José K, torturado

Iván Hermes interpreta este texto de Javier Ortiz, cargado de dilemas morales sobre el derecho y la dignidad humana

¿Vale realmente algo la vida de un terrorista confeso? Reconoceremos que no, y que no nos importará si mediante el suicidio desapareciera para siempre; si no es así, mientras siga vivo, al menos, no tendremos que hacernos cargo en nuestra conciencia de su muerte, en caso de que estuviera contemplada la pena capital. ¿Existe algún momento en la historia en la que un terrorista pudiera causar más daño que ahora? Evidentemente el número de víctimas siempre es importante, de ahí sus diferentes denominaciones (catástrofe, matanza, holocausto), máxime cuando esos fallecidos lo son individualmente. Que cada uno esboce una cifra. El texto de Javier Ortiz (1948-2009) está lleno de trampas y la primera que debemos sortear es la voz única del terrorista (aunque utilice en su monólogo de manera muy certera la primera, la segunda y la tercera persona); es decir, nunca olvidar a todos los otros, muchos de los cuales terminarán con el rostro más desfigurado que el de este. Es un balanceo utilitarista y un dilema moral que se resuelve rápidamente en los países más desarrollados en la garantía de los derechos humanos; sin embargo, para ello tengamos que fingir que no sabemos. El terrorista tiene una información valiosísima (dónde está colocada una bomba que acabará con cientos de ciudadanos, por ejemplo), solo él la tiene y no hay otra forma para salvar a esas posibles víctimas que torturarlo. Debemos hacerlo, no queda más remedio. Tan duro será hacerse cargo de tan vil procedimiento como de atender a las familias devastadas. Llegado el instante no se concibe escapatoria, una opción u otra. Y la excepción, el caso concreto y tipificado, es un hecho incontrovertible. Sigue leyendo

Vania

Regresa el clásico de Chéjov levemente renovado en una función que se ubica en África

VANIA MOMA TEATRE (7)Carles Alfaro vuelve con El tío Vania, como ya hizo en el 2008, aunque esta vez en una versión mucho más esencial escenográficamente, pero de igual forma espléndida. El gusto con el que trabaja el director valenciano está de sobra probado y su predilección por Chéjov, también. Hace un par de años nos maravilló con Éramos tres hermanas y la temporada anterior nos descubrió piezas del ruso no tan conocidas en Atchúusss!!!. Vania te da la oportunidad de adentrarte en un microcosmos de relaciones infaustas, donde la decepción por las vidas que no han sido y la melancolía por un futuro abúlico y destinado a la repetición se presentan entreveradas. Encontramos varios protagonistas, el tío se puede llevar gran parte de nuestra atención, pero el doctor Astrov puede que sea más atractivo dramáticamente hablando; posee cierto carisma, una sutil elegancia en las formas y la romántica mirada del idealista perdedor que tanto fascina a Sonia (la sobrina de Vania) y que cautivan exitosamente a Elena, la segunda mujer del profesor Serebriakov. Este mismo profesor, aunque no posea escenas relevantes, también abre una especie de hilo conductor con el exterior de aquella África a la que nos ha trasladado en esta ocasión Carles Alfaro. ¿Y los temas? Ciertamente inagotables. El primero de ellos, la taciturnidad de esas gentes que se han encontrado en aquella hacienda para revelarse, en su pesadumbre animosa, que no han llegado a nada. Pero también está el amor imposible de las tres mujeres y del propio Vania que entre su incapacidad para el flirteo conveniente y la avidez del doctor, ha vuelto a sufrir en sus carnes el desengaño. Y no podemos olvidarnos del cuestionamiento existencial que tanto circunda en sus conversaciones. Da la impresión de que la historia les ha llevado hasta el final y que lo observan con verdadera insignificancia. Tanto para esto. Y, encima, con el humor amargo que se destila al tercer o cuarto trago. Sigue leyendo