En el Teatro Fernán Gómez, Ana Mayo homenajea a su yaya en una autoficción de carácter costumbrista

Uno puede ponerse en la tesitura sentimental y hasta compasiva de la autora, por supuesto. Cuántos hemos tenido abuelas viudas, muy ancianas, muy duras y singulares, con genio y pejiguerías, que pasaron la guerra (y quedaron con los perdedores) y atravesaron la posguerra pues nos podemos hacer cargo del asunto. Claro, pero esta abundancia de autoficciones en la escena, eso de que los artistas nos cuenten su vida, que viene a ser tan corriente como la de tantos, que intervienen sus textos tan poco ficcional y literariamente, que se ajustan a dramaturgias consabidas, te deja ya terriblemente agotado. Sigue leyendo




Entre unos hechos y otros, el periodo de entre guerras (las mundiales) en España se ha repasado en varias obras teatrales en los últimos tiempos. Así ha ocurrido con 

Empecemos aseverando que titular Yerma a esta obra es casi un clickbait y que los espectadores deberían estar más que avisados de que aquí no está Lorca. Dejémoslo en que la escritora María Goiricelaya se ha inspirado en la tragedia del dramaturgo granadino. Cualquiera puede comprobar que ni lenguaje, ni época, ni personajes, ni siquiera el argumento quedan reflejados. Apenas el tema se trae a colación; pero desde una perspectiva sociocultural bastante diferente. Esta es la principal pega que le puedo encontrar a un montaje magnífico y de gran intensidad; también, quizás, que se alarga demasiado y que reitera el mismo motivo en exceso (puede que la última escena, la de la fiesta, sugerente y onírica, llegue un poco tarde). Claro que, cuando hablamos de una obsesión, la repetición es obvia.