El jardín de los cerezos

Juan Carlos Pérez de la Fuente realiza una dirección espléndida sobre el clásico chejoviano en el Teatro Fernán Gómez

La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN Ernesto Caballero. El aprovechamiento que ha realizado el director en el espacio disponible del Fernán Gómez resulta magistral. Los personajes fluyen a lo largo de toda la función por los pasillos, entre las laberínticas telas y en toda la profundidad del escenario. Aparecen de improviso por doquier y uno tiene la sensación de que lo han introducido en esa finca que presumimos descuidada. Con la mirada de Ignacio García May, estos seres se muñequizan por momentos; pero también desarrollan la naturalidad chejoviana en diálogos claros y altamente expresivos. La decadencia de algunas familias que se han visto sometidas por la reforma emancipadora de 1861, que liberó a millones de siervos en Rusia, se plasma con progresiva espontaneidad. Sigue leyendo

Los gigantes de la montaña

César Barló ha desplegado toda su dramaturgia por diferentes espacios del Teatro Fernán Gómez para realizar una atrayente versión sobre esta obra de Pirandello

Foto de Bruno Rascão

Debemos congratularnos de que Juan Carlos Pérez de la Fuente haya favorecido el desarrollo de esta propuesta en el amplio y circular hall del Teatro Fernán Gómez. El uso de esos espacios no es novedoso; aunque, curiosamente, en el Teatro Lara, La función por hacer, versión de Seis personajes en busca de autor, que realizó Miguel del Arco, puso en marcha el off en aquel centenario lugar y catapultó a la compañía Kamikaze. Ahora es César Barló, quien procede de ese circuito alternativo, afincado durante gran tiempo en La Puerta Estrecha, el que aborda esta obra inacabada. Teatro dentro del teatro en su expresión del juego. Sigue leyendo

La noche justo antes de los bosques

El monólogo de Koltès sobre la vivencia desgarradora de un extranjero vagando por las calles de París

Ni es posible el vagabundeo, ni vivir como un eremita, la calle te deglute para devolverte como un pordiosero. Los últimos setenta avisaban de la hecatombe y París, como Madrid, o cualquier otra capital dejaban fríos los adoquines hasta que no quedaba más remedio que apoyar el culo. Escuchar a este Koltès es imaginarse La Movida, un portal de Malasaña, el caballo en las venas, mientras la fiesta sigue en el amanecer. O es la asfixia actual de las grandes urbes cuando el desfase saturnal de dance, drogas e incipiente resaca no suponen la más mínima catarsis para vidas arrojadas a un ocio incólume y en absoluto resolutivo; apenas anestesia que te disuada momentáneamente de la perpetua desilusión. La noche justo antes de los bosques destila un desgarro existencial que perfectamente se puede asimilar con el roto que llevan encima muchos jóvenes que han vuelto a sufrir, en nuestros días, el desencanto político. O acaso no se encuentra en el texto de Koltès esa acidia post Mayo del 68, como en muchos treintañeros inmersos en el precariado después del 15M. Sigue leyendo