El Nuevo Romántico

Eduardo M. Bravo presenta su visión del romanticismo en la muestra de teatro independiente Surge Madrid

El Nuevo Romántico - FotoLa Muestra de Creación Escénica Surge Madrid nos permite vislumbrar, más todavía, que la ciudad ha sido tomada por decenas de salas que no paran de programar cientos de obras que, en el ya de por sí arte efímero teatral, se manifiestan como un castillo de fuegos artificiales inmenso que explotan al mismo tiempo. En el mundo literario los teatreros se llevan claramente la peor parte y cualquier oportunidad debe ser aprovechada como si fuera la última. El Nuevo Romántico ocupa la Sala Bululú 2120 para contarnos la historia de un joven ahíto de melancolía dispuesto a inmolarse por unos valores desterrados. Como corresponde a alguien que asume los principios estéticos del romanticismo, su medio de comunicación ha de ser epistolar, al igual que un Werther gritándole a la humanidad. Lanza sus cartas a ciudadanos anónimos esperando un revulsivo, mientras él, en un sacrificio cristológico se depura hemáticamente de los vicios de nuestra existencia.

El texto y la dirección corren a cargo del joven Eduardo M. Bravo, y hemos de admitir que se ha pasado de ambicioso. La idea de construir una obra en torno a un ser absorbido por las pulsiones románticas, por ese individualismo heroico destinado al fracaso indefectible y esa tendencia imperiosa hacia la muerte, combinado todo ello con elementos simbólicos como la teoría hipocrática de los humores (personificándolos y dándoles voz a través de cuatro prismas de color) podría funcionar si se hubieran tomado ciertas decisiones. Y es que cuando uno carece de medios no puede construir una historia que difícilmente va a poder llevar a la representación. Repitamos una vez más que el teatro es representación, que debe haber unos personajes que vivifiquen una historia y que bajo ningún concepto se debe recurrir a la explicación de los acontecimientos, y esto ocurre en El Nuevo Romántico en exceso. Si uno no cuenta con los instrumentos suficientes como para pergeñar todas las escenas que hagan desarrollar el relato, la simplificación y la sencillez han de ser acogidas con naturalidad. Esto no tiene por qué implicar simpleza.

Por otro lado, lo que no se puede permitir —y no me olvido del contexto de la Sala Bululú 2120, de la precariedad y de las dificultades que implica montar una obra dramática— es que el vestuario (en este caso era de calle calle) no esté más cuidado o que una iluminación general en ocasiones no permita crear el ambiente propicio para un ser que sufre. En estos casos, la sencillez es una virtud. Sí que aprovechan los medios sonoros con voces pregrabadas que, aunque abusan de este procedimiento, al menos favorecen el desarrollo de la historia.

Gracias a la actuación de Marina Adeva, que tiene una altísima responsabilidad al verse inmersa en diferentes papeles en múltiples escenas, y a un Iagoba Huarte que, aunque comienza un tanto dubitativo, luego va resolviendo con solvencia su cometido, la obra sostiene verdaderos momentos de expresión dramática.

En definitiva, nos encontramos con una propuesta cargada de elementos (surgimiento de seguidores de El Nuevo Romántico, asesinatos, mecanismos un tanto retrofuturistas, aspectos filosóficos y políticos, juegos de flashback, etc.) que se cancelan en una hora (con ciertos desajustes de ritmo: algunas escenas se encadenan velozmente y otras se demoran de una forma un tanto angustiosa). Eduardo M. Bravo debería pulir todas las líneas de confluencia que quiere hacer participar con el fin de encontrar una personalidad dramatúrgica de aquí en adelante. Valga esta muestra para tomarle la pista y esperar sus futuras creaciones.

El Nuevo Romántico

Autor y dirección: Eduardo M. Bravo

Reparto: Marina Adeva, Iagoba Huarte

Diseño de escenografía, iluminación y vestuario: Paula Castellano

Espacio sonoro: Antonio Alhama

Sala Bululú 2120 (Madrid)

Viernes 17 y sábado 18 de abril

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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