Los hijos

La dramaturga Lucy Kirkwood nos habla de la responsabilidad de unos físicos nucleares con las generaciones venideras

Foto de Elena C. Graiño

Lo que vivimos durante estos últimos años con el ecologismo, más allá de por qué ahora se ha tomado la decisión de abrir la espita a lo bestia o de por qué ha logrado que todos observemos nuestro planeta como un lugar finito y próximamente inhóspito, ha dejado claro que tiene mucho que ver con la batalla dialéctica entre las generaciones. El concepto de herencia que se dirimía dentro de cada familia, con todos los posibles reclamos y rencillas de los vástagos sobre los progenitores; ha saltado a la relación común de todos nosotros, el primer mundo, los grandes contaminadores que ahora nos preguntamos por la contingencia. ¿Se podrían haber hecho las cosas de otra forma? ¿Quién ha decidido que la sociedad de consumo sea como es? La respuesta no puede ser el mercado, porque este siempre ha estado intervenido. Alguien ha tomado decisiones empresariales, políticas y, en definitiva, morales que afectan de manera apocalíptica a la humanidad. El debate sobre la energía nuclear ha tenido altibajos. La catástrofe de Fukushima ―en la que se inspirada la dramaturga de esta obra― nos devolvió a la realidad; aunque parece que la serie Chernobil, concita más la atención sobre los desatinos del factor humano. Los hijos sitúa su marco de acción en la proximidades de una central nuclear averiada y que ha sufrido un escape radiactivo. Susi Sánchez encarna a Hazel, una científica jubilada que vive con su marido en una cabaña muy cerca de la zona de exclusión, un lugar «casi» seguro donde los cortes de luz son constantes y su modo de vida está totalmente determinado por el terrible acontecimiento. Sigue leyendo

Espía a una mujer que se mata

Daniel Veronese plantea un Tío Vania propulsado por un elenco que lleva a límite su asfixia existencial

Foto de marcosGpunto

Quizás, cuando uno se adentra en el tedio, aceptando que Chejov es así, con su brillantez, pero también con su plomizo proceder, echa en falta algo más de ímpetu, del nerviosismo con el que hoy en día nos comunicamos. Pues Veronese nos lo concede y lleva a su máxima esencia esta obra hiperrepresentada (la temporada anterior el Vania, de Carles Alfaro). Si todo se redujera a la trama, a la observación de los deseos de cada uno y de cómo las piezas deben encajar, terminaría por ser un culebrón. Muy a la contra, es una oda nihilista que deja entrever fatuamente una esperanza existencial en la búsqueda de la belleza; ya sea en el arte o en la naturaleza o en las mujeres. Ahí tenemos, por ejemplo, la reiterada frase de Ostrovksy acerca de la lucha por liberar a «la belleza». La autoparodia irónica que el dramaturgo argentino pone en la boda de Serebriakov nada más empezar es toda una declaración de intenciones sobre su propuesta estética: «No querida, no… Empieza la función, y en un cuarto de tres paredes sucias, desangeladas, iluminado por una luz fría y artificial, ves a esos grandes talentos, a esos nuevos sacerdotes del arte sagrado, representando a la gente comiendo, hablando… Siempre los mismos, se repiten actores, no usan vestuario, los mismos decorados siempre… Y se creen que están haciendo un servicio a la humanidad». Sigue leyendo

Cuando deje de llover

Julián Fuentes dirige esta obra de Andrew Bovell que rezuma realismo mágico y enseñanzas familiares

deje_llover_escena_03bajaNo solo heredamos unos genes con una información muy precisa de nuestros ancestros, sino que además debemos cargar con la noción de raíz allá donde vayamos. El suelo, el cuadrilátero rodeado por las gradas de espectadores, configura un territorio humano determinado por el árbol genealógico y la peculiaridad de sus ramas: unas florecientes y alguna que otra putrefacta y pendiente de poda. Cuando deje de llover comienza con todos los personajes intentando escapar de la lluvia, pero la tromba es incesante y los paraguas chocan entre sí. En ellos se condensa el tiempo en un espacio indeterminado. Un aquí y un ahora, un aleph borgiano. Sigue leyendo

Tirano Banderas

La versión teatral de Tirano Banderas de Valle-Inclán llega al Teatro Español (Madrid)

tirano_banderas_escena_04El proyecto Dos Orillas, que viene con el cometido de producir obras teatrales bajo el auspicio de varias ciudades latinoamericanas y Madrid, presenta su primer texto: Tirano Banderas. La novela que publicó Valle-Inclán en 1926 después de su larga estancia en Méjico, pretendía configurar un retablo esperpéntico de la historia dictatorial del país centroamericano. Santos Banderas es un prototipo que bebe de Porfirio Díaz, pero también de Primo de Rivera. La república imaginaria donde ejerce su poder es Santa Fe de Tierra Firme, un lugar en el que se está preparando una revolución para derrocar al autócrata. En principio, puede parecer una novela más de dictador, pero su tratamiento del lenguaje, tan empapado de mejicanismos, con una sintaxis escueta, fulgurante y atizadora, sirve para que la versión teatral que Oriol Broggi nos presenta en el Teatro Español posea un verdadero sustento. Si no fuera por el lenguaje, por esa caricatura, por esa constante animalización de cada uno de los personajes, por esa intensidad literaria y persuasiva, pareciera que la obra de teatro aún no está del todo perfilada. Falta, por un lado, mayor compactación entre las escenas y sus intérpretes, da la impresión de que por momentos no acaban de reconocerse; además, por otro lado, varios actores no tienen tomado plenamente el papel, no terminan de fluir las sentencias valleinclanescas. Es cierto que tienen que interpretar diversos personajes cada uno de ellos e incluso de diferentes sexos y, también, que algunos parlamentos son farragosos y hasta pareciera que están en verso. Supongo que con el tiempo las desafinaciones se paliarán. Sigue leyendo