Ya no queda nada de todo esto

Pieza de teatro-documento en el Teatro de La Abadía sobre los avatares del barrio de Tetuán en Madrid

Desde aquellas Historias de Usera, que luego se convirtieron en las versiones del Dramawalker promovidas por el CDN hasta lo que hoy nos acontece en La Abadía, los dramas documentales, repletos de costumbrismo, sirven para aseverar que el teatro sucumbe a la nostalgia interpuesta de un mundo que no ha existido. Que nosotros, nuestro cerebro, se queda con lo bueno, que obvia lo negativo, y que se esfuerza en justificar sus «pertenencias», sus «identidades», cuando, en realidad, es una defensa ciega de lo suyo, aunque sea putrefacto. Por qué no afirmar, sencillamente, que no te puedes marchar a otro sitio mejor, o que la incertidumbre sería insostenible. Hay barrios, como algunas personas cercanas, que pueden ser una verdadera mierda o, como se dice ahora, tóxicos. No se merecen nuestra lucha, ni nuestro esfuerzo y hay que dejarlos. Esto lo saben muy bien los que prosperan económicamente, que enseguida se largan; no obstante, siempre lleven un pin en la solapa con el pedigrí de barrio, con una frase que es encantadora: «Yo no olvido mis raíces». Sigue leyendo

Solo un metro de distancia

La Sala Cuarta Pared acoge este proyecto teatral sobre el abuso sexual infantil dentro de la familia

Solo un metro de distancia - FotoEl marchamo del indiscutible éxito que tuvo Antonio C. Guijosa en la dirección de Iphigenia en Vallecas, nos da confianza para acercarnos a su nuevo proyecto. Y si fuera por la primera mitad de la obra ―y algunos aportes más― estaríamos ante una propuesta sugerente que se aproxima a un tema tan angustiante y conflictivo como es el de los abusos sexuales a menores. Porque al principio, las cuatro actrices que conforman el elenco desean captar nuestra atención sobre la despersonalización, uno de los efectos más habituales en aquellos que sufren estrés o procesos de ansiedad o traumas anquilosados sin fin. Es decir, esa extrañeza de uno mismo, cuando siente que se observa desde fuera, como si fuera otro y no terminara de reconocerse. Una visión fluctuante, una disonancia espaciotemporal que produce cierto mareo, y un agobio que suma a otros posibles padecimientos surgidos de esa situación. Guijosa establece un interesante juego dramatúrgico para acometer ese conglomerado de sensaciones, y para ello se trabaja desde la narración de los microsucesos, desde la descripción de las diferentes perspectivas y, sobre todo, desde unos diálogos contrapunteados que ofrecen múltiples soluciones, como si se simultanearan dimensiones en liza. Las actrices, por tanto, adoptan papeles cambiantes, en un ritmo vertiginoso y metamorfoseante, dejando que el azar se palpe a cada instante; puesto que, efectivamente, todo podría ser de muy distintas maneras. Véase, como ejemplo, un detalle en el que un psiquiatra manda a la protagonista que escriba sus pesares; bien, pues delante de nuestros ojos tenemos a una intérprete escribiendo y leyendo lo escrito, a otra escribiendo y guardando el papel y, a una tercera, escribiendo y rompiendo el papel. Sigue leyendo