre que no sabe usar las herramientas no es un hombre». Sigue leyendo

El coronel no tiene quien le escriba

Carlos Saura dirige esta versión de la famosa novela de Gabriel García Márquez que protagoniza Imanol Arias

Uno de los grandes atractivos de El coronel no tiene quien le escriba es el lenguaje propio de Gabriel García Márquez, quien ya en esta temprana novela es capaz de desplegar ―siquiera de una forma tan sintética que, a veces, se aproxima al poema en prosa― y, también, por su relación con su magna obra, Cien años de soledad (los vasos comunicantes son amplios, y los guiños en la adaptación de Natalio Grueso son varios). Ese lenguaje, insisto, está dominado por la descripción impresionista y por la capacidad para expresar cómo el tiempo se detiene en un transcurrir inasible. Por lo tanto, una cuestión esencial para llevarla a escena, es conseguir transmitir artísticamente (con las herramientas del arte dramático) sensaciones y conceptos parecidos. Esto es, paradójicamente, en lo que más falla el montaje de Carlos Saura. Quien no es solamente el director; sino, además, el responsable de la escenografía. Y esta, junto a la iluminación de Paco Belda, no están a la altura de lo que se presume en gente experimentada. Uno puede comprender que falta presupuesto y que el proyecto se debe adaptar a teatros de toda España; pero el ambiente que se genera a la vista del respetable, carece de solidez, de persuasión, de atractivo. Porque se queda a medias entre el naturalismo y la evocación; es decir, la cama, la mesa y otros adminículos son insuficientes, y los dibujos de la pantalla del fondo son tan naíf que parecen un relleno insolvente. Sigue leyendo