Vientos de Levante

Carolina África escribe y dirige un drama existencial que se debate entre la melancolía y el optimismo

No viene la dramaturga a exponernos un carpe diem, por mucho que algunos personajes se vean abocados a la vida con emociones exprés o a atrapar instantes que aparten las perturbaciones que real y metafóricamente traen los vientos levantinos. No, Carolina África ha concretado un drama existencial que expresa sinceramente cómo algunos encuentran vías de escape a su propio devenir; pero también cómo esas situaciones no implican una respuesta definitiva para los callejones sin salida. Sin acicate suficiente, Ainhoa, una periodista desencantada, viaja en tren hasta Cádiz para encontrarse con su amiga Pepa, una sicóloga pluriempleada que trabaja en un centro siquiátrico y en la planta de paliativos de un hospital. Carolina África se incluye en la primera como si se aproximara con cautela, como si debiéramos observar todo lo que ocurre con su mirada precavida ante un ambiente que desconoce en esa especie de huida o de búsqueda; por eso su personaje y su interpretación se dejan crear por el resto, unos individuos más perfilados. Sigue leyendo

Verano en diciembre

El entrañable relato de una familia donde cinco mujeres intentan dar sentido a sus vidas

Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

La querencia de muchos autores a lo largo de la historia dentro la literatura hacia el costumbrismo es pertinaz; sin ir más lejos, la temporada anterior, en la misma sala en la que ahora se escenifica Verano en diciembre, contemplábamos la recuperación de La pechuga de la sardina, de Lauro Olmo. La clara desventaja de relatar costumbres por todos reconocidas, es precisamente ese reconocimiento. Si en el pasado resultaba intrigante dar cuenta de cómo vivía el vecino de aquí o de allá; hoy, en la era donde la vida privada y la intimidad han sido regaladas por todos a la humanidad, puede provocar, en el mundo del espectáculo, un mareante girar sobre nosotros mismos destinado a aplacar nuestras angustias vitales: sí, los demás también sufren; sí, los demás también intentan sortear el sufrimiento. Se nos relatan costumbres en las series de televisión a todas horas, la mayoría de las novelas escritas en España durante los últimos treinta y cinco años describen los modos de vida de las gentes que nos rodean como si no tuviéramos ojos; los monólogos de humor blanco que se han apostado en las pantallas exageran levemente, una y otra vez, nuestros tics, nuestros prejuicios y, por encima de todo, nuestras costumbres. Carolina África ha escrito la historia de una familia donde cinco mujeres de generaciones distintas procuran engarzar sus vidas desde la confianza y, a la vez, desde la peculiaridad de cada una de ellas. No deja de ser un grupo de individuos reconocibles en sus modos, en su forma de hablar, en sus chistes, en sus hábitos y, también, en sus penurias. Tenemos a tres hermanas treintañeras: Paloma, interpretada con esa melancolía incrustada de aquellos que ni ven cumplidos sus sueños, ni apenas sueñan ya, aún permanece en casa con su madre y su abuela; allí acude con frecuencia Alicia, una pintora sin demasiado éxito y con problemas amorosos, a la que Carolina África infunde poderío y lucha, pero también ocultos temores; finalmente, está Carmen (en esta ocasión interpretada por Laura Cortón), uno de los personajes mejor construidos, con tantos matices sobre la falta de madurez de una madre egoísta que se resiste a abandonar los placeres de la juventud, se muestra graciosa, algo macarra e insultantemente embaucadora. Luego está la matriarca, esa típica señora de misa diaria de las que aún quedan, metomentodo, pero con una moral a prueba de bombas (su generosidad es extraordinaria) y que Pilar Manso luce dramáticamente con toda esa panoplia de gestos, maneras y dichos que producen tanto dinamismo. Por último, el fulcro sobre el que pretenden equilibrarse las demás, es la abuela Martina, que entre la frescura que le pone Lola Cordón y su comprensión de un tiempo y un espacio que se mezclan de forma incoherente en su cabeza, la obra se torna entrañable, vivaz y verdadera. Sigue leyendo