La compañía catalana José y sus Hermanas vuelven a la carga con una performance que se cuestiona la hiperproducción y la creatividad en el mundo teatral

Aunque José y sus Hermanas bajan un escalón respecto a su anterior trabajo Explore el jardín de los Cárpatos, cuando todavía ponían a Franco como chivo expiatorio de casi todo (así fue también en las fallidas: Los bancos regalan sandwicheras y chorizos y Arma de construcción masiva), la compañía posee claras señas de identidad y demuestra ya su madurez. Van asentando un lenguaje que debiera tomar el relevo en insolencia, por ejemplo, a Rodrigo García. No sé si se permitirán la suficiente incorrección. Y dado el panorama de los que quieren epatarnos, estos poseen un desparpajo y una sutil originalidad que cada vez me atrae más. Y eso que me irrita ese brindis populista de sus jugueteos con el género (gramatical o sexual o yo qué sé). Sigue leyendo
Llego a la conclusión de que lo ofrecido en Mérida es imposible trasladarlo a un espacio como el Bellas Artes de Madrid, por mucho que se haya ampliado el escenario comiéndose algunas filas de butacas. A tan pocos metros de distancia se ven las costuras, la ilación requerida se trastabilla y el movimiento se topa con unos límites cercanos en demasía. Todos entendemos que la monumentalidad de la capital extremeña debe ser sustituida por otros efectos mucho más recoletos; pero parece claro que eso implicaría una producción radicalmente nueva que aquí no se ha llevado a cabo.
La cantidad de gags que engarza esta gente resulta altamente apabullante y cómo se manejan en distintas direcciones, con detalles que a veces pueden pasar desapercibidos, funcionan tanto para adultos como para esos niños a partir de los cinco o los seis años; aunque habría que señalar que estos, llegado el desenlace, pueden percibir algo de cansancio en el sentido de que el ritmo no se eleva hasta esas cotas tan habituales en los espectáculos circenses, donde lo explosivo, directo y chocante llevan al desmadre y hasta la locura. No, este N´imPORTE quoi está bastante medido en una cadencia que se esfuerza por arañar el absurdo con algo de parsimonia. 




