María Adánez representa en el Matadero a una mujer extremadamente exigente con la corrección lingüística en esta sátira escrita y dirigida por Ernesto Caballero

No le voy a restar pertinencia a este artefacto de Ernesto Caballero; pero convengamos en que nos ha situado a un «sujeto femenino» de muy bajo nivel como para que no lo tildemos de clasista. Él mismo nos da la clave con Pigmalión, aunque al revés, dicen. Resulta que una chica de la limpieza, empleada en la RAE, ha sufrido un accidente laboral. Un montón de gramáticas han caído sobre su cabeza y se ha producido el hechizo, el trastorno, el superpoder por el cual detecta todo tipo deslices lingüísticos en los conciudadanos con los que se cruza. Sigue leyendo


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Si nos fijamos en los «solos» que está poniendo en marcha Xavier Albertí, debemos considerar que, más allá de los textos ─y los tres anteriores a los que me voy a referir son brillantes─, ante todo, se exprimen con unos actores tan sobresalientes (Rubén de Eguía, Pedro Casablanc, y Pere Arquillué). Cuesta afirmarlo, sin embargo, no creo que Miguel Rellán esté a la altura. Su vocalización no es precisa, no se paladean las palabras, se trastabillan. Su cuerpo de ochenta y un años, desgarbado, subido a esos tacones no posee los modos de un flamenco. Un bailaor muere sin perder la apostura, la colocación de los brazos, el acomodo de las rodillas. 


Cuando contemplo representaciones con elenco joven y con discurso supuestamente epatante para un público bachiller, me pongo automáticamente en guardia. Los conozco demasiado como para que me la quieran colar. No importa que se presente en un lugar cultivado y estricto como La Abadía; porque se cae en los mismos clichés que llevamos soportando en la televisión toda la vida. La última fue la tropelía esa de HIT; antes había sido Física y Química. Parecen sacados de algún videoclip de Rosalía, con esa actitud de campaña de moda hortera, con la pose impertérrita. Los veinteañeros y los adolescentes, en general, son bastante normalitos.