Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto

Rodrigo García presenta su última creación en los Teatros del Canal, un collage pop donde se enfrentan todo tipo de fuerzas

Foto de Marc Guinot

Aceptemos que debajo de todo el collage, de todos esos vídeos psicotrópicos y esa propulsión textual existe un fin político. Aceptemos que bajo las tópicas figuras de estilo de este dramaturgo que se nos impone como enfant terrible de la postdramaticidad existe un fin existencial. Si el envoltorio no fuera tan sumamente irónico y, por lo tanto, tan tendente al nihilismo y a esa sensación de vacío que se percibe en el aplauso apagado del público; cuando este comprende que no comprende si de verdad merece la pena gastar una hora y media en aquello que ve; seguramente podríamos desbrozar el aparataje para llegar a algo. No lo pone fácil esta vez Rodrigo García, porque como espectáculo es más pacato y «humilde» que otros suyos. Que es una manera de afirmar que es muchísimo menos provocador y que ha metido mucho relleno. El espectador debe aunar, como si asistiera a la emancipación de un poema surrealista, postista o creacionista, una serie de motivos que deambulan por diferentes capas de realidad-irrealidad, de lo serio y de lo vulgar, que se manifiestan como una lucha maniquea. Un maniqueísmo viciado y espurio. También podemos considerar que es otra de las tormentas de ideas que nos tragamos de un dramaturgo en decadencia (revisemos su 4 del año pasado). Cuando un artista desbarra se aproxima flagrantemente a la verborrea de los ilustrados culturetas retándose en la barra del bar. Con prólogo bien machacadito en forma de videojuego protagonizado por Neronga (uno de esos monstruos japoneses a lo Gozilla), nos dirigimos a Salvador de Bahía, un lugar gobernado por Orson Welles envestido de Macbeth, un ejemplo de glotonería literal y moral. Desde Estados Unidos llega el famoso motorista acrobático Evel Knievel, como una especie de superhéroe surgido de las «clases populares». Ambos terminarán por ser patéticos: el primero abrasado por su gula y su ansia de poder; y el segundo con los huesos hechos trizas. ¿Cómo se apuntala este nuevo agón mítico? Pues con las parodias usuales; pero sin la enjundia, ni el humor de otras veces. Por una parte, se recurre a san Agustín para crear un andamiaje filosófico potente: «Esto es lo que más nos importa ahora: que algunos aumenten sus riquezas y se dé abasto a los despilfarros diarios con los que el más poderoso puede tener sujeto al más débil; que los pobres, buscando llenar su vientre, estén pendientes de complacer a los ricos y que, bajo su protección, disfruten de una pacífica ociosidad…». Babilonia contra Jerusalén. Por otro lado, el tema del hambre está muy presente. La comida por exceso estético, por causalidad religiosa o por falta de ella es un breve hilo del que tirar. Nos encontramos con dos puestos de acarajés. Plato de reminiscencias telúricas, espirituales y simbólicas que se relacionan con el candomblé (es interesante visionar el film brasileño El pagador de promesas, de Anselmo Duarte). Bolas de fuego que sirven de ofrenda para los orixás. Dinha y Cira se enfrentan por ofrecer la mejor y más sabrosa ración. García aprovecha la estética y la inspiración del cine creado por Glauber Rocha, sobre todo de esa cinta incomprendida, titulada La edad de la Tierra. Aunque las películas más interesantes y valoradas de este cineasta sean Tierra en trance y, sobre todo, para lo que aquí nos compete, Dios y el diablo en la tierra del sol. Además, se satirizan los postres de los hermanos Roca, y así asistimos a la creación de unos helados hiperrealistas con forma de órganos humanos, una expresión naíf para ritualizar el canibalismo (uno de los pocos momentos llamativos de la función). De mayor intrascendencia es el speech del jovencito Gabriel Ferreira en el que enuncia una ristra de traducciones de «filete empanado», que es a lo que, según Charles Darwin, transmutaría el ser humano. Un chiste sin más. Y para abundar en el motivo, el escritor critica con mucha sorna la moralidad de los veganos; para los que inventa ropa comestible. «Se preocupaban tanto del Amazonas, la capa de ozono y las gallinas que se olvidaban de sus congéneres, los seres humanos, a los que en el fondo detestaban por sentirse ellos gente diferente, special people». Para aumentar las dicotomías y esa lógica bivalente, entran en acción los oradores Lisias y Demóstenes para perder su brillo históricamente aquilatado y quedar reducidos a un bucle de decisiones sobre la cotidianidad. A qué decir sí o no, y qué hacer en casa o fuera de ella. Luego, para añadir una de sus habituales críticas al diseño y a los cachivaches de nuestra modernidad consumista, no duda en invocar a Philippe Starck, al que Welles solicita tunear un Mini Cooper con la intención de fundar una empresa funeraria destinada a los enanos. Otra de las paranoias graciosillas que se intentan enlazar. Núria Lloansi e Inge Van Bruystegem se transforman en narradoras, en caballeros andantes; la segunda se despelota para que la otra la embadurne en pintura roja (no podía faltar un poco de chorreo). Deambulantes en un enorme espacio casi vacío, súbditas de los vídeos que se suceden, de ese apropiacionismo y esa mezcolanza pop. Si queremos salir de los Teatros del Canal con algo en la mollera, podemos recordar sentencias como: «Hemos vuelto a la antigua Grecia, nos gobiernan quienes estudiaron en escuelas privadas». «El sueño americano consiste en despertarse pobre y tramar una maldad, ejecutarla, fracasar e irte a dormir igual de pobre». «Los dos problemas esenciales de la época: la falta de sobresaltos metafísicos y la ausencia de tragedia». Muy poquito más, si deseamos un atisbo de consistencia en este cómic. Paradójicamente el teatro de Rodrigo García ha terminado siendo una emulación de aquello que critica. ¿O no es esto una estetización del drama de la misma manera que otros estetizan utensilios y comidas?

Evel Knievel contra Macbeth na terra do finado Humberto

Texto, espacio escénico, dirección: Rodrigo García

Con: Núria Lloansi, Inge Van Bruystegem y Gabriel Ferreira Caldas

Producción: Humain trop humain — CDN de Montpellier

Coproducción: Bonlieu Scène nationale (Annecy), Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires y Teatros del Canal

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 2 de junio de 2018

Calificación: ♦♦

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