El último espectáculo de Cirque Le Roux aúna distintas disciplinas para propiciar un espectáculo cargado de potencia y atractivo
Que el arte circense continúe inmiscuyéndose en otras artes aledañas es un hecho extraordinario para que podamos ir más allá de la habilidad física. Hay que reconocer que según va pasando el tiempo uno pierde la capacidad para sorpresa al observar ciertos tirabuzones. El Cirque Le Roux apuesta por el movimiento dancístico para vertebrar un montaje que funciona como un tríptico perfectamente definido. Eso sí, el argumento que pretende dar sustento a la performance me parece lo más endeble. Por un lado, porque apenas con unas pinceladas se desea definir unos puntos espaciotemporales y, por otra parte, ya que el español de estos franceses no fluye. El espectador atisbará a partir de las situaciones y de las imágenes propuestas algunos hechos vaporosos.
Grégory Arsenal, que hace de Álex, y que es uno de los responsables de la autoría, se impone como protagonista de su ensoñación. Se halla absorbido por dos diarios. Con uno se traslada a 1850, donde una dama de la alta burguesía anhela ir al baile; pero su tozudo esposo grita: «¡No!». Imaginará nuestro héroe, mientras convive en su piso con su novio y otro individuo, que cómicamente se pasea en calzoncillos, que puede trasladarse al salón a complacer a la señora. Se establece, por tanto, un juego de viajes espaciales. La maravilla procede, inicialmente, de la escenografía. La fachada de un edificio neoclásico va abriendo sus trampillas ocultas para mostrarnos tres habitaciones dispuestas en altura. El grupo no solo bailará en la línea horizontal, sino que generará movimientos verticales para crear una masa brusca, pedregosa, en esas primeras intervenciones oníricas. Es un comienzo cargado de fuerza, de golpe, de empuje en los brazos. La coreografía de Maria Carolina Vieira irá ganando en limpieza y en versatilidad cuando se aúne con las acrobacias. Desde luego, hay un trabajo muy enérgico, donde el equilibrio ─pensamos constantemente en los castells catalanes─ se torna fundamental. Llegaremos ver torres de varios componentes en el número final. En cualquier caso, el primer acto nos deja a una Mathilde Jimenez ─aquella que ansía bailar─ verdaderamente espléndida en su agilidad, con una manera de moverse repleta de precisión. Su ejercicio sobre la barra horizontal consigue propiciar vueltas y giros, mortales sin fallo, y demostrados con alegría.
Otra de las virtudes de este espectáculo está en la variedad estética de cada acto. Como parece lógico, el segundo es más «suave», más amoroso. Los amantes como si fueran los juncos adaptándose uno al otro, realizando posiciones boca abajo, sosteniéndose incluso con un solo brazo, con inclinaciones laterales muy costosas, aunque realizadas con belleza. Parecen ubicados en un estanque, entre hierbajos que los ocultan del ruido urbano. Antes, Maud Parent ha sido elevada por unos brazos que la iban sosteniendo por la pared. Una peripecia muy original que apuntala ese retazo surrealista. Luego, el tercer acto, cuando nos trasladamos a 1960, y suena el rock y el baile regresa, esta vez separados, después de haber vislumbrado confusas imágenes de un accidente ─a veces esas proyecciones son sugerentes, pero demasiado escuetas en su composición─, llegamos al número final. Una larguísima estructura que aparece como un aspa de un molino adonde se subirá todo el elenco. Resultará muy vistoso. Las vueltas completas con ellos encima son sorprendentes. Y la destreza, por ejemplo, de Philip Rosenberg para deslizarse bocabajo de un tubo para quedar frenado a pocos centímetros del suelo es auténticamente escalofriante.
Ante todo, estamos frente a un espectáculo muy completo, excelentemente cohesionado. Los tiempos y los espacios se entrecruzan, y nos anticipan circunstancias. La música de Alexandra Streliski marca con el piano una cadencia viva para que en ningún momento decaiga el atractivo. Cirque Le Roux garantiza una calidad y una incursión estética en territorios no explorados.
Autores: Yannick Thomas, Grégory Arsenal y Philip Rosenberg
Dirección visual: Cirque Le Roux
Performers: Mathilde Jimenez, Maude Parent, Pedro Consciencia, Grégory Arsenal, Philip Rosenberg, Tristan Nielsen, Samuel Charlton y Kaisha Dessalines Wright
Coreografía: Maria Carolina Vieira
Dirección acrobática: Cirque Le Roux
Escenografía: Cirque Le Roux con Benoît Probst
Vestuario: Cirque Le Roux con Clarisse Baudinière
Luces: Pierre Berneron
Sonido: Jean-Marie Canoville
Música original: Alexandra Streliski
Mánager de producción: Juliette Grandmottet
Administración: Léa de Truchis
Set y accesorios: Nina Quitté
Difusión: Blue Line Productions
Director de gira y producción: Juliette Grandmottet
Director técnico: Simon Andre
Responsable de iluminación: Pierre Berneron
Administrador de sonido: Jean-Marie Canoville
Teatro Circo Price (Madrid)
Hasta el 1 de noviembre de 2025
Calificación: ♦♦♦♦
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