Escenas de caza

Una fallida propuesta que busca denunciar la persecución a la que se ven sometidos los diferentes

Después de atender a varias de las obras de María Velasco, uno entiende —cuando baja el telón de Escenas de caza— que su estilo parece desistir de manera recalcitrante a la representación, a la dramaturgia (aunque ella misma la firme) y al desarrollo de estructuras que podamos denominar teatrales —comprendo que desea marcharse por la tangente. Su profesión es el discurso verborreico, como una interminable poesía neobarroca, como una nueva adalid de aquellos novísimos que jugaron a lo clásico y a lo contemporáneo (sin renunciar al humor, al pop y a otros devaneos esteticistas). Me reafirmo en lo que escribí sobre Petite mort o La soledad del paseador de perros, las virtudes de las escritura de María Velasco son múltiples, su sarcasmo, su dominio de la metáfora, tanto de la ocurrente, como de la trascendente y crítica, su despliegue de implicaturas sociales y culturales, y una comicidad vitriólica; pero su comunicación teatral con el público es un empeño por alejarse, por hacer inviable su atención. Sigue leyendo

Anuncios

Danzad malditos

Sugerente versión de la célebre película, aunque sin el ritmo adecuado

Foto de Pablo Rodrigo
Foto de Dominik Valvo

Viene esta versión escrita por Félix Estaire pegada a la célebre película de Pollack y las comparaciones serán irremediables. Ya nos enseñó Steinbeck en Las uvas de la ira que la deshumanización, durante aquella época verdaderamente depresiva y llena de carencias tras la hecatombe del 29 en EE.UU, fue brutal. El lumpen da vueltas en el circo de baile a la espera de que comience el certamen; mientras, el maestro de ceremonias, encarnado por Rulo Pardo, como un mefistófeles garboso y augusto, dispone las reglas, avanza los atajos y los posibles juegos de eliminación; todo tan azaroso que clamar justicia se torna absoluta imbecilidad. Danzar hasta la descomposición, con el fin de ganar la recaudación procedente de un público (en este caso nosotros) que aguza su vertiente macabra. Un divertimento burgués, una ofensa insolente, unos Juegos del hambre visionarios, unos pobres gladiadores rodeados de risotadas con dentaduras postizas. Penoso. Sigue leyendo