Nueva entrega del universo de Sergio Boris en los Teatros del Canal para introducirnos en un lugar cochambroso
Continuamos el seguimiento a la estética de Sergio Boris después de que pudiéramos contemplar Viejo, solo y puto en 2016 y Artaud en 2019. Ahora con Euforia y desazón se identifican los mismos mimbres y, en este sentido, aceptamos que se busca exprimir unas premisas muy definidas. Si aquí en España La Zaranda, por ejemplo, insiste e insiste en macerar el esperpento, el argentino ─esta vez en simbiosis con actores de acá─ rebusca en esa marginalidad grotesca de los perdedores. Despojar al proyecto de un argumento y trabajar con una situación, con un ambiente que favorezca la exploración de unos seres desasistidos. Sigue leyendo →
El dramaturgo argentino Sergio Boris nos adentra en la esfera macilenta de un psiquiátrico desmantelado
Asumamos que el teatro de Sergio Boris es un acontecimiento, una situación, una deriva hacia la nada o hacia donde nosotros queramos extenderla una vez se apagan las luces; pero no esperemos un relato. Es un corte surreal (pero muy real) en la coordenada espacio-tiempo. Que sea suficiente teatralmente hablando ―ahí incluimos el concepto y la forma―, ya depende de las significancias con la realidad ajena y aledaña que se puedan establecer, con las metáforas que podamos perfilar. Pudimos descubrir al dramaturgo argentino en Madrid hace tres temporadas, cuando presentó su exitoso Viejo, solo y puto. Ahora con Artaud ―toma como lejana inspiración las cartas del actor y escritor francés―, encontramos que el estilo sigue incólume. A pesar de que el terreno sobre el que se materializa la acción posee elementos identificables, ya sea una cama, un retrete, una mesa o un frigorífico; lo cierto es que termina por ser un no-lugar convertido en el reducto de uno tipos marginales. Para cualquier espectador español la referencia de La Zaranda es inevitable; aunque también sobrevuela por ahí Spiro Scimone (véase, por ejemplo, El patio). Y, por qué no, al propio Buero Vallejo con La Fundación. Porque hemos de suponer que aquello es un psiquiátrico en proceso de aniquilación y que unos cuantos pacientes se han apostado a la entrada hasta que la policía se los ha llevado a comisaría, incluido al doctor. Dentro lo esperan unos estrafalarios individuos que representan papeles inconsecuentes, difusos e incomprensibles. Sigue leyendo →
Drama agridulce sobre los avatares de dos travestis en una farmacia cochambrosa
Foto de Brenda Bianco
El conjunto ocupa la escena con una soltura soberbia y, aunque algunos personajes no están lo suficientemente trazados, el ritmo de altibajos que imprimen nos llama la atención, a pesar de la insustancialidad que se va apoderando del montaje (las cartas se echan sobre la mesa y ahí permanecen). Comanda la situación Federico Liss, fantástico en su huida hacia delante, adaptándose con astucia a cada uno de los pequeños quiebros del texto, tan asqueroso con las chicas como patético en la búsqueda de cariño; tan distinto a su hermano, que David Rubenstein carga con esa desdicha del futuro divorciado, todo un tipo con aire de perdedor, que ha gastado media vida en sacarse la carrera de bioquímica con la seguridad de heredar el negocio familiar. Por allí, Darío Guersenzvaig, un visitador médico, que el actor toma con la sobriedad casi imposible de alguien que pretende no inmiscuirse completamente y, a la vez, sacar rédito. Finalmente, los dos travestis, Patricio Aramburu y Marcelo Ferrari, buscan redondear y cincelar, dentro de lo posible, el estereotipo; ese vaivén de amargura alegre, de tirar como se pueda, aunque te partan los morros o te soben sin compasión. Creo que no es suficiente con lanzar a estos personajes a experienciar una situación para ellos cotidiana como esta. Vivimos en ciudades y la realidad que se nos plantea no nos resulta ajena; al contrario, cada vez la vislumbramos más en algunas calles, en algunos programas de televisión empeñados en aproximarse a los «apestados»; por eso parece necesario ahondar más en sus peculiaridades, en su biografía, en lo que se esconde debajo de la máscara, porque si no, apenas alcanza a comprometernos. Aquí, Sergio Boris apunta más de lo que expresa, y eso para forjar una atmósfera es una virtud, pero se requiere un desarrollo que nos lleve hacia territorios en los que se pueda cuestionar la problemática. Todo ello no quita para que el dramaturgo haya sabido tejer unos diálogos y, esencialmente, encajar unos posos de silencio, con verdadera maestría, logrando adensar un ambiente, con la escenografía naturalista de Gabriela A. Fernández y la iluminación propicia de Matías Sendón, que se debate entre la ruina y el nihilismo.Sigue leyendo →