La golondrina

Guillem Clua firma este melodrama sobre las consecuencias de un atentado terrorista a una discoteca de ambiente

A veces la cartelera teatral propicia unos inesperados diálogos a pocos metros de distancia. Si en el Teatro María Guerrero Espejo de víctima de Ignacio del Moral aborda ―sobre todo en la segunda pieza― el dolor y el comportamiento de una chica mutilada a causa de un atentado; en el Teatro Infanta Isabel, Guillem Clua expone su parecer sobre una cuestión muy parecida. En La golondrina se nos desarrollan esencialmente dos capas profundas que se resumen rápidamente: el amor y el odio. Y en el medio la amistad, la empatía y la extrañeza, o la música, desde el punto de vista profesional como un campo de conocimiento; pero, también, de disciplina vital. Visto así, la obra posee claros puntos de interés, desde luego. Aunque el tono puede distanciar a parte del espectador, fundamentalmente por dos características que la significan: lo cursi y el humor a destiempo. Para entender esto es necesario situarnos en el argumento que se propone. Se ha tomado como referencia el ataque terrorista ocurrido en la discoteca de ambiente gay Pulse (Orlando), acaecido en el verano de 2016, y en el que murieron tiroteadas 50 personas (la mayoría de origen hispano). Aunque en el montaje no se acaba de concretar ese hecho particular y el contexto estadounidense no queda expresado de manera evidente. La sensación es que ficticiamente ha pasado en nuestra sociedad, y quizás se matizaría su comprensión si supiéramos que es allí. Sigue leyendo

Carlota

Carmen Maura vuelve a subir a las tablas del María Guerrero a propósito de Carlota

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Resulta insólito encontrar una obra de teatro escrita en castellano que trate el género negro, con humor negro, en la negritud de Londres. En la versión dirigida por Mariano de Paco, los tintes cinematográficos están presentes desde el principio con unos títulos de crédito y una música de toque Hitchcock que propician una entrada en la obra trepidante, graciosa, inusitada (hablando en inglés como si en realidad fuera en castellano). Esa es la gran maestría de Mihura: imponer un tono desde el mismo inicio, que no suelta en ningún momento, con una coherencia tan aplastante y tan duradera que no es capaz de evitar enrollarse en sí mismo con su propio desenlace. Este es un defecto que también encontramos en Maribel y la extraña familia, por ejemplo. A Miguel Mihura le falta determinación para zanjar el asunto y en Carlota lo comprobamos aún más cuando en las habituales explicaciones detectivescas de este tipo de obras (fundamentalmente en las novelas), el barajeo de nombres, de posibilidades, de hipótesis, de conclusiones llegan al paroxismo, máxime si la función se presenta a modo de flashback mientras el cuerpo de Carlota se enfría a la espera de un asesino manifiesto. Sigue leyendo