Los vecinos de arriba

Una comedia de parejas sobre el liberalismo sexual con la que debuta el director Cesc Gay

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Uno de los aspectos que caracteriza la filmografía de Cesc Gay es la sinceridad, es decir, qué papel juega la sinceridad en una sociedad que necesita tanto la hipocresía para solventar las complejas relaciones que se establecen a nuestro alrededor. En fin, o contamos lo que pasa, lo que ocurre de verdad (si es que lo sabemos) o continuamos con la farsa que, al fin y al cabo, puede resultar cómoda, modestamente tranquila e, incluso, divertida si se da el caso. Pero para forzar el nudo, el ahora dramaturgo, tensa los hilos, presiona y, al final, esa sinceridad de la que hablaba antes se desborda. Normalmente, sus películas (podemos fijarnos en algunas como En la ciudad, Una pistola en cada mano o, en la última, Truman) se mueven en el melodrama, con tendencia a la comedia, pero no, desde luego, con esta clara propensión hacia la sátira, hacia el retorcimiento de las costumbres de un matrimonio que, al principio, nos parece que se maneja en un equilibrio suficiente con altas dosis de cinismo irónico y oxigenante. «Yo he sido de izquierdas de toda la vida», comenta más adelante. Hablamos de modelos, de estereotipos, de esquemas sociales en los que nos vemos incluidos cómodamente o no. Balanceamos nuestra mirada hacia una pareja o a otra como si fuera un combate en el que alguien debe ganar necesariamente, en el que la victoria o la derrota de todos es imposible. Sigue leyendo

La ola

De cómo un proyecto con jóvenes sobre manipulación mental puede alcanzar el éxito en menos de cinco días

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

A mí el experimento de Ron Jones me parece falaz. Que se puede manipular a un grupo de alumnos eso lo puede comprobar cualquier profesor a diario. La cuestión radica en la pregunta inicial e ingenua de uno de los alumnos: ¿cómo pudieron tantos alemanes «convertirse» en nazis en tan poco tiempo? La respuesta que debería haber dado el profesor —y es en la que se basa la obra— no es que fueran manipulados, sino que muchos alemanes, como se puede comprobar leyendo a los pensadores del siglo XIX como Hegel, Marx o Nietzsche (si no queremos irnos más lejos) eran antisemitas (de la misma forma que lo eran o lo habían sido otras gentes en otros países) y, además, estaban faltos de trabajo, heridos en el orgullo por la guerra perdida y hambrientos. Por lo tanto, una cosa es crear una secta (algo que ocurre habitualmente con multitud de grupos en mayor o menor medida, en ámbitos religiosos, culturales o estéticos) y otra muy distinta es que se pueda transformar a toda una sociedad «sana» intelectualmente, y que ningún grupo contravenga esas posiciones. Por lo tanto, La ola no pasa de experimento para ratas. Sigue leyendo