La compañía Morboria entretiene y divierte con esta comedia de Rojas Zorrilla sobre las consabidas guerras de sexos

No han faltado en los últimos años adaptaciones sobre obras de Rojas Zorrilla como Abre el ojo o Entre bobos anda el juego (obviemos aquello de La cueva de Salamanca). Por su parte, la compañía Morboria ha estado enfrascada con montajes repletos de comicidad y extravagancia para acoger a los clásicos como Del teatro y otros males que acechan en los corrales. Planteamiento este que se cohesiona estupendamente con la propuesta que observamos en el Teatro de la Comedia.
Por lo tanto, parece muy razonable desembarcar en Lo que son mujeres para que su estilo transgreda lo imaginable para el público del siglo XVII y se nos ofrezcan los mohínes propicios a los espectadores actuales. Bien candente es el tema de buscar pareja. Varios programas de televisión se han ocupado y se ocupan de la cuestión y, además, las aplicaciones concretas afinan la puntería en ese concurso infinito de comparaciones y de selecciones entre caracteres, aspectos, estereotipos y perversiones ocultas. De esta manera, Serafina, a la que interpreta Virginia Sánchez con creíble apostura, se ve en el dilema del casamiento, porque requiere el trámite para hacerse con la herencia de su difunto padre. Conflicto peliagudo desde el que se enfrenta con repelencia. ¿Quién puede abordar a tal belleza, a ser tan exquisito, si los hombres son todos unos zafios? Muy distinta es su hermana, que se encuentra en tesitura parecida. Lo que ocurre es que Matea rema a favor y acepta con alegría los diferentes requerimientos matrimoniales. Luna Aguado se mueve con brío en la manifestación hiperactiva de su inquietud juvenil.
Por lo tanto, vamos a asistir al consabido enfrentamiento entre hombres y mujeres que otros dramaturgos exprimieron profusamente, desde Lope de Vega con El perro del hortelano, Molière con La escuela de las mujeres o Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces. Para la ocasión se presenta Fernando Aguado, uno de los mayores artífices de la función, para juguetear con su Gibaja, un alcahuete, un casamentero, dominador de todas las artes de la paradoja, de la provocación de los efectos contrarios, como un especialista en electromagnetismo amoroso. Con él, al inicio, disfrutamos de todo un tratado del asunto que, incluso, pondrá en práctica con Rafaela, la criada que Marina Andina perfila con gracia. Agilidad y elocuencia a raudales que le permiten a este listillo dirigir internamente el entuerto y establecer una mirada metateatral a la situación; y, además, declamar uno de los sonetos de su invención.
El paseíllo de los pretendientes se convierte en el punto esencial. Verdadera caricaturización masculina que aquí se potencia con el sello inequívoco de la agrupación. La caracterización de sus rostros y de sus peinados particulariza a cada uno de modo muy ingenioso ─aunque el vestuario remarque el parchís con esos cuatro colores tan habituales─. Narices enormes y otros adminículos hacen de esos especímenes a unos individuos verdaderamente ridículos. No obstante, cada uno muestra su estrategia a la hora de conquistar a las damas. El don Marcos de Ana Belén Serrano poseerá una penosa terquedad, que la actriz elabora con insistencia maravillosa. Luego, don Roque nos dejará a un fenomenal Raúl Hernández. Puro movimiento escénico, enérgico y chistoso, pues parece un niño travieso con ese pelucón. Mientras que don Pablo es acogido por Adolfo Pastor para darle un cariz más estrambótico con todos los latinajos que suelta en una especie de absurdo culteranismo. Finalmente, aparecerá el grandullón don Gonzalo, un tipo tozudo y con pocas habilidades amatorias que encarnará Vicente Aguado.
Bien distinta será la siguiente visita en la jornada segunda. Creo que ahí el espectáculo va perdiendo el ritmo y empieza a resultar un tanto repetitivo. Los guiños y las muecas se han evidenciado en todos los personajes y el enredo discurre por lo esperable. Nuevamente habrá que forzar los celos y las envidias, pues esos señores se arriman a la hermana menor para ver si la mayor rabia. En este sentido, el desenlace tendrá originalidad resolutoria. Antes de ello se mostrarán algunas aptitudes dancísticas y cantarinas de estos aspirantes ─con el buen hacer al piano de Miguel Barón─. Será el momento de que el montaje se recargue con algún exabrupto musical, ya que se va a dar cabida a estilos contemporáneos para que el respetable se divierta. Quizás sea un tanto chusco el desparrame en algunos instantes. Afortunadamente, las aguas vuelven a su cauce con algunas declamaciones, demostrándonos que el argumento se ha desinflado definitivamente.
La gente de Morboria, con la dirección precisa de Eva del Palacio, consigue que esta floja comedia alcance unas admirables cotas de entretenimiento y diversión, puesto que recargan con expresionismo y parodia esa guerra de sexos que recorre la historia.
Autor: Francisco de Rojas Zorrilla
Dirección y adaptación: Eva del Palacio
Reparto: Fernando Aguado, Luna Aguado, Vicente Aguado, Miguel Barón, Marina Andina, Paúl Hernández, Trajano del Palacio, Adolfo Pastor, Virginia Sánchez y Ana Belén Serrano
Diseño de escenografía: Eva del Palacio y Fernando Aguado
Diseño de iluminación: Guillermo Erice
Música: Miguel Barón
Coreografía: Eva del Palacio
Diseño de vestuario: Eva del Palacio, Ana del Palacio y Fernando Aguado
Maquillaje y caracterización: Morboria
Ayudante de dirección escénica: Laura Gumucio
Ayudante de dirección: Ana del Palacio
Luz y sonido: Javier Botella
Realización de escenografía: Morboria y Trajano del Palacio
Realización de vestuario: Morboria y Mónica Flores
Gerencia: Javier Puyol
Attrezzo: Morboria
Producción: MORBORIA S.L.
Teatro de La Comedia (Madrid)
Hasta el 15 de febrero de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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El interés por el teatro de Benito Pérez Galdós es bien temprano en su vida, de hecho, antes de Realidad, que se considera la primera de su nómina, escribió otras que no llegaron a representarse. Cuando uno asiste a este tipo de drama, caduco en algunos procedimientos y anticuado en unas convenciones sociales que no quedan tan lejos como para sorprendernos con sus descubrimientos, sino todavía próximas en el tiempo, se pregunta desde qué posición se debe observar. Sinceramente, cuesta encontrar elementos atractivos en obras así, una vez que ciertos esquemas se han desgastado. Entiendo, claro, que el gusto contemporáneo ha trastocado nuestra mirada sobre esas «problemáticas» burguesas decimonónicas, relamidas y romanticonas, novelescas y trasnochadas. No veo otra manera que apreciarla como suvenir; como un estudio arqueológico a una tragedia que Manuel Canseco ha dejado en los huesos.
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